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Emilio Campmany

Prohibido reírse

En España, cada vez hay más cosas prohibidas. Si no lo están legalmente, da igual, porque se prohíben de facto exponiendo a quien se salte la veda al escarnio público.

Emilio Campmany
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En España, cada vez hay más cosas prohibidas. Si no lo están legalmente, da igual, porque se prohíben de facto exponiendo a quien se salte la veda al escarnio público.
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias | EFE

En España, cada vez hay más cosas prohibidas. Si no lo están legalmente, da igual, porque se prohíben de facto exponiendo a quien se salte la veda al escarnio público. Está prohibido, por supuesto, ser de derechas. Una persona de derechas oculta siempre a un fascista. Está también prohibido ser mujer o varón a secas. Hay que elegir entre ser las dos cosas a la vez o no ser ninguna de ellas, pero esa superada creencia de considerarse niño o niña ha de ser erradicada. Tampoco se puede decir la verdad si con ella se va a ofender la moral pública. Esto no sólo afecta a la verdad actual, sino muy especialmente a la verdad histórica. Está igualmente prohibido defender la libertad, ese insidioso pretexto con el que los ricos pretenden seguir siéndolo. Pero no sólo, está rigurosamente prohibido defender cualquier otro valor que no sea la igualdad. E incluso ésta sólo se puede defender cuando se refiera a la económica. Por lo tanto, está prohibido defender la igualdad ante la ley, la igualdad de derechos, la igualdad de oportunidades o cualquier otra. Está prohibido acusar a los políticos de izquierdas de ninguna conducta censurable, por palmaria que sea. En este caso, la prohibición está sobradamente disculpada, ya que el político de izquierdas defiende siempre el bien común y, siendo tan venerable el fin, cualquier medio está más que justificado. Correlativamente, está prohibido alabar el comportamiento de los de derechas, pues, siendo el objetivo último de éstos defender el interés particular de unos pocos, por encomiable que en apariencia pueda ser su comportamiento, la vileza del fin contamina inevitablemente toda su conducta.

Éstas son sólo algunas, porque hay muchísimas más. Está prohibido acusar de ser terroristas a los terroristas si son de izquierdas. Terroristas, terroristas de verdad sólo los hay de derechas. Está también prohibido llevar la bandera española de cualquier forma o manera, da igual que sea en los tirantes o en el corazón. Especial agravante será hacerlo con orgullo. Sí es cierto que aquí se admite la generosa excepción que alcanza a los espectáculos deportivos en los que juegue la selección. Está por supuesto prohibido hacer apostolado o incluso exhibición pública de la propia religión, cuando sea la católica. Los judíos tampoco están bien vistos. Los musulmanes sin embargo gozan de una amplia tolerancia. Está estrictamente prohibido vestir con decoro, no digamos con elegancia, y mucho menos lucir joyas.

Naturalmente, las prohibiciones se han extendido a las películas. Ya se habían prohibido aquellas en las que se fumara. Ahora se han incluido aquellas en las que salgan esclavos. No obstante, la prohibición más ominosa, la más lacerante, es la última dictada por el Gobierno. Desde que alcanzamos la pavorosa cifra de veintisiete mil muertos, está incluso prohibido morirse a causa del coronavirus. Podemos dar gracias al Cielo de que al menos todavía nos dejan morirnos de cualquier otra cosa.

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