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Después del ISIS, ¿qué?

Debemos esperar un recrudecimiento de conflictos que se alimentarán con miles de combatientes que han abandonado el Daesh pero no el terrorismo.

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Un miembro de las fuerzas iraquíes, en Mosul | EFE

Podríamos decir, tergiversando el refrán, que en el Oriente Medio no hay bien que por mal no venga. Hace apenas seis años el ISIS no existía, y nos felicitábamos de la caída de Bin Laden y del teórico final de Al Qaeda. Casi parecía que la guerra contra el terror, comenzada en septiembre de 2001, llegaba a su final. Pero apenas tres años más tarde, el Estado Islámico aparecía con una brutalidad y fuerza inusitada y golpeaba con numerosas acciones en el corazón de Europa y de Estados Unidos, y sobre todo con la ocupación de amplios territorios en Siria e Irak.

El ISIS, por mucho daño que nos haya hecho, tuvo unas connotaciones más políticas que terroristas. El Daesh pretendió una involución en Irak y Siria y desde ahí exportarla a otros países de la región con el objetivo político de crear un estado o conjunto de estados de naturaleza terrorista, pero estados. Llegando a su apogeo aprovechando las grandes debilidades que suponían las guerras civiles en Irak y en Siria, no le fue difícil adueñarse de un territorio enorme y de una población cercana a los 10 millones de habitantes.

La coalición occidental formada en 2014 no tenía otra opción que la victoria militar y, desde su apogeo territorial, el Daesh ha perdido el 95% de su territorio, más de ocho millones de población y todos los recursos asociados a esta entidad que alcanzó el tamaño de Cataluña. Hoy el colapso del ISIS es total y su poder como organización ha quedado reducido a cenizas después de un esfuerzo bélico enorme, que le ha costado a la organización terrorista más de treinta mil bajas.

Desde hace más de un año el flujo de milicianos al ISIS está detenido y más bien nos encontramos ante un regreso en masa de los combatientes que, desde medio mundo, acudieron a luchar por el califato en Oriente Medio. La mayoría están ahora en Libia, pero otros muchos regresaron a Europa y al Cáucaso.

Pero estos años de guerras y conflictos han dejado a muchos estados absolutamente rotos y sin gobernanza, como Siria, Libia, Yemen, Somalia y amplios territorios de Nigeria. Siendo altamente vulnerables, debemos esperar en los próximos meses un recrudecimiento de estos conflictos que se alimentarán con los miles de combatientes que han abandonado el Daesh pero que no han abandonado por ello el yihadismo.

Los más recientes acontecimientos políticos y militares en la zona alrededor del colapso del Daesh suponen un peligrosísimo paso hacia una conflagración mucho más general y mortífera en la región, con unas alianzas tan extravagantes que pareciera la Europa anterior a la Primera Guerra Mundial.

Por un lado, está el sueño de Putin de construir un eje con Ankara y Teherán, una maniobra casi imposible, dada la alianza entre Rusia y Asad y el histórico enfrentamiento entre Irán y Turquía; pero no sería la primera vez que se encuentran objetivos comunes que permiten superar obstáculos menores. Rusia quiere ganar influencia en Turquía y golpear a Europa, objetivo que cada vez es más cercano a Erdogán que a su vez recela, y mucho, del apoyo de Estados Unidos a los kurdos, verdaderos artífices de la victoria contra el Daesh. Irán también desea ganar influencia en Siria y sobre todo el Líbano, países ambos con los que comparten postulados religiosos.

El regreso de miles de milicianos de Hizbulla que estaban peleando en Irak y Siria al Líbano ya ha abierto un frente que, de momento, ha supuesto que el sunita primer ministro del Libano, Saad Hariri, se ocultase en Arabia Saudita ante el temor de un atentado tras denunciar las injerencias de Irán y Hizbulla. Su reciente regreso parece augurar un cierto retorno a la normalidad, concepto éste que en Líbano no es sinónimo de paz. Pero hoy en día Irán y su brazo terrorista, principal soporte de Hamas en Gaza, dominan a la suiza de Oriente Medio y se aprestan para provocar un nuevo conflicto con Israel.

La guerra todavía soterrada entre Arabia y sus socios en la región e Irán, puede pasar a primer plano una vez que la causa débil que todavía les unía, que era la lucha contra el Daesh, se extinga y el conflicto en Yemen pase a primer plano, una guerra en la que Arabia Saudita está empleando su mejor arsenal para acabar con un estado ambicionado por Irán y por los terroristas por su debilidad como la mejor plataforma para sus actividades expansionistas.

Estos días pasados el ministro de asuntos exteriores de Turquía, Mevlut Cavusoglu, manifestaba que los recientes acontecimientos en Raqa mostraban que el principal objetivo de las milicias kurdas no era acabar con el ISIS sino incrementar sus posesiones en Siria con el apoyo de Estados Unidos. Por razones a veces insospechadas resulta que los kurdos, enemigos de iraníes y turcos, se han convertido en el pilar de la presencia norteamericana en la región, adquiriendo una fortaleza que en su vida soñaron. Ocupando una franja de territorio de Siria y de Irak enorme, y con el apoyo de Trump, pueden convertirse en un elemento nuevo de extraordinaria influencia, ya veremos en qué sentido.

El deterioro de las relaciones entre Turquía y Estados Unidos continúan ahondándose a medida que Erdogan se afianza en el poder, y por ello el gobierno americano ha detenido todos los programas de venta de equipos militares y de soporte a los sistemas de defensa turcos, en una clara advertencia que ha sido respondida por Turquía con la compra de sistemas de defensa antiaérea S400 en un desafío sin precedentes, con una consecuencias tecnológicas y militares que todavía no se alcanzan a dimensionar, pero incapaces de integrarse en los sistemas de defensa de la Alianza Atlántica.

