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ESTADOS UNIDOS

La envidia virtuosa

Leo en el Catecismo del padre Jerónimo de Ripalda (1535-1618) que el sexto pecado capital, la envidia, es "la tristeza del bien ajeno". Pero la mía debe de ser una envidia virtuosa, porque no me causa tristeza sino un regocijado anhelo de emulación. Me refiero a la envidia que me produce el elevado grado de civilización, o sea el bien, del que disfruta la sociedad de Estados Unidos.

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El origen de esta reflexión se remonta a la época en que me curé de las enfermedades izquierdistas del antiimperialismo y el anticapitalismo, convencido de que, como había descubierto el veterano luchador antiimperialista peruano Víctor Haya de la Torre, su ideología era, ella sí, una manifestación de la envidia interpretada como tristeza del bien ajeno. Pero lo que me empuja a actualizar dicha reflexión es la lectura de un extenso artículo que ha publicado la revista Time (23/4/2012), adaptado, a su vez, del libro The Presidents Club, de Nancy Gibbs y Michael Duffy.

El Club de Presidentes

La exploración de la trama de complicidades y lazos de amistad, solidaridad y colaboración que se ha urdido a lo largo de décadas entre los presidentes y expresidentes de Estados Unidos, trama que el artículo pone al desnudo con datos históricos y anécdotas íntimas, sólo puede generar en el lector español, harto de miserias políticas cotidianas, una emoción en la que se fusionan inevitablemente la admiración y la envidia virtuosa. Explican Gibbs y Duffy:

Es posible que el Club de Presidentes no figure en la Constitución, ni en libro o estatuto alguno, pero tampoco es una metáfora ni una figura retórica. Fue creado en 1953 cuando Dwight Eisenhower asumió su cargo. Entonces Herbert Hoover le propuso la alianza a Harry Truman. Los dos hombres, polos opuestos en lo político y en lo personal, acordaron que en la posguerra era esencial, para la seguridad de Estados Unidos, un Gobierno fuerte, y cooperaron para reforzar los poderes del cargo.

Más tarde, fue con Eisenhower con quien John Kennedy se comunicó, por la mañana, el día en que se preparaba para anunciar un bloqueo a Cuba que podría desencadenar una guerra nuclear. Y fue con el denigrado Richard Nixon con quien Bill Clinton se comunicó a altas horas de la noche para hablar de Rusia, China y de la mejor manera de aprovechar el valioso tiempo del presidente. Por fin, cuentan Gibbs y Duffy, las dos primeras llamadas que hizo Barack Obama la noche en que las fuerzas especiales mataron a Ben Laden estuvieron dirigidas a George W. Bush y a Clinton, antes de que informara a sus aliados, partidarios o colaboradores.

Los autores del libro, que también son los del artículo de Time, recuerdan y reproducen las duras críticas que intercambiaron Bill Clinton y Obama cuando éste disputaba la candidatura presidencial a Hillary, para destacar luego los valores de la reconciliación:

Fuera lo que fuere lo que separa a los presidentes norteamericanos en cuestiones de política, carácter o minúsculos agravios, todos ellos son miembros de una fraternidad singular y privilegiada, y están unidos por experiencias que nadie más puede entender. "No hay conversación más dulce que la de los antiguos enemigos políticos", comentó en una oportunidad Truman, y los presidentes modernos son la prueba viviente de ello. Cuando Clinton hizo las paces con Obama, estaba tan próximo a toda la familia Bush –iba de vacaciones con el padre, recaudaba fondos con el hijo, incluso acompañaba a Barbara al funeral de Betty Ford– que el clan de Texas le había puesto un apodo: el Hermano de Otra Madre.

Cierta soledad

George Bush escribió a Clinton, cuando éste lo derrotó en la contienda electoral: "Usted será presidente cuando lea este mensaje. Lo apoyo fervientemente". En cuanto a George W. Bush, le dijo a Obama, antes de que éste asumiera la Presidencia, y hablando en nombre de todos los miembros del club:

Le deseamos éxito. Tanto si somos demócratas como si somos republicanos, amamos profundamente a este país (...) Todos los que hemos ocupado este cargo comprendemos que está por encima del individuo.

