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EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Bush y la tradición demócrata

Cuando el presidente Harry Truman, del Partido Demócrata, empezó a elaborar la doctrina sobre la que se estableció la Guerra Fría no encontró muchos aliados en el campo republicano. En aquellos años muchos republicanos eran aislacionistas o partidarios de una retirada del Ejército a sus cuarteles nacionales. Estados Unidos no debía seguir pagando con hombres y dinero conflictos ajenos. Bastante había hecho con salvar a la vieja y corrupta Europa del totalitarismo nazi. Si quería contener al otro totalitarismo nacido en su suelo e hijo de sus obras, el comunista, debería arreglárselas por su cuenta.

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Los republicanos proponían algo parecido a lo que había hecho Estados Unidos después de 1918, con el resultado que todos conocemos: el triunfo de la revolución soviética y, poco más tarde, a modo de copia y contención del comunismo, el del nacionalsocialismo en Alemania. Truman no quería que se repitiera aquella historia, y muchos en el Partido Demócrata estaban de acuerdo con él. La doctrina de la contención del comunismo –la Doctrina Truman–, el Plan Marshall y la creación de la OTAN fueron obra de este grupo decidido a evitar una nueva tragedia como la ocurrida en años anteriores, en buena medida porque la mayor potencia militar del mundo había hecho dejación de su responsabilidad después de su victoria en la Primera Guerra Mundial.
 
En Estados Unidos, el demócrata Truman fue por entonces acusado de fomentar la obsesión belicista, de derrochar los recursos de la nación y de dividir a la opinión pública norteamericana, es decir a la nación, con tal de obtener un beneficio político personal a corto plazo.
 
Truman sabía que para sacar adelante su ambiciosa política necesitaba el apoyo de algún republicano. Lo obtuvo gracias a Arthur H. Vandenberg, senador republicano por Michigan. En un célebre discurso pronunciado el 10 de enero de 1945, Vandenberg declaró que rompía con el aislacionismo que prevalecía en su partido y apoyó la política de Truman.
 
George W. Bush.Las analogías históricas siempre tienen algo de tramposas, por lo que conviene no abusar de ellas. Pero a veces revelan, como en este caso, tendencias de fondo que afloran en momentos de crisis. Ahora, en la guerra contra el islamismo o el fascismo islámico (convendrá resolver el problema del nombre algún día, porque forma parte de la sustancia misma de esta guerra), nos encontramos en una situación similar, pero invertida.
 
Quienes están a favor de la movilización bélica contra la guerra terrorista declarada por los islamistas hace cinco años son los republicanos, o más precisamente Bush y los suyos. Los demócratas, en cambio –también una parte creciente de la derecha–, se muestran partidarios de retirar cuanto antes las tropas de los frentes de conflicto y, luego, intentar una solución negociada, algo así como una coexistencia pacífica con los islamistas, a la espera de que éstos entren en razón algún día.
 
(Algo parecido ocurre en España, por cierto. Por tradición, la derecha española fue aislacionista o abstencionista desde principios del siglo XX, mientras que en general la izquierda –desde Lerroux y los intelectuales en 1914 hasta Negrín en los años 30– era firmemente partidaria de intervenir y participar en los conflictos europeos. Hoy es al revés).
 
Joe Lieberman.Uno de los pocos demócratas que han respaldado a Bush en la guerra contra el islamismo ha sido el senador Joe Lieberman. Pero, como para dejar bien clara la posición que hoy domina en su partido, ha sido derrotado en las primarias por otro candidato demócrata antiguerra, y se presentará a las elecciones de noviembre como independiente.
 
Ante una oposición tan feroz como la que está encontrando, Bush podía haber reaccionado bajando el tono y haciendo suya una parte de la crítica, como hizo otro presidente texano, Lyndon B. Johnson. Efectivamente, Johnson se empeñó en la guerra de Vietnam, iniciada por su antecesor (Kennedy) como consecuencia del firme compromiso anticomunista de los demócratas de principios de los años 60. Pero Johnson renunció a presentarse a las elecciones de 1968 cuando interiorizó la derrota, iniciando así el giro hacia el abstencionismo que daría su partido en años sucesivos. Bush, en cambio, se mantiene firme en su voluntad de victoria.
 
Algo ha cambiado en estos años cinco años transcurridos desde el 11-S. En la campaña electoral de 2004 Bush dijo que no sabía de ningún error que hubiera podido cometer en su primer mandato. Hoy ya no mantiene ese tono arrogante. Incluso llega a preguntarse en voz alta si no podría haber hecho más de lo que hizo para conseguir que el Partido Demócrata continuara apoyándole, como hizo tras los ataques contra Estados Unidos y en la intervención en Irak, cuando consiguió el respaldo mayoritario del Congreso.
 
Pero lo esencial permanece. Más aún, forma parte de la estrategia de Bush ante las próximas elecciones. El presidente ha empezado a pasar a la ofensiva en el interior. Es muy arriesgado, como ha escrito el responsable de las páginas editoriales del Wall Street Journal. Cierto que si los republicanos no retroceden demasiado, y no digamos ya si ganan, la posición de Bush se verá reforzada; pero si pierden, los dos últimos años de éste en la Casa Blanca serán un auténtico calvario, con un Congreso crecido en contra.
 
A Bush se le podrán reprochar muchas cosas, pero no su voluntad de mantenerse firme en sus convicciones. Convicciones que eran las de los demócratas hasta los años 60, cuando empezó su decadencia y se terminó la hegemonía de la que disfrutaban desde los años 30. Tanto como en su terquedad, tal vez la clave de la actitud de Bush esté también en la historia reciente de Estados Unidos. En el momento en que Johnson convirtió al Partido Demócrata en el partido de la derrota empezó la decadencia de los demócratas y el auge de los republicanos Es posible que Bush no quiera que su partido siga el mismo trayecto que iniciaron sus adversarios hace cuarenta años.
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