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¿EL PRESIDENTE DE SUDÁN, ANTE LA CPI?

Cuando la diplomacia falla

Según un informe del Departamento de Estado norteamericano, en 2007 las fuerzas opositoras zimbabuenses y sus militantes fueron objeto de abusos por parte del partido gobernante y las fuerzas de seguridad. El corruptísimo Gobierno de Robert Mugabe, dice también el referido documento, atentó sistemáticamente contra los derechos humanos.

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El informe del Departamento de Estado denuncia que el Gobierno zimbabuense cometió "asesinatos ilegales y secuestros de tinte político", discriminó a las mujeres y ejerció la violencia contra ellas, estuvo implicado en el tráfico de mujeres y niños... Las fuerzas represivas "torturaron a miembros de la oposición, líderes estudiantiles y activistas de la sociedad civil" y perpetraron detenciones arbitrarias, y el Ejecutivo promulgó leyes que tenían por objeto suprimir las libertades civiles (expresión, prensa, asociación, reunión, etcétera).
 
Esto, por lo que hace al año pasado... y a tantos otros. Por lo que hace a 2008, el acoso del dictador Mugabe a la oposición ha llegado a tal punto que hasta la ONU ha prestado atención a lo que está pasando en el país africano. Así, el pasado día 11 el Consejo de Seguridad se reunió para estudiar la adopción de un paquete de sanciones. Washington pretendía que se impusiera a Harare un embargo de armas y restricciones financieras, y que se limitara el movimiento de los jerarcas mugabistas, pero no lo consiguió: Moscú y Pekín hicieron valer su derecho de veto, alegando que tales medidas representaban una injerencia en los asuntos domésticos de un país. Libia y Vietnam compartían el punto de vista de Rusia y China y también votaron en contra. Otro tanto hizo Sudáfrica, que invocó para ello la solidaridad regional. Gracias a los gobernantes de estos países, Mugabe podrá seguir masacrando a sus súbditos con total impunidad.
 
Pocos días después, el fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI), el argentino Luis Moreno Ocampo, presentó cargos de genocidio contra el presidente de Sudán, Omar al Bashir, a quien acusó de planear la aniquilación de las tribus de Darfur mediante una campaña de asesinatos, violaciones y deportaciones.
 
Darfur: más de 300.000 muertos, más de dos millones y medio de desplazados, casi un millón de refugiados en el Chad.
 
Al igual que Mugabe, Bashir fue reelegido (en el año 2000) en unas elecciones fraudulentas. Ahora se ha convertido en el primer jefe de Estado en ejercicio en ser acusado ante la CPI; pero, según Associated Press, es "improbable" que sea enviado a La Haya en un futuro próximo, dado que Jartum no reconoce la competencia de la CPI. Por otra parte, a los jueces les tomará "meses", según el propio fiscal, tomar una decisión al respecto.
 
Apelar a otros órganos de la ONU no tendría sentido: ahí están Rusia y China para garantizar la inmunidad a los peores dictadores del globo. Además, tal y como informaron las agencias ANSA, EFE, DPA y Reuters, Egipto, Irán y la Liga Árabe han rechazado "enérgicamente" la decisión de la CPI, mientras que el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki Moon, ha dicho al propio Bashir, en conversación telefónica, que no ha influido en la decisión de la Corte.
 
Sea en Zimbabue, Irán, Irak, Birmania o Darfur, la ONU se muestra incapaz de actuar, salvo cuando se trata de condenar a EEUU o a Israel. Y si bien en este caso puntual la CPI pudo operar a instancias del Consejo de Seguridad, el hecho de que esto sea una novedad dice mucho de su pobre desempeño. A través de la CPI, la ONU ha imputado en el pasado a quienes cometieron crímenes de guerra y contra la Humanidad en Ruanda, Liberia y Bosnia, pero sólo cuando los genocidios ya se habían perpetrado y sus responsables ya habían abandonado sus cargos. Aunque el castigo de tales crímenes es importante, la prevención y la detención de los mismos mientras se están produciendo es crucial. En este punto, el historial de la ONU es harto decepcionante.
 
Estos hechos apenas sorprenden a quienes no tenemos demasiada fe en las bondades diplomáticas de la ONU, que lleva años tolerando el desarrollo ilegal del programa nuclear iraní, los excesos criminales de Mugabe, el genocidio de las tribus de Darfur y la represión de la junta militar birmana. Sabemos con absoluta seguridad que, si de la ONU dependiera, Sadam aún sería soberano en Irak, Afganistán seguiría bajo el yugo talibán y Milosevic, matando a mansalva.
 
Algunos creemos que hay veces que es necesario intervenir política y militarmente para atenuar el sufrimiento humano allí donde la diplomacia ha fracasado. Otros, en cambio, no están dispuestos a reconocer que hay ocasiones en que la diplomacia fracasa. No advierten que la insistencia en un método de probada inutilidad en determinadas situaciones contribuye al desamparo de las víctimas.
 
La agonía de Sudán, la tragedia de Birmania, las amenazas de Irán y el terror que practica Mugabe están ahí y son asuntos de enorme importancia. Las respuestas de la comunidad internacional deberían ser igual de reales e importantes.
 
 
JULIÁN SCHVINDLERMAN, analista político argentino.
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