Finalmente, Egipto, el país más importante por historia e influencia de todo el Oriente Medio, de donde ha salido lo mejor y lo peor. El yihadismo nació en Egipto hace ya muchas décadas y todas las ramificaciones terroristas tienen su fundamento y fortaleza en los Hermanos Musulmanes. La desestabilización de Egipto significaría un punto de inflexión de consecuencias imprevisibles. Y en este contexto debe enmarcarse el terrible atentado en la mezquita sufí de Al Raudá en Bir Al Abed, muy cerca del centro de operaciones del Estado Islámico en El Arish, que ha causado más de trescientos muertos, el atentado más grave en la historia reciente de Egipto.

Mientras que en el Sinaí opera el Estado Islámico, en la frontera con Libia operan grupos afines a Al Qaeda como Ansal el Islam. Ambas zonas desérticas y muy despobladas han sido ocupadas por estos grupos que están imponiendo gobiernos paralelos ante la incapacidad del ejército egipcio de restaurar el orden, y que controlan el tráfico fronterizo y numerosos recursos.

Los yihadistas de la región prometieron lealtad al Estado Islámico a finales de 2014 y establecieron la llamada Provincia del Sinaí del Califato en la península que limita con Israel y Gaza —por el paso fronterizo de Rafah—, y con el canal de Suez, siendo además una amenaza latente a Jordania, la pieza más débil del rompecabezas, y la que no debe ni puede caer.

Egipto ha sido un objetivo fundamental del yihadismo por ser el factor de mayor estabilidad en la región junto a Arabia Saudita. Entre los numerosos ataques a las comunidades coptas en el delta del Nilo, que ya ha sufrido más de cien asesinatos en lo que va de año, y a los islamistas moderados en el Sinaí, la situación se viene deteriorando, desde que un avión ruso con 224 ocupantes a bordo se estrellase en el Sinaí a causa de una bomba instalada por el ISIS en el aeropuerto de Sharm el Sheik.

La alianza tejida por Estados Unidos con Egipto y Arabia, con Israel de principal aliado, constituye sin duda el mayor referente para la estabilidad en la región. Por eso todas las críticas que escuchamos a estas amistades son siempre interesadas.

En la parte que nos afecta a los occidentales, ¿qué debemos esperar del colapso del Daesh?

Por una parte, tenemos en torno a unos 10.000 excombatientes del ISIS, de ellos unos dos mil procedentes de Europa y otros países occidentales, que no serán fácilmente reconvertibles. La mayoría de ellos están nutriendo a otros grupos terroristas afines en Egipto, Libia, Yemen, Irak y Somalia. No tardarán mucho tiempo en reaparecer con nuevos atentados aprovechándose de su reciente y mortífera experiencia adquirida.

El fin del Daesh devolverá al primer plano a otros grupos terroristas que, aunque no actúan fuera de sus territorios de influencia, causan un gran perjuicio y, sobre todo, generan recursos que terminan en otros grupos terroristas o células que actúan en Occidente.

Sin duda el mayor riesgo para nuestra seguridad será el resurgir de Al Qaeda de la mano de su nuevo y joven líder, el hijo favorito de Osama Bin laden, Hamza, que se perfila a sus treinta años como un verdadero líder capaz de aunar a numerosos grupos que ahora, con la caída del Daesh, han quedado huérfanos. Recientemente en un audio llamó a todos los grupos terroristas a vengar la muerte de su padre. Si no es capturado pronto, oiremos hablar mucho de este joven para mal de todos.

La estrategia y la operativa del Daesh y de Al Qaeda con respecto a Occidente es claramente diferente. El Estado Islámico ha venido buscando el terror, sin orden estratégico ni una organización definida. A pesar del daño que los mal denominados lobos solitarios han producido, han sido sobre todo acciones de células muy autónomas. Sin embargo, Al Qaeda tiene una estrategia mucho más global; no aspira a conquistar el mundo sino a destruirlo para, sobre sus ruinas, construir uno nuevo. Quieren golpear demostrando su poder, amedrentando a Occidente con una organización fuerte y centralizada capaz de grandes atentados. Al Qaeda dispone hoy de más candidatos y de recursos procedentes de las ruinas del Califato. Si la organización liderada por el hijo de Bin Laden actúa con inteligencia en Oriente Medio buscará provocar a los chiitas y, en particular, a Irán a un gran conflicto y podría encontrar, como en el pasado, numerosos cómplices en este objetivo. Si opta por una estrategia de sobreponerse a los poderes actuales, como pretendía el Daesh, será su perdición; pero si respeta a los gobiernos sunitas actuales y actúa contra los enemigos comunes, podría llegar a ser un elemento muy peligroso en la región.

Sin embargo, Occidente ha aprendido mucho en estos ya 17 años de guerra contra el terrorismo yihadista y, sobre todo, ha sabido tejer alianzas con gobiernos que deberían servir para impedir que toda la región salte por los aires. Israel y los gobiernos de Egipto y de Arabia Saudita son los grandes pilares de esta estrategia norteamericana y, por ende, nuestra. Al Qaeda buscará actuar con atentados como los de Nueva York o Madrid, con un gran impacto mediático y estratégico, y sobre todo entrometerse en la guerra santa entre musulmanes, atacando, por una parte, a la alianza ruso turco iraní y, por otra, debilitando a los gobiernos más prooccidentales de Arabia Saudita, Jordania y Egipto. Pero debemos prepararnos para un escenario de amenaza muy superior al experimentado en estos últimos años, ya que Al Qaeda necesita reivindicar su liderazgo pronto y para ello necesita un golpe mortífero y, sobre todo, audaz.

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