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ORIENTE MEDIO

Marasmo moral y político en Irak (y en el mundo árabe)

Si los republicanos pierden las elecciones parlamentarias del 7 de noviembre no será por el vertiginoso aumento de la violencia en Irak ni por las bajas norteamericanas, en ascenso, sino por la insolvencia y culpabilidad del Gobierno iraquí.

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Tanto el Ejecutivo de Bagdad como las fuerzas chiíes que lo apoyan vienen demostrando desde el final del verano que no sólo son culpables del fracaso de la institucionalización de la vida política, sino que tienen un grado mayor o menor de responsabilidad en las atrocidades que se cometen a diario contra la población civil y los disidentes religiosos y políticos, en un grado comparable con las propias responsabilidades del terrorismo yihadista sunní, la insurgencia baazista y sadamista y la rama de Al Qaeda en Irak, que habían provocado con atrocidades precedentes la actual ola de terror.
 
El aspecto más inquietante de esto no es la frustración de la política de la Administración norteamericana, sino lo que dice del marasmo en que se agita la sociedad iraquí y de la insolvencia moral de los que pasan por élites de ese país. Lo que es aún más grave, lo que ocurre en Irak es una especie de parábola exacerbada de otros desastres morales del mundo árabe.
 
Las milicias del clérigo Muqtada al Sader, el llamado Ejército del Mahdi, han protagonizado en los últimos meses atrocidades sin cuento en Bagdad y Amara, y las brigadas Bader, del llamado Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Irak, del también clérigo Al Hakim, no se quedan atrás en vesania selectiva y actos de terrorismo indiscriminado. Ambas fuerzas están representadas en el Gobierno y ambas operan por medio de sus elementos armados o a través de la policía, completamente infiltrada por sus agentes.
 
La complacencia o la impotencia del Ejecutivo iraquí se puso de relieve cuando el primer ministro Maliki exigió a los norteamericanos la liberación de uno de los jefes de la milicia Mahdi, detenido después de una de sus sangrientas fechorías.
 
George W. Bush.¿Cuánto tiempo tardará el Gobierno de Washington en verse forzado a reconocer que el Gobierno iraquí no es un aliado, sino que se comporta como un adversario de su estrategia? La mentalidad de este Gobierno, que no es sino la expresión de la mentalidad y el espíritu prevalentes en estos momentos entre las mayorías iraquíes, no se sitúa en el mismo orden psicológico y político que informa la mentalidad de los Estados Unidos, resultado de corrientes culturales y filosóficas que llamamos, para abreviar, "occidentales". Obedece más bien a una mentalidad, entre tribal y de zoco, de la que grandes segmentos de las sociedades medio-orientales se resisten a desprenderse, medrosos ante los desafíos de un mundo globalizado que les va dejando a la zaga.
 
Es la misma incapacidad mostrada recientemente por la sociedad palestina para construir un pedazo de futuro esperanzador a partir de dos hechos de magnitud mayor: la recuperación de una Gaza libre de israelíes, desde el otoño del año pasado, y el plan israelí de retirada unilateral de la Ribera Occidental con que se estrenó el actual Gobierno de Jerusalén.
 
Las respuestas palestinas dejaron atónito al espectador mentalizado "a la occidental": hicieron de Gaza la base para una nueva intifada de ataques clandestinos contra Israel, asegurando así, mediante las represalias israelíes, la destrucción de las infraestructuras básicas de la Franja, y eligieron, votando a Hamás, un Gobierno que les devuelve al "Día Cero" de la ocupación israelí. Es como desear que los israelíes no se retiren de los territorios tomados en 1967 y obligarles a comportarse como ejército de ocupación. O como sufrir estoicos la destrucción de medio Líbano por el gusto que Hezbolá se ha dado de darle un susto a Israel. Quédeme yo tuerto, con tal de que te quedes ciego…
 
La estrategia declarada de los jefes norteamericanos en Irak se ha expresado con tres verbos: "contener, despejar, reconstruir" (hold, clear, rebuild). Consiste (mejor dicho, consistía) en contener localizadamente a los grupos terroristas y la insurgencia, limpiar la zona de rebeldes y reconstruir los elementos materiales y sociales para hacer viable la pacificación de las poblaciones. Las fuerzas que apoyan al Gobierno iraquí, con la complicidad o la interesada neutralidad del propio Gobierno, han optado por una estrategia de aniquilación de los "otros". Lo más irónico de todo es que ya han empezado a matarse entre ellos mismos… Ecos que evocan, como las caracolas nos llevan al mar, la lucha a muerte, hace dos meses, entre policías palestinos de Al Fatah y milicianos de Hamás.
 
Con todo lo dicho en los párrafos anteriores, ¿cómo justificar entonces el apoyo que algunos dimos a la intervención de la coalición internacional en Irak? ¿Cómo justificar el juicio y probable condena a muerte de Sadam Husein, cuando las fuerzas políticas iraquíes de un signo y otro dan señales de estar embarcadas en acciones criminales que nada tienen que envidiarle? Preguntas pertinentes, sin duda… Pero son otra historia.

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