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Operadoras y fútbol

Hace ya casi un mes que publiqué mi último artículo, "El efecto Jazztel", y aún sigo recibiendo correos y comentarios en mi weblog al respecto, de todos los signos. Algunos elogiosos, otros insultantes, discrepantes, solidarios o que, sencillamente, han sufrido todo tipo de experiencias con todo tipo de operadoras. Lo que sin duda me ha hecho más gracia es la militancia de algunos usuarios, bien a favor, bien en contra. Y es que, como decía un usuario en los comentarios, pareciera que las operadoras son equipos de fútbol. Hay usuarios apasionados del equipo J que odian vehementemente al equipo T. En otras ocasiones pareciera que se trata de partidos políticos, y si éste lo ha hecho mejor y aquél peor, yo voto por este o por el de más allá. Lo que está claro es que el servicio que ofrecen las operadoras telefónicas mueve pasiones, y eso ya es de por sí un mal indicio.

Pero esto no tiene nada que ver con el fútbol ni la política. Las operadoras son empresas. Las operadoras tienen la obligación de ofrecer un buen servicio y el objetivo de ganar dinero con ello. Y los usuarios tenemos la obligación moral de denunciar aquellos comportamientos que atentan contra el usuario, la desidia gubernamental que permite esos abusos y las situaciones aberrantes con las que se encuentran muchos usuarios. Las empresas no son inherentemente buenas ni malas, así que un usuario que haya tenido buen servicio de Jazztel puede encontrarse con que el vecino de enfrente tiene impulsos criminales contra la empresa de Fernández-Pujals. Del mismo modo, un usuario fiel a Telefónica puede de pronto verse atropellado por el gigante telefónico; aquí parece no salvarse nadie. Los correos que he recibido en las últimas semanas así lo atestiguan y son un botón de muestra de que el servicio de las operadoras telefónicas en nuestro país deja mucho que desear.

Los usuarios deberíamos dejarnos de fidelidades e infidelidades con las operadoras y exigir a todos un servicio al nivel de lo medianamente exigible, publicidad no engañosa, ofertas claras, plazos concretos y velocidades reales y no fantasiosas. Deberíamos exigir que la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones no fuera una pantomima que públicamente intenta aparentar ser el azote de Telefónica y en la realidad es su principal valedor como monopolio latente en un mercado falsamente liberalizado. Y deberíamos exigir que la competencia de Telefónica no crease falsas expectativas en torno a su capacidad de ofrecer servicios e invirtieran más en infraestructura y menos en la omnipresente publicidad que nos entra por las orejas.

Y por si no fui lo suficientemente claro en mi anterior artículo, Telefónica, para el mercado telefónico español, ha sido un cáncer. Aún hoy, allá donde hay monopolio en ADSL, Telefónica sigue jugando a las maneras monopolísticas más puras y lamentables. Y aún hoy, Telefónica niega el pan y el sal a quienes le roban clientes legítimamente. Y ante esta ineficiencia las empresas se sublevan. Y los usuarios también. Por ejemplo, como responsable de Tecnología de una mediana empresa española con un fuerte componente tecnológico no soy cliente de Telefónica. Soy cliente de Colt Telecom (excelente servicio en líneas de teléfono, acceso, hosting y housing), Ya.com en ADSL (con un servicio razonablemente bueno, pero orientado a particulares) y NeoSky (Internet simétrico por satélite con un servicio francamente bueno).

Lo peor de todo es que pese a las citadas excepciones, que ofrecen servicios fundamentalmente para empresas, el resto de las operadoras adolecen de los mismos problemas que el operador dominante, y sufren de una falta de credibilidad y confianza por parte de los usuarios galopante. Lo triste no es que la liberalización sea todavía hoy un desastre, que Telefónica siga con sus maneras monopolísticas, que los Jazztel de turno se fijen más en la publicidad y en la cotización de la acción que en la infraestructura, o que la CMT no se preocupe lo más mínimo por estas situaciones. Lo triste es que quienes lo pagamos somos los usuarios. Y tras siete años de liberalización la situación ha cambiado poco.
O nada.

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