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CASO LITVINENKO

Así se las gasta la dictadura de Putin

Por todas partes se dice que el envenenamiento de Alexander Litvinenko, ese espía ruso renegado y ferozmente crítico con la Administración Putin, es un misterio. Se hacen oscuras especulaciones sobre innominados "elementos criminales" insertos en los servicios secretos rusos o en grupos ultranacionalistas que actúan al margen del Gobierno. Y se bisbisea sobre el indeterminado estado de cosas en el tenebroso submundo del exilio ruso. Bien, puede usted dar crédito a lo de la indeterminación o al testimonio prestado por la propia víctima en el único detector de mentiras verdaderamente fiable: el lecho de muerte. Litvinenko acusó directamente a Putin de haberlo asesinado.

Por todas partes se dice que el envenenamiento de Alexander Litvinenko, ese espía ruso renegado y ferozmente crítico con la Administración Putin, es un misterio. Se hacen oscuras especulaciones sobre innominados "elementos criminales" insertos en los servicios secretos rusos o en grupos ultranacionalistas que actúan al margen del Gobierno. Y se bisbisea sobre el indeterminado estado de cosas en el tenebroso submundo del exilio ruso. Bien, puede usted dar crédito a lo de la indeterminación o al testimonio prestado por la propia víctima en el único detector de mentiras verdaderamente fiable: el lecho de muerte. Litvinenko acusó directamente a Putin de haberlo asesinado.
En la ilustración, Vladimir Putin sobre la tristemente célebre Lubianka.
Litvinenko sabía mejor que nadie cuál era su circunstancia. Y en el lecho de muerte la gente no miente. Cuando le llegó su hora, Maquiavelo (aunque hay quien dice que fue Voltaire), tras rechazar por tres veces las súplicas del cura, que le urgía a que se arrepintiera de sus pecados y renunciara a Satán, dijo: "En este momento, padre, uno trata de no crearse nuevos enemigos".
 
En el mundo de la ciencia existe un principio, denominado la navaja de Occam, que consiste en adoptar la teoría menos elaborada a la hora de dar cuenta de un fenómeno natural. La naturaleza prefiere la simplicidad. A los científicos no les gustan las teorías enmarañadas. Y a usted no le hace falta recurrir a complejas artimañas para explicarse la muerte de Litvinenko.
 
¿Cree usted que Anna Politkovskaya, la periodista que estaba investigando la guerra de Chechenia, fue disparada en su ascensor por elementos criminales? ¿Se acuerda de cuando envenenaron con dioxina al presidente de Ucrania, Viktor Yuschenko, durante la campaña electoral, a resultas de lo cual su rostro quedó desfigurado? ¿Se trató de ultranacionalistas rusos?
 
Los opositores de Putin están cayendo como moscas. Son encarcelados, o tienen que exiliarse, o son asesinados. Ciertamente, en el caso Litvinenko nunca podrá seguirse el rastro hasta Putin, con independencia de lo tenaz que resulte la investigación de la policía británica. Cuando se trata de asesinatos patrocinados por el Estado, casi nunca puede uno remontarse hasta la fuente. Hay demasiados recovecos, demasiados muros de protección entre el sicario y el padrino.
 
Rusia cuenta con una larga y distinguida historia de asesinatos de Estado, de los que el perpetrado contra Trostky con un piolet no es sino el más notorio. ¿Alguien se cree a estas alturas que el Papa Juan Pablo II, que se encontraba por entonces en plena agitación de los cimientos del Imperio soviético, fue herido por un turco enloquecido que actuaba por cuenta de Bulgaria?
 
Alexander Litvinenko.Si no estuviéramos lamentando la suerte de un hombre valiente que acaba de padecer una muerte horrible, uno casi debería admirar a los rusos, no sólo por su audacia, también por la técnica que han empleado a la hora de asesinar a Litvinenko con polonio 210. El asesinato por envenenamiento nos hace recordar la clásica época del asesinato como raison d'etat, la de los Borgia y los Medici. Pero –parafraseando a Peter D. Zimmerman, del Wall Street Journal– el giro futurista dado con este primer asesinato radiológico (o el primero de que se tiene constancia) añade un elemento de barroquismo del que esa banda criminal que atiende por el nombre de KGB (aunque ahora luce otras iniciales) debería sentirse orgullosa.
 
Algunos sostienen que el asesinato de Litvinenko fue tan obvio, tan descarado, tan sucio –cinco aviones y docenas de lugares londinenses contaminados, 30.000 personas en estado de alerta–, que podría no haber sido cometido por el KGB. Pero es que eso es, precisamente, lo maravilloso del asunto. Hazlo abiertamente, con descaro, y cuenta con las luminarias de Occidente para cuando llegue la hora de las exculpaciones.
 
Recordemos en este punto las palabras del presidente del Consejo Central Anarquista en El hombre que fue Jueves, de Chesterton: "Buscas un disfraz seguro, ¿no?... Un disfraz en el que nadie buscaría una bomba, ¿eh? Entonces, ¿por qué te disfrazas de anarquista, imbécil?".
 
Hay otra razón para perpetrar un asesinato con tanto descaro: enviar un mensaje. Se trata de una advertencia a todos los futuros litvinenkos sobre lo que les espera si continúan yendo a por el Gobierno ruso. Te cazarán hasta en Londres, donde rige el Estado de Derecho. Y lo harán aunque tengan que afrontar titulares críticos en la prensa durante un mes.
 
Los hay que dicen que el KGB no habría ido tan lejos para pescar un pez tan pequeño como Litvinenko. Bien, puede que él lo fuera, pero sus investigaciones no. Litvinenko estaba investigando las conexiones del Kremlin con el asesinato de Politkovskaya. Y afirmaba que fue el Gobierno ruso voló en 1999 unos edificios de viviendas en Moscú, matando a centenares de civiles inocentes, para responsabilizar de la matanza a los chechenos y provocar la segunda guerra de Chechenia. Estamos, pues, ante un material bastante delicado.
 
Pero es que incluso la pequeñez de Litvinenko sirve con precisión a los propósitos del KGB. Si llegan tan lejos y proceden tan sucia y arriesgadamente para matar a un tipo tan poco importante como Litvinenko, entonces no hay un solo opositor a la dictadura de Putin que pueda sentirse seguro. Es el no va más en materia de disuasión.
 
 
© 2006, The Washington Post Writers Group.
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