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ESTADOS UNIDOS

Obama y la demagogia barata

Cómo cambian las cosas: el visionario que en 2008 se presentaba como el portador del cambio y la esperanza se vuelca ahora en la política de las menudencias, como quedó de manifiesto en su discurso sobre el Estado de la Unión.

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Entre las propuestitas que anunció Obama se cuentan unos retoques fiscales para estimular tal o cual actividad, unas pequeñas agencias de control para atar en corto a los malhechores de Wall Street y a los que piratean DVD y la exigencia de que todos los estudiantes permanezcan en los institutos "hasta que se gradúen o cumplan los 18". ¿So pena de cárcel, quizá? ¿Acaso el sedicente transformador de América hace ahora las veces de conserje?

Son símbolos de una presidencia venida a menos, totalmente desconcertada por las altas cifras de paro, el estancamiento económico, la deuda formidable y la clamorosa ausencia de ideas.

Por supuesto, estando Obama de por medio, no podía faltar la grandeza. La esperanza y el cambio se desvanecieron hace mucho tiempo. Ahora lo que prima es la igualdad y la equidad. Ciertamente, se trata de una cuestión de largo aliento. Lenin y Mao llegaron muy lejos por ahí. También el primer ministro británico Clement Attlee y sus homólogos socialdemócratas de la Europa de posguerra.

¿Adónde quiere llegar Obama? Por lo pronto, insiste en la fijación demócrata con las bajadas de impuestos de Bush, en la cruzada por subir los impuestos un 4,6% al 2% de las familias... Diez años de esa receta no alcanzarían siquiera para cubrir el estímulo obamita de 2009...

Así las cosas, Obama se saca de la manga la Regla Buffett, una tasa mínima del 30% para los millonarios. Suena novedoso, pero no es sino la reedición del trasnochado impuesto mínimo alternativo, creado originalmente en 1969 para echar la red a 155 peces gordos que no pagaban lo suficiente. Siguiendo el destino de otras propuestas buenistas, el impuesto mínimo alternativo se ha acabado transformando en un monstruo de 40.000 millones de dólares que trae por la calle de la amargura a millones de contribuyentes de clase media.

Ni siquiera se dice que la Regla Buffett vaya a favorecer el crecimiento económico o la creación de empleo (a quienes sí les vendrá bien será a los asesores fiscales de los millonarios, que cobrarán buenas minutas a sus clientes por ayudarles a sortear los nuevos obstáculos). Pero tampoco hay por qué sorprenderse. En 2008, a Obama le preguntaron si seguiría siendo partidario de subir los impuestos a los rendimientos del capital (el objetivo de la Regla Buffett) si se tradujera en una reducción de la recaudación y respondió que sí. En nombre de la justicia.

Se trata de redistribuir la riqueza porque sí. Al diablo con los costes. Al gobernador de Indiana, Mitch Daniels, le hicieron falta unos 30 segundos de su refutación del discurso del Estado de la Unión para echar abajo esa idea. Si quieres que los ricos paguen más, explicó Daniels, no subas los impuestos, porque así acabas retardando el crecimiento económico de todos. Mejor tapa los agujeros legislativos de que se valen para salir bien parados de su enfrentamiento con el fisco (reforma fiscal) y asegúrate de que las prestaciones sociales vayan a quienes verdaderamente las necesitan.

Las reformas tributaria y asistencial son algo verdaderamente grande. La primera podría producir justicia social y eficiencia económica; la segunda, justicia social y una reducción de la deuda. Bueno, pues son éstas justamente las que Obama se ha negado a abordar en todos estos años. Él prefiere la demagogia barata del "gravar a los ricos".

Después de todo, ¿qué más tiene que ofrecer? Con su bagaje no se puede presentar a la reelección. En el discurso sobre el Estado de la Unión apenas mencionó el Obamacare o el plan de estímulo, sus mayores hitos legislativos. Demasiado impopulares. Su plataforma es la equidad, recogida en una miríada de pequeñas cosas, minimedidas industriales, con su melodramático anuncio de que no cederá el terreno de las energías alternativas "ni a China ni a Alemania"; como si fuera el padre de esos sectores, como si la financiación pública fuera a hacer económicamente viable la energía solar.

Lo que Obama ofreció al país el otro día fue un pastiche sin sustancia; un revuelto de proposiciones inconexas, una nueva hornada de agencias gubernamentales invasivas y una nueva tanda de agujeros legales que socavarán aún más un sistema fiscal que pide a gritos una gran reforma.

Si los republicanos no pueden con esto en diciembre, deberían hacérselo mirar.

 

© The Washington Post Writers Group

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