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REINO UNIDO

'Scottish National Party': entre el populismo y la independencia

En 1997, bajo los auspicios del recién llegado Nuevo Laborismo, Escocia recuperaba su Parlamento merced a la más importante reforma constitucional registrada en el Reino Unido en el siglo XX. La Scotland Act tenía como objetivo acercar el gobierno de Escocia a los escoceses, nunca sentar las bases para la independencia.

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Los primeros procesos electorales celebrados para elegir a los miembros de la nueva institución no alteraron en lo sustancial el mapa político, si bien el Labour Party debió formar gobiernos de coalición con los liberales en 1999 y 2003.

Este escenario comenzó a variar en las elecciones de 2007, con el triunfo por la mínima del Scottish National Party (SNP), esto es, del nacionalismo que apuesta por la independencia. Fue un hecho sorpresivo y para muchos puntual. La creencia generalizada era que en los siguientes comicios (2011) todo volvería a la normalidad, con una nueva victoria laborista. Las encuestas de los primeros meses de este año parecían cuadrar con esa visión, pero los resultados han sido muy otros. Y es que el nacionalismo ha conseguido la mayoría absoluta, acontecimiento sin precedentes en la (breve) historia electoral escocesa que, evidentemente, tendrá consecuencias en el corto plazo.

Hay un cúmulo de factores concatenados que explican ese resultado. En primer lugar, el Partido Conservador ha visto cómo su ya de por sí precaria situación en Escocia se veía aún más comprometida por las impopulares pero necesarias reformas económicas que ha emprendido el gobierno de Cameron. Con perspectiva cortoplacista, los escoceses no han tolerado los recortes sociales.

Se ha ahondado, pues, el distanciamiento entre conservadores y escoceses, iniciado con Margaret Thatcher por motivos económicos y acentuado durante el mandato de John Major, si bien en este segundo caso tuvieron mayor peso los argumentos de tipo constitucional (sintetizados en la oposición del primer ministro a que Escocia tuviera su propio Parlamento).

No sólo los tories han cosechado unos resultados peores de lo esperado. Sus socios de gobierno, los liberal-demócratas, han sufrido un tremendo batacazo: han perdido 13 escaños. Los lib-dem tienen ahora dos opciones: romper el acuerdo de gobierno con Cameron, algo perfectamente infantil, o seguir apostando por tal coalición, aceptando su condición de junior partner y buscando lo mejor para el conjunto del país.

¿Y el Labour Party? Pues ha pagado muy caro el haber utilizado Escocia como conejillo de indias en sus anhelos por retornar al poder en el Reino Unido. Ed Miliband sigue sin encontrar su sitio, y los pésimos resultados cosechados en Escocia representan el primer aviso serio que recibe.

Todo ello ha dejado el terreno abonado para que Alex Salmond, líder del SNP, practicara el populismo a gran escala, en ocasiones de forma muy agresiva, presentándose ante el electorado como el gran salvador. Esta vez no ha puesto tanto énfasis en la independencia, pues sabe que es impopular; lo que ha hecho ha sido prometer, prometer y prometer: puestos de trabajo, energías limpias, un relanzamiento de la agricultura, un pacifismo rancio que dejaría a Escocia sin capacidades de defensa... Salmond no ha escatimado medios para, en el fondo, ofrecer unas recetas muy parecidas a las de la izquierda laborista. Para diferenciarse de ésta ha añadido el típico alegato pro-independencia, aunque, como decía antes, de forma dosificada.

En fin, el líder nacionalista ha ganado por mayoría absoluta. Ahora le toca cumplir sus promesas. Lo primero que ha hecho ha sido solicitar más competencias al gobierno central, lo que implicaría modificar el estatus constitucional del Reino Unido. La batalla centro-periferia está servida para los próximos años.

 

© Instituto Juan de Mariana

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