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EL EJE CARIBEÑO

Nicaragua, la joya de la Corona

El giro de timón de la política exterior de Zapatero en América Latina está teniendo efectos notables. Sus acciones parecen estar guiadas no tanto por lo que deberían ser los intereses estratégicos de España como por la nostalgia y los intereses de los sectores más radicales dentro del Partido Socialista. De la dialéctica se pasó rápidamente a acciones concretas: Castro ha contado con su apoyo activo, a contracorriente de la Unión Europea, y canceló las ayudas y ventas de material militar a Colombia, una democracia en guerra civil, para agasajar y vender material militar a Hugo Chávez, líder de la revolución bolivariana en Venezuela.

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En cierto modo, el apoyo a Chávez es una traición al socio tradicional del PSOE en la región: Acción Democrática, perteneciente a la Internacional Socialista. No importa. El fortalecimiento de Chávez, las buenas relaciones con Castro y el giro a la izquierda populista en la región satisfacen los intereses de Zapatero.
 
Pero la estrategia caribeña todavía no está completa: falta un eslabón en el eje. Si hay un partido que realmente aviva la nostalgia, despierta pasiones y toca la fibra más sensible de la extrema izquierda es el nicaragüense Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Desafortunadamente, las ideas acerca de los sandinistas están basadas en conceptos erróneos.
 
Nicaragua tendrá nuevas elecciones generales el año que viene. Si el FSLN gana, Zapatero tendrá un nuevo aliado en la región. La victoria de éste fue acogida con júbilo por los sandinistas, que veían allí el inicio de una oleada de triunfos de los partidos de izquierdas. Ciertamente, las encuestas parecen señalar una victoria sandinista. Pero no sería la primera vez que perdieran unos comicios que parecían ganados de antemano.
 
Ronald Reagan.Durante la década de los 80 Nicaragua fue uno de los campos de batalla más importantes de la Guerra Fría. La razón: su cercanía a EEUU y la implicación personal de Ronald Reagan en ayudar a derrotar la dictadura comunista de los sandinistas. Reagan apoyó con decisión a los grupos rebeldes contrarrevolucionarios, luchadores de la libertad, en su resistencia armada contra los sandinistas. La Contra puso en jaque al monstruo militar creado por el presidente Daniel Ortega.  
 
La revolución sandinista acusó a la guerrilla anticomunista de infinitas violaciones de los derechos humanos, se difundió una imagen falsa de que sus miembros eran traficantes de drogas y, por supuesto, se les presentó como simples y crueles mercenarios a las órdenes de elementos somocistas financiados por EEUU, que pretendería imponer su yugo imperialista. Esta visión distorsionada se aleja de la realidad.
 
La resistencia nacional y la presión internacional forzaron al sandinismo a convocar elecciones generales (1990). Para su sorpresa, los sandinistas no sólo perdieron la guerra, también todos los comicios generales que se han celebrado hasta el momento. Una de las principales causas de ello es que los sandinistas, al igual que la mayoría de la comunidad internacional, fallaron en entender la verdadera raíz del conflicto y la razón de su derrota: el profundo carácter popular de la resistencia, consecuencia de las imposiciones colectivistas y represoras.
 
La Contra no era un grupo homogéneo ni coordinado. La resistencia comprendía antiguos sandinistas –frustrados por el camino tomado después de 1979–, campesinos, indios miskitos –que luchaban por su supervivencia– y, en general, grupos e individuos que se habían opuesto a la dictadura de Somoza y que no estaban de acuerdo en vivir bajo otra.
 
Timothy Brown,  en su ya clásico estudio sobre el conflicto (The Real Contra War, 2001), es claro: "Los sandinistas y sus simpatizantes veían a la Contra como simples elementos contrarrevolucionarios, los americanos quizás los vieron como soldados en una escaramuza de finales de la Guerra Fría (…) Pero para los campesinos [la Contra] era su escudo defensivo contra un nuevo intento de subyugación".
 
