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IBEROAMÉRICA

Perú, una estrella rodeada de peligros

El Perú se ha convertido en la nueva estrella de Latinoamérica. Las previsiones lo demuestran, y todo indica que seguirá siendo así mientras se mantenga el orden en una economía que ha logrado 70 meses ininterrumpidos de crecimiento. Pero tiene varios peligros a su alrededor. El primero es externo: dos países vecinos contaminados por el triste y amenazante populismo chavista. El segundo, en cambio, es interno: sus propios gobernantes.

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La situación actual del Perú tiene varios responsables. Aunque parezca mentira, Alberto Fujimori logró –antes de convertir su régimen en una auténtica dictadura– enderezar el maltrecho rumbo seguido por Alan García. Lo hizo robando un plan económico que había vapuleado y criticado cuando lo propuso Mario Vargas Llosa en las presidenciales de 1990. Cuando lo tomó, y después de un mensaje aterrador del ministro de Economía ("Que Dios nos ayude"), el plan comenzó a surtir efecto, no sin antes sumir a los peruanos en años difíciles.
 
Guste o no, quien convirtió al Perú en lo que es ahora fue Alejandro Toledo, un economista con la increíble capacidad de reunir a un grupo brillante de expertos en torno a su Gabinete y, a la vez, suscitar uno de los más fuertes rechazos que se recuerdan en el país. Las razones de esto último fueron, principalmente, dos: acceder a la Presidencia tras derrotar a Alan García (la suerte del voto en contra) y no lograr alejar a sus familiares del poder (algunos de ellos fueron acusados de corrupción). Aun así, supo que la única manera de que el Perú fuera un país de oportunidades pasaba por abrir los mercados y llamar a los inversionistas extranjeros. No tardó en recibir una respuesta positiva de muchos éstos, y poco a poco numerosos sectores antes casi olvidados o de poco desarrollo para el siglo XXI comenzaron a convertirse en los pilares del crecimiento del país.
 
La gestión de Toledo, que hubo de hacer frente a decenas de huelgas –la mayoría convocadas por la extrema izquierda cercana a los moribundos terroristas de Sendero Luminoso–, fue madurando hasta lograr los ya citados 70 meses de crecimiento constante, buena parte de ellos por encima del 5% y con picos del 8%.
 
Alejandro Toledo.Pero de nada servirá si el proceso no continúa por el mismo camino.  Y así parece haberlo entendido el propio Alan García, otrora gran defensor del intervencionismo estatal, del rechazo a las instituciones financieras internacionales y de la economía proteccionista, que dejó al Perú en una situación lamentable, con tasas de inflación de varios ceros. Tras acceder de nuevo a la Presidencia, García decidió no hacer muchos retoques, con lo que dio a entender que la herencia que había recibido de Toledo era atractiva. Preguntado al respecto hace unos días en Madrid, García señaló: "¿Para qué mover algo que funciona?", lo que entra en contradicción con las críticas que vertió contra su antecesor durante la última campaña electoral de 2006.
 
Es lo correcto, dejar que todo siga su curso, con un panorama cada vez más atractivo para los empresarios extranjeros, mientras los países vecinos, como Bolivia, malgastan sus recursos por mantener unas tesis chavistas que sólo perjudican a los intereses locales, sobre todo a los de los ciudadanos.
 
Las expectativas de la visita que cursó García a España entre el 21 y el 23 de enero eran grandes, en especial después de que Repsol anunciara que había descubierto en el Perú un yacimiento con elevadas reservas de gas. Pero García se plantó en Madrid como si tuviera que convencer a los votantes peruanos, cuando el objetivo de su visita, además de reunirse con líderes políticos (lo hizo con el Rey, con el alcalde de Madrid y con el presidente del Gobierno español, en este orden) y estrechar decenas de manos, era convencer a los empresarios españoles. Por lo oído, sería sorprendente que hubiera logrado ese cometido con satisfacción.
 
