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ESTADOS UNIDOS

Yo sigo con McCain

Refractario como soy a seguir la corriente, he de comunicarles que votaré por John McCain. No voy a cargar aquí contra los sondeos o el consenso mediático, sino contra la yunta de conservadores veletas que prefieren abrazar a Barack Obama antes de quedarse a la intemperie durante los próximos cuatro años, sin una sola cena oficial que echarse a la boca.

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Me planto de todas todas ante la panda de conservadores de todo pelaje: neos como Ken Adelman, moderados como Colin Powell, congénitos-irónicos como Christopher Buckley, socialistas-ateos como Christopher Hitchens, que abandonan el barco al grito de: "¡Basta ya!". No formaré parte de esa cla variopinta. Me hundiré con John McCain. Prefiero perder unas elecciones a perder la compostura.

No quiero tener nada que ver con las componendas falsarias que se están evacuando para justificar el espaldarazo al aspirante a la Presidencia más progre e inexperto de la historia reciente. Reparemos, por ejemplo, en la vaina del temperamento "errático": como si el intento arriesgado y finalmente fracasado de McCain por abrirse paso a través del devastador tsunami económico hiciera inadecuado para el cargo a quien dio muestras del más admirable temple cuando, como prisionero de guerra, hubo de hacer frente a las inenarrables presiones de sus enemigos, a quien ha dado sobradas pruebas de sobreponerse a toda suerte de desafíos y reveses, como por ejemplo el derrumbe de su campaña hace apenas un año.

Lo de "McCain el errático" no es sino mercancía averiada de la Factoría Obama. Sus cuarenta años de trayectoria dan fe de todo lo contrario.

Tampoco voy a entrar en el jueguecito de la "campaña sucia". Aquí, el doble rasero empleado es abracadabrante. Obama difundió un anuncio en español, falso e infame, en el que se asociaba a McCain con el desprecio a los hispanos. Y en otro afirmó que el republicano quiere "recortar a la mitad las prestaciones de la Seguridad Social", lo cual es falso de toda falsedad. Ah, por cierto: los demócratas se han pasado meses insistiendo en que McCain pretendía que la guerra de Irak durase cien años.
 
Los críticos del senador por Arizona están enfadadísimos porque sacó a colación el caso William Ayers. Hombre, aquí lo asombroso es que las cosas de Ayers no indignaran al señor Obama.

Llegados a este punto, prestemos atención a la más notable de las tácticas desplegadas en esta campaña electoral: el ataque que jamás se produjo. Por un exceso innecesario de escrúpulos, McCain se negó a plantear el muy legítimo asunto de la más que notoria relación de Obama con reverendo racista Jeremiah Wright.

Campaña sucia, dicen. Sucísima.

La línea de defensa de McCain está más clara que el agua. La crisis financiera ha hecho que olvidemos lo peligroso que se ha puesto el mundo exterior, o incluso que neguemos que las cosas estén como están. Tenemos que hacer frente a una lucha contra el yihadismo que nos llevará generaciones. El apocalíptico Irán será bien pronto nuclear. El ya atómico Pakistán corre el riesgo de romperse en mil pedazos. Rusia vuelve por sus fueros y busca la revancha. Y seguro que en un momento u otro saltará el conflicto sorpresa, tipo Guerra de las Malvinas.

Barack Obama.¿Quién prefiere que coja el teléfono a las 3 de la mañana? ¿Un tipo que se ha querido poner las pilas sobre estas cuestiones en el último año, deprisa y corriendo, y que jamás ha tenido que tomar una decisión ejecutiva que afecte, ya no al mundo, sino a una simple ciudad? ¿Un novato en política exterior instintivamente inclinado al multilateralismo más huero y que se refiere al acto de guerra más deliberado que hemos padecido desde Pearl Harbor como "la tragedia del 11 de Septiembre", es decir, con una terminología más adecuada para aludir a un accidente de autobús? ¿O acaso prefiere que quien atienda la fatídica llamada sea el más serio y preparado y mejor informado experto en política exterior con que cuenta el Senado? Un hombre que no sólo tiene las mejores intenciones, sino que tiene el honor y el valor para, sí, poner al país en primer lugar, como cuando libró en solitario la batalla por el incremento de tropas, que hizo posible que en el escenario iraquí se pasara de hablar de derrota catastrófica a hacerlo de plausible victoria estratégica.

Simplemente, no hay color. El propio compañero de ticket de Obama acaba de advertir de que la juventud e inexperiencia del demócrata es una suerte de invitación a la crisis; una crisis que podría generarse, de hecho, para ponerle a prueba. ¿Puede usted ser serio en materia de seguridad nacional y votar el 4 de noviembre de tal manera que dé pie a semejante puesta a prueba?

¿Qué tal la superaría el candidato demócrata? Bien, veamos cómo le ha ido en las dos pruebas significativas de política exterior que ha tenido que afrontar desde que ocupa un escaño en el Senado. La primera fue el referido incremento de tropas. Obama fracasó espectacularmente. No sólo lo rechazó, sino que trató de denigrarlo, detenerlo y, finalmente, negar su éxito. La segunda prueba fue Georgia, y Obama respondió instintivamente con la equidistancia, con la equiparación moral, llamando a ambas partes a la contención. McCain, en cambio, no necesitó consultar a sus asesores para identificar inmediatamente al agresor.
 
La crisis económica actual, como todas las que en nuestra historia han sido, pasará. Pero los bárbaros seguirán ahí. ¿A quién prefiere ver en el parapeto? Yo lo tengo claro: al que sabe distinguir los lobos de los corderos.
 
 
© The Washington Post Writers Group
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