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EEUU Y LA EXPANSIÓN DE LA DEMOCRACIA

Washington debe aprender de Roma

"Mi madre decía siempre que la democracia es la mejor de las venganzas" (Bilawal Bhutto Zardari, hijo de la difunta Benazir Bhutto). No puede haber una concepción de la democracia más errada que la que encierra esa frase: la democracia es un antídoto contra el tipo de venganza dinástica que sugiere en ella el joven Bhutto.

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Para los Bhutto, las elecciones son un medio para que la familia recupere el poder en Pakistán. Benazir estaba vengando siempre la muerte de su padre, el ex primer ministro Zulfikar Alí Bhutto, derrocado (1977) y posteriormente ahorcado (1979) por los militares. Bilawal, ahora, se ha comprometido a hacer lo mismo para vengar la muerte de su madre. El Partido Popular de Pakistán ha sido siempre patrimonio de los Bhutto, de ahí la precipitación casi impúdica con que se entregó el mando de la formación al viudo y al hijo de Benazir.
 
La democracia fue concebida como antítesis del feudalismo. La soberanía popular sustituiría al derecho divino, y las elecciones libres a la sucesiones dinásticas (tampoco los americanos han dominado este asunto por completo). Está claro que Bilawal pretende dar el mayor lustre posible al dictum de su madre. Él, como también hiciera ella, vengará el crimen político de un familiar no con la violencia, sino con las urnas. Aun así, su encumbramiento, inconfundiblemente aristocrático, choca con su confesa lealtad a los medios democráticos.
 
Su madre era igual que él. En más de una semblanza periodística ha sido descrita como "una demócrata que apelaba a lealtades feudales". Pues bien, una de las razones de que la democracia paquistaní sea tan precaria reside, precisamente, en que la suya sigue siendo en gran parte una sociedad feudal que se sirve de las formas democráticas.
 
Pero Pakistán no un caso excepcional. La misma semana en que la patria de los Bhutto estuvo a punto de saltar por los aires, unas controvertidas elecciones sumían a Kenia, una de las democracias africanas más estables, en un mar convulso de violencia tribal. 
 
Tales baños de sangre se producen en un contexto de derrotas menos espectaculares pero igualmente importantes del ideal democrático. Rusia transige cobardemente con el desmantelamiento de su democracia a cambio de un poco de aura de gran protencia y otro poco de petróleo, de cuyo reparto se encarga el zar Vladimir. China sigue cediendo, de manera aún más apática, la dirección de su economía, cada vez más incardinada en el mercado, y de su sociedad, en vías de modernización, a una dictadura leninista. ¿Cuántas décadas necesitaremos para reconocer, por fin, que el axioma de que la liberalización económica conduce a la liberalización política podría no ser tan... axiomático?
 
En los primeros comicios de la era post Arafat, los palestinos entregaron el poder a un grupo terrorista, y el Líbano, que encabezó la Primavera Árabe de 2005, contempla cómo los sirios matan a un miembro tras otro de su Parlamento para que los demócratas no puedan alcanzar el quorum que les permita elegir un presidente de su cuerda.
 
Estas derrotas, que están teniendo lugar treinta años después de la ola democratizadora que sacudió Latinoamérica, Europa Oriental, el Este de Asia y algunas zonas de África, plantean interrogantes que distan mucho de ser meramente retóricos: desafían la noción central de Bush de que la política exterior norteamericana debería sustentarse en intentar expandir la democracia.
 
Seis años después del 11-S, no hay aún una sola alternativa mínimamente viable a la Doctrina Bush para cambiar de manera definitiva la cultura de la que surge el yihadismo. Puede que sea necesario expandir la democracia, pero ¿puede hacerse? Claro que se puede, como pusieron de manifiesto nuestros éxitos a la hora de convertir Alemania, Japón y Corea del Sur en importantes aliados democráticos. Pero allí tuvimos la inusual ventaja de obtener un control casi total de la situación, fruto de una ocupación posbélica incontestada.
 
¿Qué se necesita cuando no se tiene tanto control sobre la situación? Pues, para empezer, mostrar un sano respeto por la fuerza del poder local y tener voluntad de adaptarse a las circunstancias. En Afganistán, eso significa aceptar una descentralización radical y el poder de los señores de la guerra. En Irak, dejar que el centralismo ceda el paso, al menos temporalmente, a un autonomismo provincial y tribal, como el mejor de los medios para erigir instituciones representativas eficaces. Y en Pakistán, aceptar la fuerte implantación de la política feudal y el papel preeminente del Ejército, la única institución nacional que funciona, como garante de la integridad del Estado, incluso (como sucede en otro país islámico laico, Turquía) si el precio es concederle una autoridad extraconstitucional. También significa aceptar la realidad de que no se puede prescindir de Pervez Musharraf, pese a lo dudoso de sus credenciales democráticas, porque su caída podría provocar el diluvio.
 
Corren tiempos difíciles para la democracia. Pero no hay razón para dejarla en la cuneta. Se trata de aceptar, guiados por la prudencia, la consolidación de variantes locales e imperfectas.
 
La Iglesia de Roma aprendió que la difusión de su credo exigía tolerar determinadas prácticas precristianas, muy útiles para reforzar la posición de la nueva fe y dotar a ésta de raíces locales. Para expandir la democracia necesitamos poner en práctica nuestra propia variante de sincretismo y aprender a no abandonar el terreno cuando nos las hemos de ver con variaciones regionales que no se corresponden con el ideal jeffersoniano.
 
 
© The Washington Post Writers Group
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