Menú
ORIENTE MEDIO

Una orquesta alemana en Teherán

Rara es la ocasión en que un analista político se ve inclinado a reflexionar sobre un concierto de música clásica. Pero el que me llamó la atención no fue un concierto ordinario. Cuando, a finales del pasado agosto, la Orquesta Sinfónica de Osnabrück interpretó en Irán la Obertura Leonore de Beethoven, el Concierto No. 3 de Elgar y la Cuarta Sinfonía de Brahms, llevó la música clásica occidental a una tierra de la que había desaparecido tras el triunfo de la revolución jomeinista.

0
Tan en serio se han venido tomando este asunto los gobernantes iraníes que, según el diario español ABC, cuando autorizan la emisión de un concierto por la televisión, los instrumentos no aparecen en pantalla. Por su parte, el director de la Sinfónica iraní, Nader Mashayeji, ha declarado al Financial Times: "Hay gente que no ve la televisión para evitar escuchar música". En cuanto al presidente Ahmadineyad, recomendó hace dos años a las radios y televisiones del país que no emitieran música occidental; y aunque su consejo no fue seguido del todo, lo cierto es que ésta sigue siendo una rareza en Irán.
 
Ahmadineyad no asistió al concierto de la Sinfónica de Osnabrück, pero sí lo hicieron numerosas personalidades iraníes, entre las que se contaba el ministro de Cultura. Y la gente acogió con gran expectación el acontecimiento.
 
La coincidencia del histórico concierto con una jornada festiva en la que no había prensa diaria pudo influir en la mezquina cobertura que se le dio en los medios locales. "Parece como si el concierto jamás hubiera tenido lugar. Nadie ha reportado cosa alguna", se lamentaba un iraní entrevistado por la Associated Press.
 
Sea como fuere, es dable suponer que no se trató más que de un ejercicio de diplomacia cultural orquestado (para usar libremente el término) por las autoridades de un país bajo observación internacional por su programa clandestino de enriquecimiento de uranio, por su promoción del terrorismo en Irak, Afganistán, el Líbano y la Franja de Gaza y por sus llamados a la aniquilación de Israel. Lo que sí puede decirse es que no fue un acto de integración cultural o intercambio musical: el servicio secreto impidió a los músicos iraníes entablar contacto alguno con sus pares alemanes.
 
Hablemos, precisamente, de los músicos alemanes, porque fue su proceder lo verdaderamente perturbador en esta historia, más allá de las motivaciones iraníes. En un momento en que el mundo libre debate cómo contener la agresividad de la República Islámica, en que en la ONU se estudia la imposición de nuevas sanciones y embargos militares a Teherán, en que incluso algunas naciones barajan la posibilidad de desatar una guerra para privar a los ayatolás melófobos del arma nuclear, ellos, galantemente, se prestaron a maquillar al régimen de Ahmadineyad y compañía, a tapar a un Estado hostil con la cortina de un acontecimiento cultural, a silenciar el sentimiento antioccidental del establishment iraní con los acordes sonoros de una tolerancia inexistente.
 
Que cultura y política no se deberían mezclar sería un punto digno de consideración si no fuera porque el propio impulsor de la iniciativa, el alemán Michael Dreyer, ya se encargó de mezclarlas. Y lo hizo para provecho de Teherán. Dreyer dijo que las guerras no son buenas, que su música aspira a evitar toda opción militar y que un ataque contra Irán supondría "el mayor desastre imaginable para el mundo". ¿Mayor que un hongo nuclear sobre Berlín? Hemos de suponer que sí.
 
En las semanas previas al arribo de la orquesta alemana a Teherán, mientras sus músicos ensayaban en la localidad de Osnabrück y decidían si había que elevar tal o cual nota, en Irán fueron ahorcadas 118 personas, y cuatro lapidadas. Otras 150 habían sido condenadas a muerte por ahorcamiento o lapidación, según informó en su momento Saeed Mortazavi, el fiscal general islámico. Algunas de las ejecuciones fueron televisadas.
 
Desde el año nuevo iraní (21 de marzo), unos treinta activistas –entre los que se contaban gremialistas, estudiantes, periodistas y clérigos disidentes– han desaparecido. Desde abril –conforme ha anunciado Ismael Muqaddam, comandante de la policía islámica–, alrededor de 430.000 hombres y mujeres han sido arrestados por consumir o comercializar drogas. Sólo en Teherán, 4.200 personas han sido detenidas por patoterismo. Desde que el Parlamento aprobara el nuevo código de vestimenta islámico, en mayo de 2006, cerca de un millón de hombres y mujeres han sido arrestados. La mayoría han estado detenidos unas horas o unos días, dice Muqaddam, pero para principios de agosto al menos 40.000 permanecían encarcelados. Según Husein Zulfiqari, subjefe de la policía, más de 3.100 parejas no casadas han sido arrestadas por "proximidad sexual".
 
Tal ha sido la represión interna, y tantos los detenidos, que el titular del servicio penitenciario nacional, Alí Akbar Yassaqi, ha llegado a solicitar una moratoria sobre los arrestos, porque la población reclusa (150.000 personas) triplica la capacidad de las cárceles del país.  Pero las 130 prisiones oficiales no resultan suficientes para Ahmadineyad: ya se ha ordenado la construcción de otras 33, en tanto que hay trabajo en curso para transformar 41 edificios públicos en presidios.
 
Por otra parte, más de 25.000 gremialistas han sido despedidos, se ha expulsado de sus centros a 3.000 estudiantes, se han cerrado 4.000 sitios de internet, así como 30 periódicos y revistas. Y 17 periodistas han sufrido arresto; por cierto, dos de ellos han sido sentenciados a muerte. (Para mayor información, v. la nota de Amir Taheri "Domestic Terror in Iran", publicada en The Wall Street Journal el 6 de agosto).
 
A la luz de este escalofriante cuadro, la intención anunciada de Michael Dreyer, el músico-líder de Osnabrück, de dar un concierto en Teherán para mostrar que en Irán "hay lugar para la vida, más allá de la imagen habitualmente mostrada", luce morbosamente desubicada. No menos fuera de lugar, cabe acotar, resulta la liviana indiferencia con que los músicos alemanes tomaron las amenazas genocidas del régimen de los ayatolás contra los casi seis millones de judíos que viven en Israel.
 
Durante la Segunda Guerra Mundial, el obispo Berning de Osnabrück fue un simpatizante nazi que envió un ejemplar de un libro de su autoría a Hitler ("Como signo de mi veneración") y acabó siendo miembro del Consejo de Estado de Prusia por mediación del alto jerarca nazi Hermann Göring. Que ahora los sesenta músicos de la Orquesta Sinfónica de Osnabrück hayan tocado para un nuevo Hitler es un signo de lo poco que han cambiado algunas cosas en algunos lugares.
 
 
JULIÁN SCHVINDLERMAN, analista político argentino.
0
comentarios