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El retroceso de la democracia en Argentina

Se equivocan quienes piensan que lo único extraño o diferente de las pasadas elecciones argentinas fue que las ganó la mujer del actual presidente: más significativo aún fue que se trató de las primeras que se desarrollaron de manera irregular y sucia desde el retorno de la democracia al país, hace 24 años. Esos comicios han vuelto a poner de manifiesto que en Argentina la democracia se encuentra en franco retroceso.

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En cuatro años, Néstor Kirchner no convocó una sola reunión de gabinete. No dio una sola conferencia de prensa. Gobernó ignorando (y silenciando) a quien no le convenía y pactando con sectores revoltosos como los piqueteros, a quienes sobornó con dineros públicos. Así, con mano férrea, había gobernado la provincia de Santa Cruz antes de ser presidente. La diferencia es que Santa Cruz, en el extremo sur de la fría Patagonia, tiene alrededor de 200.000 habitantes, es decir, menos de los que cuenta el barrio bonaerense de Palermo. Una cosa es gobernar a 200.000 y otra a 40 millones.
 
Pero Kirchner no contempló introducir grandes cambios en su estilo de gestión, y el país, sumamente golpeado por la crisis que precipitó el final del Gobierno de Fernando De la Rúa, se sometió mansamente. Lo mismo hizo el empresariado y, sobre todo, los medios de prensa, altamente dependientes de la publicidad oficial, con la cual fueron manipulados sin disimulos ni piedad.
 
La economía se estabilizó, inclusive empezó a crecer vertiginosamente, en otro de los clásicos episodios de manía colectiva argentina. Digo "manía" porque el crecimiento no se debió a políticas económicas que resolvieran problemas coyunturales que afectaran al país, sino simplemente a la liquidez de que se disponía por no haber pagado la deuda externa y debido a la alta demanda de las materias primas argentinas por parte de China y de otros mercados foráneos.
 
Con la prensa controlada y los diversos núcleos de poder económico conducidos hacia la complacencia gracias a la amansadora de la presión gubernamental, la mayoría de la gente no se dio por enterada de esto y se creyó el cuento del boom económico.
 
La victoria electoral de Cristina Fernández de Kirchner tuvo muchísimo que ver con este clima de complacencia, prensa controlada y oposición dividida y desorganizada. Pero hubo otros factores, que llegan a lo que podría considerarse como fraude electoral, que garantizaron su triunfo. El sistema de doble vuelta light argentino, por el cual el candidato más votado puede ganar las elecciones con apenas superar los 40 puntos –siempre que supere a la segunda fuerza en no menos de 10–, permitió al Gobierno concretarlo sin tener que perpetrar un gran fraude ni arriesgarse a una segunda vuelta.
 
Según una nota escrita en un medio digital argentino por el periodista Christian Sanz, de conocida trayectoria, el titular del sindicato de porteros, Víctor Santa María, allegado al Gobierno de Kirchner, formuló instrucciones a sus miembros para que interceptaran los telegramas enviados a los presidentes de mesa, para que éstos no llegaran a destino y los centros no pudieran abrir a tiempo.
 
Según dice Sanz, "se hizo correr el rumor a los medios de información de que había habido un rechazo de 15.249 telegramas sobre un total de 17.751 enviados a las eventuales autoridades de mesa. Esto permitió que se pudiera poner a dedo a algunos punteros del Frente para la Victoria [de Cristina Fernández de Kirchner] en lugares clave, los cuales se presentaron supuestamente de manera espontánea para ofrecerse a ocupar los cargos que habían sido rechazados". Esto también provocó largas colas nunca antes vistas, lo que motivó el retraso del cierre de los centros electorales en algunos distritos, y que muchos ciudadanes, particularmente gente mayor, que normalmente acude a las urnas por la mañana temprano, se quedara sin votar.
 
Las denuncias sobre falta de papeletas, o de boletas de candidatos de la oposición, se sucedieron a lo largo del día electoral en numerosas localidades. Según la mayoría de las denuncias, muchas de las cuales fueron asentadas al día siguiente en diferentes juzgados del país, cuando ingresaban al cuarto oscuro los electores no encontraban la papeleta deseada y no podían votar por su candidato. Las papeletas habían desaparecido... y desaparecieron constantemente a lo largo del día. Ante el reclamo de los votantes, muchas de las autoridades de mesa instaban simplemente a escoger entre las papeletas disponibles. No se trata tampoco de casos aislados ni de problemas puntuales, sino de una maniobra deliberada y coordinada que se sintió en muchísimos distritos, en particular en aquellos en los que la oposición tenía respaldo mayoritario en las encuestas.
 
Finalmente está el asunto de la compra de votos, reportado en televisión por la periodista Teresa Bo, que entrevistó a una pareja de intermediarios que pagaban 50 pesos (poco más de 10 euros) por voto y 20 pesos para asistir al acto de cierre de campaña de Cristina Fernández de Kirchner. Si bien se sabe que esto ha sucedido en elecciones anteriores también, es la primera vez que un candidato presidencial obtiene la elección tras haber perdido en los más grandes centros urbanos (como Buenos Aires, Rosario y Córdoba, adonde se presentaron las mayores irregularidades y dificultades a la hora de votar) pero ganado en los distritos con mayor índice de pobreza y analfabetismo, donde la compra de votos es prácticamente endémica.
 
 
© Diario de América
 
PABLO KLEINMAN, editor de Diario de América.

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