Arnoldo Alemán.La mayoría del pueblo de Nicaragua, pese a la percepción romántica del sandinismo entre la progresía internacional, parece no olvidar los abusos y la sangría que ocasionó aquél mientras estuvo en el poder (1979-1990): miles de muertos, abusos a las minorías étnicas, deforestación, robos masivos de propiedad, desplome económico, etcétera.
 
Desafortunadamente, la alternativa democrática no ha sabido estar a la altura necesaria. La Administración del liberal Arnoldo Alemán (1997-2002), ahora encarcelado por corrupción, estuvo marcada por graves errores. Stephen Johnson, especialista en América Latina de la Fundación Heritage, recuerda que "la peor consecuencia fue el acuerdo con Ortega que le dio poder para controlar el judicial  que debilitó a la joven democracia"; y añade que ésta es una decisión que puede "llevar al país por el camino de la tiranía". Como se demuestra hoy en Ecuador no es buena idea jugar con el sistema judicial, pues el tiro puede salir por la culata.
 
Nicaragua se merece una clase política digna de sus posibilidades, que catapulte el país lejos de la pobreza y hacia un mayor bienestar. El presidente Enrique Bolaños ha sido una mejora cualitativa frente al estigma que supuso Alemán. Pero necesita hacer mucho más. El principal beneficiado ha sido el FSLN.
 
¿Permitirá la población que los sandinistas retomen el poder? Seguramente, el año que viene será la última oportunidad que tenga Ortega de ser elegido democráticamente. Los expertos apuntan al triunfo sandinista. No obstante, las cosas no están tan claras.
 
Tenemos un ejemplo claro en El Salvador, donde hubo comicios en 2004. Pese a las expectativas de victoria y al financiamiento de Chávez, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) volvió a perder, en las elecciones en que más posibilidades tenía de ganar. El pueblo recompensó los esfuerzos del partido conservador en el poder, Arena, a la hora de renovarse internamente, ante el peligro de que el FMLN accediera al poder.
 
Mural con la efigie de Tony Saca, vencedor en las últimas presidenciales salvadoreñas.Es de esperar que, ante la amenaza de una inminente victoria sandinista, los otros partidos se vean obligados a reformarse y mejorar. Particularmente, los liberales, plagados de problemas por el liderazgo interno. La competición es buena para todos.
 
En la oposición democrática el sandinismo ha logrado producir líderes bien recibidos por la población, como por ejemplo el ex alcalde de Managua Herty Lewites, que podría ser un buen candidato a la Presidencia. Por suerte para liberales y conservadores, la vieja guardia que controla el FSLN bloquea cualquier renovación ideológica y de cuadros de mando. Para desgracia del sandinismo, el viejo comandante Ortega está enquistado en el poder: si nada cambia, volverá a ser el candidato (ya van cinco) en las generales, y regresará de nuevo el fantasma de la guerra y la corrupción. Si el Comandante no se presenta los sandinistas podrían afianzar, con su victoria, el giro a la izquierda en la región.
 
El PSOE tiene una oportunidad única de influir sobre la democratización del sandinismo, aunque, desafortunadamente, los intereses son otros. Cuando España incrementa la tensión en la zona, con sus acciones y sus palabras, ha de entender que puede tener consecuencias negativas en sus relaciones con los Estados afectados y con EEUU. Así es el juego.
 
Y, para que tome nota el Gobierno de Zapatero en sus intentos contradictorios de limar asperezas con el de EEUU: hay que mirar quién esta por ahí… Por ejemplo, John D. Negroponte, el nuevo director de la CIA, ejercía de embajador en Honduras a principios de los 80 y fue clave en el apoyo del Gobierno americano a la Contra. Elliott Abrams, uno de los consejeros más íntimos de Bush, fue una pieza clave en la lucha contra el sandinismo. Otros miembros importantes de la Administración Bush también han tenido una importancia clave en el fortalecimiento de la democracia en la región, y no parece que les guste nada la política agresiva del Ejecutivo socialista en Latinoamérica.
 
El presidente Zapatero corre en un campo de minas. ¿Se habrá dado cuenta? ¿Le importa? Parece ser que no.
 
 
Artículo reproducido con autorización del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES).
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