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IRAK

¿Colgar o no colgar a Sadam?

Todos tenemos una idea de lo que es la justicia comparativa. Tengamos también idea de lo que es la injusticia comparativa. Sería una injusticia comparativa que, habiendo sido Sadam Husein juzgado y condenado a muerte por el asesinato de 148 hombres y muchachos en Duajil (1982), no sean detenidos y juzgados, cuando sea material y políticamente posible, por asesinato Muqtada al Sader y sus matones del "ejército del Mahdi", así como algunos líderes del partido de la Revolución Islámica en Irak y de sus escuadrones de la muerte, surgidos de las brigadas Al Bader.

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Ambas fuerzas dan su apoyo al jefe del Gobierno iraquí, Nuri Kamal al Maliki, quien en días previos a la sentencia incitó a los jueces a dictar la pena de muerte contra Sadam. ¡Allá va el respeto del Ejecutivo a la independencia del poder judicial!
 
Mucho menos parece que vaya a caer el peso de la justicia sobre los jefes de la nueva policía iraquí, a causa de su despiadada e indiscriminada venganza por la oleada de atentados y asesinatos masivos que, a su vez, terroristas islamistas sunníes, ex oficiales del ejército sadamita y antiguos jerarcas del derrocado partido Baaz llevaron y llevan a cabo contra la población indefensa, la propia policía y las fuerzas de la coalición internacional. Es el modelo GAL pero a escala masiva.
 
El Gobierno formado hace seis meses (después de otros seis meses de penosas negociaciones) con el apoyo de una coalición de partidos chiitas y el consenso de una débil coalición de fuerzas sunnitas es hoy parte de los problemas de Irak, y no la solución tan costosamente buscada, al precio de decenas de miles de vidas humanas de iraquíes y más de 3.000 caídos de la Coalición, de los que más de 2.800 son de Estados Unidos, sin olvidar algunos españoles.
 
Nada refleja mejor el fracaso del Gobierno iraquí que la ineptitud del nuevo ejército, formado con la ayuda de Estados Unidos a un coste económico inmenso. En la reciente ofensiva contra la insurgencia en Bagdad el ejército prometió seis brigadas; sólo acudieron dos. Se estima que sólo la mitad de sus 137.000 efectivos está en disposición de prestar servicio.
 
Lo que todo esto significa para el cumplimiento de las expectativas que se abrigaron cuando se preparaba el derrocamiento del régimen sadamita y para el sueño de un Irak y un Gran Oriente Medio democráticos no hace falta mencionarlo. Pero hay que decir dos cosas de inmediato:
 
1) Todo lo que está pasando en el Irak posterior a Sadam estaba ya subyacente en el Irak de Sadam. Su caída fue sólo la rotura de la válvula de seguridad que cerraba un caldero hirviente de pasiones étnicas y religiosas. El partido Baaz y Sadam pretendieron sellar la fractura étnica con la losa de un nacionalismo panárabe que no llegó a ser sino una tiranía personal que aseguraba la hegemonía sunnita. El ataque de la coalición internacional en marzo de 2003 rompió la losa y desplazó las fuerzas tectónicas hacia la falla religiosa, en la que se originan los actuales terremotos de la vida política y social de Irak. Incluso sin intervención extranjera, con la desaparición de Sadam, por revolución interna o por muerte natural, el régimen hubiera estallado de todas formas.
 
2) Dado que el desplazamiento de las placas tectónicas de la vida iraquí favorece los alineamientos religiosos, cambiando por ello el equilibrio geopolítico de Oriente Medio a favor del Irán chiita, parece urgente la reconstrucción de las fuerzas orientadas hacia un nacionalismo arabista medianamente compatible con formas civilizadas de convivencia nacional e internacional. Probablemente, sin embargo, es demasiado tarde para convocar tales fuerzas.
 
La cuestión de si se ejecutará, o cuándo, la pena capital contra Sadam pende ominosamente sobre la atormentada vida política de Irak. Aunque de manera torpe y vil, la figura de Sadam se revestía con algunos atributos del nacionalismo árabe. La gran cuestión iraquí del momento, desde el punto de vista de la independencia nacional y de los intereses occidentales, es la de si, además del cadáver de Sadam, también habrá que enterrar cualquier esperanza de mantener la unidad nacional, frente a las pulsiones religiosas que propician el despedazamiento del país.
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