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El fin de Erdogan

Si Erdogan continúa en su política de islamización, ahora sí que el golpe tendrá un éxito definitivo.

Enrique  Navarro
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Recep Taiyip Erdogan | Cordon Press

Casi el cien por cien de los artículos que he leído sobre el intento de golpe de estado de Turquía coinciden en señalar que Erdogán y su proceso de islamización del país salen reforzados de los acontecimientos acaecidos, y que ahora tendrá las manos libres para terminar con la herencia de Ataturk, que según señalan todos sus contrarios, es su objetivo final. Sin embargo, a mi juicio, estas conclusiones son erróneas y desconocen la realidad política del país y el equilibrio de poderes; el contexto internacional y, sobre todo, las peculiaridades de esta intentona militar.

Comenzando por este último aspecto, los cabecillas de la rebelión son militares de alto prestigio y con gran experiencia en la Alianza Atlántica y en misiones internacionales. No estamos ante un Tejero o un exaltado Milans; estamos hablando de la crème de la crème de la cúpula militar de los países de la OTAN. Los generales arrestados, la mayoría en reserva, tienen formación en universidades occidentales y gran experiencia internacional, y además nos han dado mayores muestras de oposición al gobierno de Erdogán en estos años. En Turquía los militares, aunque pierden sus mandos, no dejan de tener una gran influencia en la sociedad y particularmente en el estamento militar. Además, los generales nunca se retiran. Los generales Ozturk y Huduti, tienen unas carreras intachables y en destinos muy complicados. Coincidieron con el actual jefe de las fuerzas armadas en operaciones internacionales. Forman parte de una élite que está más cerca de Ataturk que de Fetullah Gülen, que no deja de ser otro clérigo islamista, por más que le interese a Erdogan hacer este vínculo. Que resida en Pensilvania tiene más que ver con sus intereses personales que por una especial cercanía con la Casa Blanca, y la razón de su enemistad con Erdogan es, como dice el refrán, porque no hay peor cuña que la de la propia madera. Se ha alegado que la posible extradición de Gülen a Turquía podría estar detrás del golpe, pero me temo que al presidente turco le interesa más tener al enemigo en Estados Unidos que en Ankara, de la misma manera que Franco siempre prefirió tener a Monseñor Escrivá en Roma que en Madrid.

Las Fuerzas Armadas turcas no sólo son una fuerza excepcional con la mayor preparación y experiencia bélica de toda la Alianza; sino que son la mayor empresa del país; administran un presupuesto superior a los 25 billones de dólares y sus empresas agrupan a decenas de miles de empleados, centros de tecnologías, universidades y centros de formación de élite. Los requerimientos para entrar en las academias militares son los más selectivos y por su posicionamiento social se convierte en la opción preferida de los jóvenes más preparados del país. Las fuerzas armadas turcas representan a la élite intelectual, sus oficiales forman parte de las familias más selectas y respetadas; y muchos tienen parientes en la judicatura, la administración o en las grandes empresas. Toda la clase media y alta de Turquía tiene lazos de interés y familiares con el ejército turco.

Este golpe tenía un objetivo claro, la eliminación del presidente, la creación de un vació de poder y la toma del mismo por el ejército. Pero a diferencia del golpe de Al Sisi, no fue una decisión de la institución militar, sino de un grupo minúsculo de oficiales de marcado acento occidental. Estos golpistas pretendían dar un golpe de timón, pero no se les puede tachar de dictadores potenciales. Es decir, están en la tradición militarista del país. La gran diferencia es que hasta Erdogan no se podía ser presidente sin el apoyo de la cúpula militar, por lo que los golpes de estado se hacían por teléfono, no había que sacar los tanques a las calles y ahora, Erdogan tiene un respaldo social mayoritario.

Lo que más le debe preocupar a Erdogan es que se trata de un golpe sin motivos determinados aparentes. Al parecer estos militares se habían mostrado muy preocupados por las tendencias autoritarias del nuevo primer ministro y su política de islamización del país. No han pasado todavía cien años que Ataturk dio el voto a las mujeres, suprimió el velo, obligó a todos los menores de 45 años a volver a la escuela a aprender el nuevo idioma y sustituyó la Sharia por el código civil italiano. Y lo más importante, les dio apellidos, es decir cada persona era un sujeto de derechos y deberes. Lo que pretende hacer Erdogán con el apoyo de las urnas es acabar con el legado de Ataturk, y eso para una gran parte de los turcos es un sacrilegio.

Sobre los militares turcos se ha extendido por Occidente un velo que mezcla la admiración y la inquietud. Se han sobreestimado las tendencias demócratas y pro occidentales de los militares turcos. Estos turcos van a las mezquitas todos los viernes y han liderado los episodios más cruentos de la historia reciente de Turquía, desde la lucha contra los kurdos a los enfrentamientos expansionistas. Los militares turcos sólo tienen un interés, además del propio, Turquía. Su única preocupación es mantener el predominio otomano en la región; no son árabes, son turcos, y esto me lleva a la segunda reflexión.