Gibbs y Duffy revelan que una de las ventajas que otorga el pertenecer al Club de los Presidentes consiste en que cada uno de ellos transmite sus secretos al sucesor. Eisenhower enseñó a Kennedy cómo se debía convocar instantáneamente el helicóptero de evacuación al jardín de la Casa Blanca. Lyndon B. Johnson mostró a Nixon dónde guardaba los magnetófonos. Ronald Reagan practicó con Clinton, en su despacho de Los Ángeles, el saludo ceremonial, que el recién llegado a la Casa Blanca desconocía. Y George W. Bush preguntó a Clinton, en diciembre del 2000, cómo pronunciar mejores discursos.

Un trance crítico se presentó cuando Obama, sin experiencia como líder nacional, debió asumir sus responsabilidades al frente del Gobierno. Los anteriores presidentes se comunicaron con él después de su triunfo. Obama confesó:

Fueron todos increíblemente comprensivos. Pero creo que comprendieron que el cargo implica cierta soledad. En última instancia, eres la persona que va a tomar las decisiones. Ya sientes que es así.

Obama quiso que su iniciación en el club incluyera a todos los miembros, así que pidió a Bush que a comienzos de enero actuara como anfitrión de una merienda para los cuatro presidentes que aún vivían. Este pedido conmocionó a la Casa Blanca de Bush. Sus colaboradores preguntaron si esto incluía a Carter, que había criticado casi todo lo que habían hecho durante ocho años. Obama contestó que sí, que había que invitar a Carter. Bush lo aprobó.

Se enviaron las invitaciones y se celebró la merienda. Sirvieron poco más que bocadillos en la sala privada contigua al Despacho Oval. Acudieron todos: Bush, Obama, Carter, Clinton y Bush padre (quien prometió no hablar). Fue la primera vez en casi 30 años que cinco hombres que habían sido, eran o serían presidentes se reunían en la Casa Blanca.

El artículo de Time incluye fotografías que muestran reunidos, conversando y, a veces, riendo a Clinton y Obama; Truman, Hoover y Eisenhower; Kennedy y Eisenhower después del fiasco de Bahía de los Cochinos; Johnson y Eisenhower después del asesinato de Kennedy; Reagan, Ford, Carter y Nixon; Bush padre y Clinton; Carter, Ford y Nixon, y Nixon y Clinton.

Intríngulis del sistema

¡Que envidia! Virtuosa, la de quienes estaríamos dispuestos a renunciar a muchas obsesiones, prejuicios y sectarismos a cambio de presenciar, en España, un entendimiento y una solidaridad como los que exhiben quienes fueron y quienes son los máximos responsables del bienestar y, por qué no decirlo, del poderío de Estados Unidos. Perversa, la de quienes acumulan frustración, rencor y "tristeza ante el bien ajeno", según la definición de Ripalda.

Sin embargo, tampoco hay que dejarse engatusar por quienes intentan tergiversar los principios sobre los que descansa la grandeza de Estados Unidos para arrimar el ascua a la sardina del nacionalismo identitario. Después de hacer uso y abuso de los ejemplos de los países bálticos, de Quebec, de Escocia, de Kosovo, de Eslovaquia y, fugazmente, de la atribulada Holanda, para justificar las ambiciones secesionistas Artur Mas se ha sacado de la chistera Massachusetts, joya del federalismo estadounidense.

Confieso, de entrada, que nunca he terminado de entender bien los intríngulis del sistema federal de Estados Unidos. Un país que está en la vanguardia de nuestra civilización, que despierta la envidia –virtuosa o malsana– de todos y que al mismo tiempo está fragmentado en compartimientos estancos territoriales. Estados donde rigen leyes diferentes, incluso antagónicas, en cuestiones tan trascendentales como la pena de muerte, la eutanasia, las bodas gays, la posesión de armas de fuego, la enseñanza del darwinismo y el creacionismo, etcétera.

