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EDITORIAL

La fatal arrogancia de Ciudadanos

Nadie dijo que el papel que le viene tocando desempeñar a Ciudadanos fuera fácil. Pero desde luego eso no es excusa para acabar haciendo un papelón muy perjudicial para la propia formación naranja y, mucho más importante, para España.

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En las dos últimas campañas electorales, el partido que dirige Albert Rivera se presentó ante los votantes con un mensaje extraordinariamente claro: en ningún modo iba a llegar a ningún tipo de acuerdo ni con Sánchez ni con el PSOE de Sánchez. Acertada o no, esa fue su apuesta estratégica, y es bueno recordar que había razones para ello: en mitad de un golpe de Estado, el líder socialista había llegado a la Moncloa con el apoyo de los separatistas y los comunistas bolivarianos, negociaba con unos y otros unos Presupuesto que eran un peligro para la economía y, como demostraron las conversaciones de Pedralbes, estaba dispuesto a hacer concesiones completamente inaceptables para tratar de contentar a los que están mucho más allá de la legalidad constitucional.

Ese principio se siguió en casi todas las comunidades y en los grandes ayuntamientos, pero especialmente en Madrid, donde tanto el candidato autonómico –Ignacio Aguado– como la candidata municipal –Begoña Villacís– de Cs insistieron una y otra vez en la necesidad de pactos en el centro-derecha para, por un lado, frenar a Sánchez y, por el otro, acabar con la desastrosa y liberticida gestión de Manuela Carmena en el Ayuntamiento capitalino.

Sin embargo, pese a la claridad meridiana de ese mensaje, la gestión de los pactos post 26-M por parte de Ciudadanos está siendo absolutamente deplorable. Tal y como ocurriese en Andalucía, Cs se está equivocando, y mucho.

En primer lugar, porque si acudió a las urnas proclamando la necesidad de una gran alianza del centro-derecha, luego no puede dar un volantazo tremendo movido por el más escandaloso oportunismo. Está claro que Ciudadanos contaba con lograr más alcaldías y presidencias autonómicas tras el 26-M, pero los resultados fueron los que fueron y los votantes han querido brindar a los naranjas un papel bien distinto al que aquellos esperaban desempeñar. Así, en Madrid fueron el tercer partido, tanto en la Comunidad como en el Ayuntamiento, y deben asumirlo con toda humildad, en vez de exhibir una arrogancia absolutamente injustificada y contraproducente para sus propios intereses.

En segundo lugar, su actitud hacia Vox está siendo indignante y de todo punto impresentable. Los de Rivera tienen todo el derecho del mundo a no negociar con los de Abascal, pero entonces que no cuenten con su apoyo ni por activa ni por pasiva. Si Cs cree que Vox es un partido tóxico, indigno de tener representación en las instituciones, que actúe en consecuencia y se niegue a obtener el menor beneficio de su presencia en las mismas. Lo contrario es de una hipocresía intolerable, especialmente en un partido que se presenta como adalid de la regeneración democrática.

Por último, Ciudadanos tampoco puede hacer de las negociaciones un circo de propuestas descabelladas, como la del reparto de la alcaldía madrileña entre su candidata, Begoña Villacís, y el candidato del PP, José Luis Martínez Almeida, para colmo con la falsísima justificación de que "en las elecciones hubo casi un empate". No, señores de Ciudadanos: en las elecciones municipales Martínez Almeida quedó muy por delante de una Villacís que da la estupefaciente sensación de no querer darse por enterada de que quedó ya no en segundo sino en tercer lugar en las preferencias de los votantes.

Nadie dijo que el papel que le viene tocando desempeñar a Ciudadanos fuera fácil. Pero desde luego eso no es excusa para acabar haciendo un papelón muy perjudicial para la propia formación naranja y, mucho más importante, para España.

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