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HISPANOAMÉRICA

La lección de las revueltas en Chile

Chile enfrenta uno de sus peores momentos desde el retorno de la democracia, en 1990. Con un creciente malestar social, marchas masivas que desafían el orden público, colegios, universidades y empresas estatales como Codelco anunciando paros y fuerzas policiales agredidas a diario, el país muestra claros síntomas de ingobernabilidad. A ello se suma un desplome de la popularidad del presidente Piñera a niveles cercanos al 30%.

Axel Kaiser
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Entre tanto, las cifras oficiales muestran un crecimiento económico que bordea el 6%, un desempleo a la baja y una inflación relativamente controlada. ¿Cómo se explica el descontento general, entonces?

Una razón fundamental, que suele omitirse en los análisis de este tipo, tiene que ver con el avance de la ideología progresista. En los últimos 20 años, particularmente con los gobiernos de Michelle Bachelet y Ricardo Lagos, se ha ido instalando en el país la mentalidad que pone el foco en la sociedad de derechos. Paralelamente, en la clase política reaparecieron añejas posturas de estatismo radical, con lo que se ha puesto en tela de juicio acuerdos en materia económica que se daban por garantizados. La opinión pública ha estado durante todo este tiempo expuesta a un potente discurso redistributivo que comprende una campaña de desprestigio sistemática del modelo económico liberal de los Chicago Boys. En el contexto de las protestas actuales, la exigencia del fin del lucro en el terreno de la educación, así como las demandas de nacionalización de recursos naturales como el cobre, refleja el triunfo ideológico de aquellos que desde hace décadas buscan cuestionar el sistema liberal chileno.

Sebastián Piñera.En lo que a la derecha respecta, su rol ha sido deficiente a la hora de contener el discurso colectivista. En primer lugar, jamás hizo una defensa pública y organizada de las virtudes del modelo económico liberal que sacó a Chile de la miseria latinoamericana. Por el contrario, se sumó al discurso redistributivo de la izquierda a fin de ganar popularidad. La penetración del discurso estatista entre sus filas llegó a tal punto, que el mismo Sebastián Piñera fue elegido con un programa de gobierno de centroizquierda.

Así pues, en Chile no se dio la lucha por las ideas que Hayek y Mises identificaran como claves para definir la evolución social de un país hacia mayores cotas de libertad y prosperidad.

En cuanto a los grandes empresarios, muchos vieron crecer su riqueza a unos niveles sin precedentes bajo los gobiernos de la Concertación. Bajo la creencia de que así contribuirían a la estabilidad del sistema, ofrecieron lucrativos puestos a varios de los líderes de esa izquierda. Hoy, con una concentración económica que ha mostrado ser socialmente intolerable y un sistema cerrado debido a la alianza entre el Estado y el poder económico, surgen cada vez más voces que amenazan la posición de los grandes magnates. El rol protagónico que el partido comunista –principal agitador de las actuales movilizaciones– ha conseguido en los últimos tiempos constituye una clara señal.

La lección que debe extraerse de lo que ocurre en Chile –aparte de la confirmación de los efectos corrosivos del corporativismo– es que la legitimidad del sistema de libre empresa en el plano cultural es esencial para su supervivencia. Como bien advirtió Douglass North, las ideologías son cuestiones de fe antes que de razón, y subsisten aunque se acumulen abrumadoras pruebas en su contra. Por eso, como explicó Antonio Gramsci, la ideología debe ser combatida en ese ámbito en el que las personas definen sus creencias e ideas, es decir, en el de la cultura.

 

© El Cato

AXEL KAISER, investigador del Instituto Democracia y Mercado (Chile).

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