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ORIENTE MEDIO

Israel a los 60

Lo de la genialidad judía es, ciertamente, un caso peculiar. La medición de excelencia humana más reconocida, el Premio Nobel, así lo demuestra.

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Durante la primera mitad del siglo XX, el 14% de los premiados en literatura, química, física y medicina/psicología fueron judíos. Esto, en una época de intensas persecuciones y fuertes restricciones sociales y legales para la judería mundial; en un período, en fin, en el que un tercio del pueblo judío fue exterminado por el régimen nazi. Durante la segunda mitad de dicha centuria, con una atmósfera más respirable, los judíos representaron el 29% de los galardonados con el Nobel. En lo que va del nuevo milenio la cifra es aún mayor: 32%. El mérito luce extravagante cuando se tiene en cuenta que los judíos son apenas el 0,2% de la población mundial.
 
Así las cosas, se entiende que el Estado de Israel sea la maravillosa realidad que es. Junte usted todo el talento judío en un espacio reducido, dé a sus habitantes la oportunidad de expresar toda su creatividad en el marco de la independencia estatal y la libre autodeterminación nacional... y el resultado será espectacular. En síntesis, ésta es la historia de Israel: la genialidad judía aplicada a la construcción nacional.
 
Cuando, a finales del siglo XIX, Theodor Herzl imaginó el Estado judío, lo concibió como un refugio físico para su pueblo, pero también como un centro de producción económica, espiritual, científica y cultural. ¡Y vaya si ha sido así!
 
En la imagen, el candelabro ritual (menorah) de la Knesset (Parlamento israelí).Ya antes de constituirse el Estado la comunidad judía establecida en Palestina había erigido los cimientos para el desarrollo nacional en algunas de las áreas que han hecho del Israel actual un modelo ejemplar. La escuela Mikve Israel, fundada en 1870, marca la génesis de la investigación agrícola israelí, posteriormente potenciada con la Estación Agrícola (1921), que andando el tiempo se convertiría en la Organización de Investigación Agrícola, el mayor centro nacional de I+D en este campo.
 
La Estación Hebrea de Salud fue creada a comienzos del siglo XX, con el objeto de promover la investigación médica. También merece destacarse la fundación, en los años 30, de los Laboratorios del Mar Muerto, orientados a la investigación industrial. En 1924 le llegó el turno al Instituto de Tecnología de Israel, más conocido como Technion; y en 1925 a la Universidad Hebrea de Jerusalem. Casi una década más tarde, en 1934, echó a andar en Rehovot el Instituto Sieff, hoy conocido como Instituto Weizmann.
 
Tras el establecimiento del Estado de Israel vieron la luz otros cuatro centros de educación superior: la Universidad Bar-Ilán (1955), la Universidad de Tel Aviv (1956), la Universidad de Haifa (1963) y la Universidad Ben Gurión (1967). En 1948 las universidades entonces existentes apenas sumaban 1.600 estudiantes; en las que funcionan hoy en día estudian 125.000. A esta cifra hay que añadir los 100.000 que están inscritos en institutos terciarios.
 
No menos impresionante ha sido la promoción cultural. Atendamos, por ejemplo, al mundo de la música. La Filarmónica Palestina (rebautizada posteriormene como Filarmónica de Israel) dio su primer concierto, de la mano de Arturo Toscanini, en Tel Avivi en el año 1936. Desde entonces, Israel ha brindado a la música figuras descollantes como Itzjak Perlman, Shlomo Mintz, Pinjas Zuckerman o Daniel Barenboim. Hoy, el país cuenta con numerosas orquestas sinfónicas y de cámara, en ciudades como Jerusalem, Haifa, Holon, Ramat Gan, Beer Sheva, Netanya y Rishon Lezion. La Academia de Música Samuel Rubin (fundada en 1945) es otro ejemplo de la calidad artística que es usual hallar en Israel.
 
No son muchas las naciones que ponen en pie museos antes de alcanzar la independencia, y ciertamente la creación del Museo de Arte de Tel Aviv (1932) representa un hito cultural singular. En la actualidad hay cerca de 200 museos, de diverso tamaño, en la Tierra de Israel.
 
Por lo que hace al turismo, el crecimiento ha sido fenomenal: mientras que en 1950 fueron 33.000 los turistas que visitaron el país, para finales de los años 90 (antes de que la segunda intifada dañara apreciablemente al sector) los visitantes habían pasado a ser 2,5 millones, una cifra 76 veces superior a la primera. (Por cierto, en ese período la población judía de Israel se multiplicó por diez, de 600.000 a 5,5 millones de personas, aproximadamente).
 
Los logros económicos de Israel en estos 60 años han sido también extraordinarios, como queda de manifiesto en el hecho de que se cuente entre los 25 con más renta per cápita y entre los que mayores tasas de crecimiento económico presentan. Para cualquier nación, ello sería una proeza digna de elogio, pero para un Estado asediado desde su mismísimo nacimiento, que ha debido enfrentar el boicot económico de todo un bloque regional, que ha tenido que librar guerras y sacrificar preciosas vidas humanas (sólo durante la Guerra de la Independencia, librada en 1948, Israel perdió el 1% de su población) y que se ha visto obligado a destinar sumas astronómicas de su presupuesto a la defensa nacional (un 10% durante sus primeras dos décadas de existencia y un 25% a partir de 1967; el máximo se alcanzó durante la Guerra del Yom Kippur, en 1973: ¡un 45%!); para un país que ha tenido que absorber a más de 2,5 millones de inmigrantes en seis décadas (cuatro veces el número de pobladores judíos en el momento del establecimiento de la patria); para un país que después de cuatrocientos años de gobierno otomano se encontró una tierra desolada y una hostilidad vecinal manifiesta; para una nación, en fin, que se ha topado con semejantes desafíos, todo esto no es menos que un milagro. 
 
El Estado de Israel mantiene relaciones diplomáticas con 162 naciones, sobre un total de 192 acreditadas ante la ONU. Varias de ellas son árabes. Aun así, el ideal de la paz sigue estando lejos de alcanzarse, y la existencia de Israel sigue poniéndose en cuestión.
 
En otro orden de cosas, la distribución de la riqueza nacional no es todo lo equitativa que debiera ser, y la gama de problemas sociales que aquejan al Estado no es despreciable. Israel, por supuesto, no es una tarea completada; la construcción continúa. Ahora bien, el balance de estas seis décadas es reconfortante.
 
Estamos hablando de una pequeña nación que comenzó su emprendimiento secando pantanos en el desierto a fines del siglo XIX y que ha ingresado en XXI con satélites propios en el espacio, así que algún crédito debemos reconocerle. Vayan, pues, las mejores salutaciones para Israel en éste su sexagésimo aniversario.
 
 
JULIÁN SCHVINDLERMAN, analista político argentino y autor TIERRAS POR PAZ, TIERRAS POR GUERRA.
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