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ARGENTINA

El círculo de la obsecuencia

Héctor J. Cámpora, odontólogo oriundo de la localidad bonaerense de San Andrés de Giles, asumió la presidencia de la República Argentina por breve tiempo: desde mayo de 1973 hasta julio del mismo año.

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Las razones que lo llevaron al cargo fueron varias y variadas: delegado personal de Perón en un momento en el que, como casi siempre, el movimiento peronista era una sangrienta bolsa de gatos, el general lo eligió para que lo representara en las elecciones de 1973. Una representación, claro está, de carácter puramente formal; tan formal que, ya ungido presidente, la consigna del Partido Justicialista fue: "Cámpora al gobierno, Perón al poder". La historia posterior es conocida: a la renuncia de Cámpora-Solano Lima a la presidencia le sucedió la fórmula Perón-(Isabel Martínez de) Perón, que se impondrá por una devastadora mayoría.

El rasgo primordial del carácter de Cámpora era su obsecuencia, característica que, lejos de ocultar, ponía públicamente de relieve, tal como consta en Perón, tal vez la historia, la documentada biografía de Horacio Vázquez Rial: "[Perón] despreciaba al obsecuente, y Cámpora lo era, según declaración propia". En La novela de Perón, Tomás Eloy Martínez juega con este rasgo en el marco de un diálogo memorable: Perón pregunta qué hora es y Cámpora le responde: "La que Usted quiera, General".

Néstor y Cristina Kirchner.No deja de resultar curioso, contemplado desde el presente, que esta característica de Cámpora fuera puesta de relieve con tal intensidad en la Argentina de los setenta, una sociedad que, equivocada o no, era capaz de creer en utopías revolucionarias, en ideologías enfrentadas, en partidos políticos representativos. En tal marco, la desembozada obsecuencia de Cámpora era terreno fértil para el escándalo y caldo de cultivo para la burla. El odontólogo Héctor J. Cámpora nació, pues, a destiempo; hoy, su obsecuencia sería un timbre de honor y le reportaría los más altos encomios. Puesto que hoy la dinámica de la política argentina está sustentada sobre la más vergonzante obsecuencia.

La prueba más palmaria, brindada desde el núcleo del poder, es lo que se ha dado en llamar "candidaturas testimoniales" con vistas a las elecciones legislativas de mediados de año. Un candidato testimonial es aquel que se postula para un cargo electivo que jamás llegará a ocupar, pues ya desempeña otro. Verbigracia: Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires, encabezará la lista de diputados por su provincia; en el caso de que gane, nunca ocupará esa banca de diputado, puesto que ya es gobernador y aún le faltan dos años para completar su mandato. ¿Para qué se presenta, entonces? Para dar testimonio de lealtad a su jefe político (en este caso, el doctor Néstor Kirchner). La paradoja más singular del caso es que el testimonio de lealtad al jefe político redunda en una monstruosa deslealtad al electorado, al que se engaña con una vileza difícil de imaginar: se le propone que elija a un candidato para un cargo que el sujeto en cuestión, lejos de honrar, ni siquiera va a ocupar. En este contexto de transgresión institucional, ilegalidad rampante y cinismo dirigencial, la figura del odontólogo Héctor J. Cámpora parece nimbada de un halo de rebeldía.

En su Infierno, Dante Alighieri reserva a los aduladores el Malebolge: una fosa en la que permanecen hundidos hasta las narices en el hedor de las letrinas. No es mala idea. Se lo merecen.


OSVALDO GALLONE, escritor argentino.
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