Su última actividad de relevancia en Madrid fue impartir una conferencia en el Foro Nueva Economía, ante un centenar de empresarios. El momento parecía el adecuado para que vendiera las posibilidades del Perú. Pero entonces apareció el viejo Alan García, el populista, el de la incontinente verborrea, un defecto del que aún no ha logrado librarse y del que probablemente jamás se deshaga. No sólo dejó entrever que su discurso sigue siendo tan populista como siempre –en sintonía con los que parecen ser ahora sus rivales políticos en Sudamérica– , sino que le gusta ejercer de gran protagonista. No dudó en mencionar a personajes como Lenin y Deng Xiaoping, regalándoles incluso amables alabanzas. Lo único interesante de su presentación –por decir algo– fue, quizás, el final, cuando respondió a las preguntas. García no puede evitarlo: bromas locales, chistes sin sentido, comentarios fuera de lugar... y hasta cruces de apuestas: "Le apuesto una comida al periodista que me hizo esta pregunta que el Perú crecerá más del 7%".
 
Alan García.Y eso no fue todo. Tal vez lo más grave (y dudo de que en el Perú se haya hecho mención al respecto) no tuvo relación con el tema económico. García fue preguntado acerca de las oportunidades que tendrían los peruanos inmigrantes de regresar a su país. La respuesta fue positiva. Pero como no logra responder a las preguntas de una manera concreta –pese a que se lo pidieron los organizadores–, al presidente peruano se le fue la lengua y metió –una vez más– la pata. Recordó que, hace medio siglo, la migración ocurría en el sentido contrario, es decir, de Europa a América, aunque recordó que al Perú también llegaron chinos y japoneses en las primeras décadas del siglo XX. "Aunque recuerden cómo han terminado los japoneses", apuntó, en evidente referencia a Fujimori. Un comentario muy desafortunado para las decenas de miles de peruanos de ese origen (nikkeis), trabajadores incansables y responsables de varios éxitos empresariales. García lo hizo, además, ante un público que busca hacer negocios en un país extranjero...
 
García no sólo tiene este tipo de responsabilidades fuera del Perú, sino que su trabajo se complica aún más dentro de sus fronteras. Es cierto que ha sabido lidiar de buena manera con algunos problemas, y que su Gobierno, por el momento, no ha tenido momentos de crisis, pese a que su popularidad sigue cayendo. Tiene además el deber de alimentar el sentimiento democrático, que parece asentarse en un país donde las dictaduras, ya sean militares o civiles (con apoyo castrense), han tenido un triste protagonismo. Además, debe mostrar a la población que, para que el Perú siga creciendo como lo ha venido haciendo en los últimos años, lo único viable es seguir con una política económica ordenada, como ha venido ocurriendo claramente en los últimos seis años. Esto permitirá, además seguir reduciendo los niveles de pobreza, evitar en las elecciones de 2011 la emergencia de peligrosos advenedizos como Ollanta Humala, cuyos únicos recursos, económicos e ideológicos, provienen de Caracas.
 
Ésa es la responsabilidad que tiene García en su Gobierno. De lo que haga o deje de hacer depende buena parte del futuro del Perú.
 
Todo parece indicar que el Perú seguirá siendo la estrella de la región y el destino de gran parte de las inversiones internacionales en Latinoamérica, en especial después de la firma de los tratados de libre comercio con EEUU y Canadá (que, dicho sea de paso, fueron procesos iniciados por el Gobierno de Toledo), algo que sin duda podría animar a la UE a comenzar las negociaciones directamente con Lima, sin esperar un acuerdo de la Comunidad Andina de Naciones (¡imaginen ponerse de acuerdo con el boliviano Evo Morales y el ecuatoriano Rafael Correa!). Y es probable que todo esto –acuerdos comerciales, mayor crecimiento, inversiones– se logre a pesar de Alan García.
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