Creo, sin embargo, que mi incomprensión, como la de muchos conciudadanos, es producto de que hemos vivido siempre en un entorno que no nos permitió internalizar la noción de libertad. Pongo un ejemplo: ¿alguien imagina que sería posible fundar en Cataluña, Extremadura, el País Vasco, Andalucía, Galicia, o en cualquier otra región de España, una comunidad religiosa como la de los amish? Cuenta Laura Freixas (La Vanguardia, 26/4/2012): 

Unos 250.000 habitan hoy en algunos lugares de Estados Unidos, en comunidades rurales que han decidido seguir viviendo como en el siglo XVII. Las mujeres llevan vestidos hasta los pies y cofia; los hombres, un traje campesino, sombrero y barba. No usan motores: se desplazan en carruajes tirados por caballos; no tienen teléfono ni ordenador, por lo menos en casa; educan a sus niños en escuelas donde todos comparten una sola aula; todos ellos son campesinos o artesanos.

Si se asentaran en Cataluña, caerían sobre ellos los encargados de vigilar que las clases se dictaran exclusivamente en catalán, con textos políticamente correctos desde el punto de vista secesionista, y que los carteles estuvieran escritos en la lengua que marca el Estatut inconstitucional. En cuanto a los vestidos hasta los pies y la cofia, no faltarían las feministas que los equipararan al burka, aunque jamás una mujer amish haya ocultado una bomba o un arma bajo sus ropas. Y si una mujer elige una determinada indumentaria, nadie está en condiciones de determinar si lo hace por su fe religiosa o porque la obliga su familia. Se debe prohibir el burka sólo por razones de seguridad, y en los casos restantes debemos aceptar los riesgos que inevitablemente acompañan a la libertad.

Modelo para Cataluña

Volvamos al sistema federal de Estados Unidos. Massachusetts es, obviamente, un estado que bien podría servir de modelo para Cataluña. Sus universidades se cuentan entre las más prestigiosas del mundo y atraen a los mejores profesores y a los alumnos más sobresalientes, entre otras muchas razones porque su misión consiste en enseñar e investigar, y no en derrochar esfuerzos, tiempo y dinero para consolidar lenguas presuntamente amenazadas. Es la meritocracia que en España desprecian los abanderados de la involución. Además, en Massachusetts no se utilizan las escuelas e institutos como laboratorios de ingeniería social, laboratorios que, en Cataluña, regidos por la manía identitaria, hacen caer hasta niveles bochornosos el puntaje de los informes PISA sobre educación.

Massachusetts está encuadrada, además, en un sistema que, esto sí lo entiendo perfectamente, obliga a respetar las sentencias de los tribunales federales. El aborto es legal en todo el territorio de Estados Unidos porque así lo estableció el Tribunal Supremo de Justicia. En los estados donde no existe la pena capital, esta se sigue aplicando cuando lo disponen los tribunales federales.

En fin, al señor Artur Mas le convendría recordar lo que le sucedió al gobernador de Alabama, George Wallace, en los muy federales, ejemplares y libérrimos Estados Unidos. Su lema, y su línea roja, era: "Segregación ahora, segregación mañana, segregación siempre". Cuando se apostó en la puerta del Auditorio Foster de la Universidad de Alabama, el 12 de junio de 1963, e invocó los derechos de los estados para impedir la entrada de dos alumnos negros, el jefe de la Guardia Nacional le informó de que el presidente –John F. Kennedy– y el fiscal general –Robert Kennedy– le habían ordenado que hiciera cumplir un fallo del Tribunal Supremo, y que por tanto el gobernador debía hacerse a un lado. Wallace obedeció y los dos alumnos entraron al recinto. Los hermanos Kennedy habían dado instrucciones acerca de la forma en que había que desplazar al gobernador si este se resistía.

En España, los expresidentes del Gobierno y el actual se niegan a confraternizar solidariamente en bien del país, como lo hacen sus colegas de Estados Unidos. En Cataluña, el presidente de la Generalitat se niega a acatar los fallos judiciales sobre enseñanza bilingüe y sitúa allí su línea roja. Estos son algunos de los motivos por los que estamos como estamos, y no sólo en los informes PISA sobre educación.

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