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ARGENTINA

La tierra y el nacionalismo

El nacionalismo no se agota, siempre tiene una veta para explotar esa supuesta antinomia entre Nosotros y Ellos, los otros, los extranjeros. Aun en países como la Argentina, donde hay muy pocos criollos y todos hemos descendido de los barcos.

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Curiosamente, disfrutamos del éxito que tienen algunos de nuestros compatriotas en el exterior y repudiaríamos con firmeza que fueran discriminados o que alguna cuota dejara a Ginóbili, Messi o Tévez fuera de sus equipos. Solemos ser cosmopolitas, absorbemos la cultura del mundo y podemos hacer ídolos de extranjeros sin reparar en su origen: Enzo Francescoli, ¡Marcelo Salas aun siendo chileno!, ¡los Rolling Stones aun siendo ingleses!... Pero todo ese cosmopolitismo se derrumba cuando nos plantean que podemos perder tal o cual recurso muy nuestro. Algo así se viene diciendo respecto del agua: se agita el fantasma del extranjero que va a venir a llevársela, tal vez en barcos capaces de transportar gigantescos glaciares.

Ahora le toca el turno a la tierra: el Gobierno, tocando esa fibra nacionalista, envía un proyecto al Congreso para limitar la venta de terrenos a extranjeros. Se pretende que éstos no puedan tener más del 20% de las tierras rurales. De ese 20%, ninguna nacionalidad podrá tener más del 30%, y ninguna persona física o jurídica podrá tener más de mil hectáreas en el corazón agropecuario del país: la pampa húmeda.

¿Cuál puede ser el problema de que la tierra esté en manos de extranjeros? Ninguno de éstos actuaría de manera muy distinta a como lo hace un nacional. En Argentina como en cualquier otro lugar, un propietario se plantea esta pregunta: ¿qué debo hacer con mi tierra? Para dar respuesta a esa pregunta, evalúa los precios posibles de cada producto o uso y los costos de mantenimiento y producción, y se decantará por aquello que resulte más rentable. Esos precios, además, sin que el productor tenga que pensar en ello, han transmitido la información acerca de las preferencias de los consumidores y las ofertas de otros productores.

Supongamos que John McIntire, escocés, posee una tierra en Argentina. ¿Haría con ella algo muy distinto que José Pérez, bisnieto de españoles pero nacido y criado en Trenque Lauquen? Supongamos ahora que el Sr. McIntire solicita la ciudadanía argentina y la obtiene. ¿Qué cambiaría?

Este país da la bienvenida a los extranjeros. Es más, a muchos de ellos los dejamos ocupar las tierras públicas urbanas; ¿por qué no podrían otros extranjeros comprar tierra rural?

Desde los sectores que promueven el referido proyecto se dice que el capital "no tiene bandera", y cosas por el estilo. Pues bien, eso quiere decir que John McIntire va a tomar decisiones sobre su tierra igual que José Pérez; no va a tomar en cuenta los intereses nacionales de Escocia en su cálculo económico, lo cual le podría generar alguna preocupación estratégica. Es más, dado el carácter abierto de la sociedad argentina, es bastante probable que Mr. McIntire termine en poco tiempo disfrutando los mejores asados, tomando mate y siguiendo a su club local favorito. De esta forma, lo sumamos; y él seguramente nos aportará su gaita, su música y su conocimiento de cómo destilar un buen whisky.

Por último, en el caso de que Mr. McIntire comprase a Pérez su terreno, éste sería administrado de similar manera, y Pérez dispondría de una suma de dinero importante, que dedicaría a consumir o a invertir: si la consumiera, estaría haciendo lo que el mismo Gobierno promueve, y si la ahorrara e invirtiera, nos haría un favor a todos, ya que generaría una mayor producción en alguna otra área, o sea, más puestos de trabajo.

 

MARTÍN KRAUSE, académico asociado del Cato Institute y profesor de Economía y secretario de Investigationes de ESEADE (Argentina).

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