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SUDÁFRICA

ANC: Zuma y sigue

En Sudáfrica, las elecciones tienen menos emoción que una tenida valenciana de Rajoy y sus muchachos: siempre ganan los mismos, los del Congreso Nacional Africano (ANC), el partido de Nelson Mandela, Thabo Mbeki y Jacob Bring-Me-My-Machine-Gun Zuma. Esta vez, con el 65,9% de los votos.

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Es un resultado arrollador, sí; pero lo cierto es que el ANC cada vez arrolla menos y que no ha conseguido su principal objetivo: revalidar su mayoría parlamentaria de dos tercios para, si le peta a JZ, meterle mano sin demasiados miramientos a la Constitución. Además, ha perdido apoyo en ocho de las nueve provincias y el Gobierno de la más próspera de todas, El Cabo Occidental –que ha ido a parar a la Alianza Democrática (DA) de Hellen Zille–; y visto cómo los desertores del Congreso del Pueblo conseguían un nada desdeñable –especialmente si se tiene en cuenta que este COPE tiene sólo unos meses de vida– 7,42% del voto, lo que les ha convertido en la tercera fuerza política del país. El ANC sólo ha crecido, pero de qué manera, en KwaZulu, otrora feudo de su eterno rival Inkhata, el Partido de la Libertad del incombustible pero fracasadísimo Mangosuthu Buthelezi; ahora bien, tiene toda la pinta de que se trata de un éxito personal de Zuma Zulú, que hace gala de zuluidad en cuanto se le presenta la menor ocasión –y cuando no también.

Sea como fuere, el ANC lo ha vuelto a hacer, ha vuelto a arrasar. Y uno, si se pone, puede comprender perfectamente por qué los negros de Sudáfrica votan y revotan al partido que en el imaginario del universo mundo se asocia con la lucha contra el apartheid. Pero uno, si no deja de ponerse y decide informarse un poco y ver en lo que es, puede advertir igual de perfectamente que el presente del ANC es tan imperfecto como su pasado, y que nada bueno puede sacar la tierra del primer hombre y la última nación con eso de poner vez tras vez un cheque en blanco sobre las mismas manos, por muy negras que sean. El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente; aquí, allí y, si me apuran, Allá.

El sucesor del sucesor del dimisionario Thabo Mbeki será, pues, Jacob Gedleyihlekisa Zuma, que cuenta menos años: 67, que cargos por corrupción, fraude y por ahí seguido: 783, según algunos, y al que se le puede llamar, sin pecar de ser injustos, demagogo, bandarra y populista. Demagogo, porque lleva la intemerata formando parte del establishment pero acusa al establishment de ignorar a los pobres, es decir, a la mitad de los sudafricanos. Bandarra, porque cuando le juzgaron por violar a la hija de un correligionario eyectó: "La falda que llevaba me dejó claras sus intenciones" (ah, el tribunal le absolvió. Ah, el próximo señor presidente del país de los 5,7 millones de seropositivos tranquilizó al personal diciendo que sí, que había mantenido relaciones con la hija seropositiva de su correligionario, pero consentidas, y que no iba a pasarle nada malo porque luego se duchó. Ah, este elemento dirigió en su día el Consejo Nacional del Sida y el Movimiento para la Regeneración Moral). Populista, porque durante la campaña se ha dedicado a encalabrinar a modo al populacho: cuando no se ha disfrazado de guerrero zulú se ha puesto a cantar himnos de guerra zulúes (el célebre "Bring me my machine gun", en el país de la criminalidad rampante y los 50 asesinatos diarios), o a satanizar y deshumanizar a sus rivales ("brujas" y "serpientes"), o a dar y quitar carnés de sudafricanidad a sus paisanos blancos (a los afrikáners sí, a los anglos ni el formulario).

Él, JZ, Gedleyihlekisa, ¿el que te sonríe mientras te clava un puñal en la espalda?, es así. Y es además polígamo (una institución "africana", reivindica saleroso el ex esposo de la suicida Kate Mantsho, que vivió "24 años infernales" con él), y el mejor amigo de los comunistas (se formó en la Unión Soviética) y de los sindicatos ("Estamos listos para morir por Zuma", le corresponde diplomático Zwelinziwa Vavi, secretario general del Cosatu). Pero también es la encarnación de la esperanza para los sudafricanos más desharrapados ("Si él, el huérfano iletrado de Nkandla, ha podido, nosotros también", se dicen) y, ¿caerá la breva?, para los zimbabuenses que abominan del tirano que les ha tocado en su muy mala suerte: Robert Mugabe. Y a lo mejor, literalmente hablando, es por fin el estadista que se hace mirar el discurso cerril y pendenciero y cumple con el deseo de Mandela y con lo que él mismo dijo tan pronto se conocieron los resultados de las elecciones del pasado miércoles:
Trabajando juntos, conformaremos un Gobierno para todos los sudafricanos. (...) Trabajando juntos, haremos mucho más por brindar una vida mejor a todo nuestro pueblo.
Mientras tanto, mientras vemos cómo se las apaña el viejo Zuma con una economía en recesión (por primera vez en 17 años) que se las ve y se las desea para crear empleo (la tasa oficial de paro es del 22%), con una sociedad sujeta a mil tensiones (económicas, étnicas, culturales) y diezmada por el sida (que se cobra mil muertes diarias), con un país que "con frecuencia ha parecido un inmenso experimento de ciencia social, un teatro en el cual gran parte del resto del mundo encuentra ecos de sus propias luchas", convendría que prestásemos atención al autor de estas últimas líneas, el bravo R. W. Johnson, que sólo quiere que su pueblo despierte y
reciba sin pesar el sol que viene.
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