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Emilio Campmany

Alarma antigafe

Procede proveerse de todos los amuletos posibles y formular sin cesar todos los sortilegios que conozcamos.

Emilio Campmany
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Procede proveerse de todos los amuletos posibles y formular sin cesar todos los sortilegios que conozcamos.
EFE

Despedimos 2020 con alivio. Y recibimos 2021 como el año en que superaríamos la pandemia. Sin embargo, nuestros políticos, que son gente de gatillo fácil y desenfunda un confinamiento más rápidamente que Jesse James su Colt Peacemaker, gestionan peor que los que intentaron colgar a Clint Eastwood en Cometieron dos errores. Si de ellos depende que alcancemos la inmunidad de rebaño, ésta llegará cuando ya estemos todos convenientemente eutanasiados. Aun así, hasta esta semana creíamos que todo era una cuestión de inoperancia salpimentada de estulticia y aderezada con generosas dosis de soberbia. Y en esas llegó la gran nevada, una prueba más de esa verdad inmanente según la cual todo es susceptible de empeorar. En estas condiciones, la ineptitud no basta para explicar tanta desgracia. Aquí es ya inequívoca la presencia de un gafe.

Luis del Pino lo apuntó este fin de semana. Sin embargo, como buen ingeniero, renegó de explicarlo con lo que hay que hacerlo, acudiendo a las ciencias ocultas. Pregunté a conocidos expertos que imparten su ciencia en el sur de Italia. Ninguno de los catedráticos consultados ha dudado en señalar a Pedro Sánchez como el gafe inequívoco causante de todos nuestros males. Elemento clave para su identificación no ha sido tanto el cúmulo de desgracias que a su alrededor se producen como su capacidad de ser impermeable a ellas. De hecho, habló Luis del Pino de uno muy popular en su infancia que sobrevivió a tres accidentes aéreos. Fue éste obviamente un gafe de libro, pero no tanto por provocar los accidentes como por salir indemne de ellos. El caso de Sánchez es lo mismo. Si no bastan las desgracias que a todos nos ha traído sin que en nada se haya perjudicado él, piénsese en los muchos casos de covid-19 que ha habido en su entorno más cercano (su mujer, su madre y muchas de sus ministras, además del caso de Macron) sin que él se haya contagiado nunca. Para los entendidos, constituye ésta una prueba inequívoca de su condición de gafe.

Otra cosa es si nació gafe o se hizo. Los peritos que defienden que los gafes se hacen y no nacen ven en Sánchez un caso palmario. Todo gafe, según ellos, se convierte en tal no por una maldición casual, sino que, a base de envidiar el bien ajeno, termina por desear el mal de los envidiados y acaba por provocar la desgracia no sólo de ellos sino de todo el que a él se acerca. Alguien que se arroga títulos que otros poseen pero que él no tiene derecho a ostentar, que ansía los honores ajenos pero que él no merece, que se atribuye las virtudes de terceros que sin embargo no le adornan, está destinado, si persevera lo suficiente, a ser un gafe de primera categoría. Si los catedráticos napolitanos que me han asesorado tienen razón y este sujeto sigue gobernándonos mucho tiempo, nos esperan las mayores desgracias.

¿E Iglesias? También he preguntado por él. Me dicen que es todavía peor que Sánchez, pero que están en estado de formación todas las capacidades maléficas que potencialmente posee. Para que opere como gafe a pleno rendimiento tan sólo hay que darle tiempo. Procede proveerse de todos los amuletos posibles y formular sin cesar todos los sortilegios que conozcamos. Es imperativo declarar la alarma antigafe.

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