El Imperio otomano dominó durante siglos todo el Oriente Medio y fue una de las grandes potencias del mundo desde el siglo XVI hasta el XX. Sus guerras lo fueron contra Rusia, Inglaterra o Alemania. Sus territorios llegaban desde Libia a Yemen y se extendían por el este hasta el Cáucaso. Los árabes son vistos por los turcos como un mal vecino, y su sentimiento de superioridad es patente en sus grandes políticos. Churchill llegó a decir que el político más importante del siglo XX había sido Kemal Ataturk. La política exterior y de seguridad de Turquía en los últimos años ha sido llevada codo con codo entre Erdogan y los militares y no se han encontrado grandes diferencias. Si en Damasco celebraban el golpe, no creo que les fuera a ir mejor a los fieles a Asad con un régimen militar en Turquía. Se ha hablado del acercamiento a Rusia, otro enemigo tradicional de las élites turcas, pero a día de hoy, parece más una justificación que una realidad. Los militares turcos pedían una intervención más activa en Siria, pero Erdogan siempre ha preferido buscar alianzas con Riad para inmiscuirse lo necesario y tampoco éste ha sido un motivo de fricción reseñable. Siempre que los turcos han ido a Siria han vuelto con malos resultados. Tampoco ha habido diferencias en el asunto kurdo entre Erdogan y los militares. En definitiva, el triunfo del golpe de Estado no hubiera cambiado en nada nuestras vidas desde el punto de vista estratégico. El golpe solo tiene una interpretación que es interna.

Ahora bien, lo que ha ocurrido no es baladí ni puede pasarse por alto. La fractura social en Turquía es de una magnitud superior a cualquier otro país de la región. La sociedad está dividida entre dos modelos totalmente opuestos. Uno puede ir a una ciudad satélite de Ankara y ver a grupos de rock, jóvenes de distinto sexo bebiendo alcohol por las calles, homosexuales con total libertad, como si uno estuviera en Ámsterdam o Madrid, y pasar a la siguiente ciudad, con un nivel económico ínfimo y sentirse en Teherán. Este es el gran problema de Turquía, y lo peor es que Erdogan ha movilizado a todos los desheredados y les ha dado una esperanza y su correa de transmisión son las mezquitas, su gran aliado. El presidente puede sacar a la calle a un millón de personas, pero tiene enfrente a quienes crean los empleos, a los que rigen la administración, a los comerciantes, a los profesionales; en definitiva Erdogan representa un populismo de clase baja que tiene enfrente a muchos sectores sociales.

Muchos analistas afirman que ahora tendrá la manos libres para limpiar, pero ¿A quién. al 50% de Turquía? Erdogan será como Calvo Sotelo, el que paró el golpe y quedó para los restos. Si el presidente turco se cree con poder para depurar al Ejército, se puede encontrar a una institución de un millón de hombres enfrente, y hoy sabe una cosa: una parte importante de su país está dispuesta a la guerra civil, al enfrentamiento social para hacer valer sus principios. Los que conocemos la institución militar turca, sabemos que por encima de todo está el espíritu de cuerpo, y contra esto ni todo el poder de las mezquitas podrá oponer resistencia. Ahora bien, si Erdogán entiende el mensaje y medita sobre sus pasos, tendrá que renunciar a una parte de su programa pero pasará a los libros de historia de Turquía como un gran presidente. Si le pueden sus ambiciones autoritarias, le auguro un destino similar al de la la mayoría de los sultanes del imperio otomano, que siempre morían por causas extrañas o violentas. Está en la esencia del turco no detenerse ante obstáculos, y si Erdogan continúa en su política de islamización, ahora sí que el golpe tendrá un éxito definitivo, porque, de facto, todavía continúa, por mucha sensación de control que pretenda transmitir el gobierno turco.

Pero no podemos negar un efecto inmediato y nefasto. Turquía es una economía emergente que crece con enorme solidez y un objetivo comercial para muchas empresas extranjeras, sobre todo europeas. El turismo muy dañado por la situación de violencia, ya será historia. Sin duda que las consecuencias económicas para Turquía van a ser muy graves. Su acceso potencial a la Unión Europea se aplazará sine die y las potencias que tienen sus intereses en la región, y en particular en Siria, ya no sabrán quién es el interlocutor válido en Ankara. En los últimos veinte años y a pesar de un espectacular crecimiento económico, las desigualdades apenas se han reducido, y Turquía vive en dos mundos, uno de empresarios, comerciantes, profesionales y funcionarios que tienen una renta media superior a los 20.000 dólares y regiones donde apenas la renta supera los 2.500 dólares, este es el tipo de dramas que conducen a un conflicto civil.

El golpe ha terminado con la victoria de la democracia, como debe ser, pero Erdogan sabe que su cuenta atrás ya ha comenzado. Ahora ha tenido de aliados a todo el espectro político desde la ultraderecha a la izquierda; dudo que si pretende ahondar en la islamización del país, tenga apoyo alguno, sobre todo cuando la crisis económica se cebe en las clases más humildes, sus principales partidarios. La primavera árabe, no nos engañemos, no era un deseo de profundizar en el Islam como fuente de solución de los problemas, sino fue el producto de la desesperación de los jóvenes sin trabajo, de la miseria y las profundas diferencias sociales. Todos los partidos islamistas han demostrado su incapacidad para resolver los problemas reales, ya que estaban más preparados para la barricada que para el gobierno. Engañaron al pueblo con mensajes que imbuidos de sermón sonaban a esperanza. Hoy en día apenas queda nada de todo aquello: Bahrein, Túnez, Libia, Egipto, Jordania, Siria. La primavera árabe ha sido una pesadilla para el Islam que ha optado por la violencia extrema o por el sometimiento. Los mismos que lo encumbraron, los mismos que le apoyaron le negarán, y solo hará falta un pequeño movimiento de ajedrez para hacer caer al presidente turco, es cuestión de tiempo.

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