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Federico Jiménez Losantos
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Pocas veces lo simbólico y lo real han coincidido en la vida política española de forma más intensa, emotiva y significativa que en el homenaje tributado por el Presidente del Gobierno José María Aznar a la vigente Constitución Española en el solar primigenio de nuestras libertades, en la cuna de la nación española como sujeto político, el Oratorio de San Felipe Neri en Cádiz. A imagen y semejanza de la España cercada por Napoleón, que supo batirse a muerte mientras defendía la razón última de nuestra patria, que es la libertad de sus ciudadanos como acreedores a la inmensa heredad moral, cultural y política de España, hoy nuestra nación está cercada por napoleoncitos disfrazados de bolívares, por burócratas de medio pelo que quieren convertirse en caudillos de nómina, por enemigos de la libertad en España y de España como patria de nuestra libertad, que es lo que simboliza Cádiz.
 
Y pocas veces también un Presidente del Gobierno que se va del Poder voluntariamente, dejando para sus sucesores el legado de la más extraordinaria gestión económica desde 1812, que ha mejorado de forma casi milagrosa, sin precedentes en España ni paralelo en la Europa actual, las condiciones materiales de vida de sus compatriotas, se ha mostrado tan herido, tan preocupado, tan angustiado por la suerte de nuestra nación. Pocas veces, quizás nunca, ha planteado un líder político español de forma tan nítida la disyuntiva que en los años inmediatos debe afrontar nuestro país: la conservación de su unidad y la garantía de su libertad que hoy simboliza el régimen político constitucional o bien la disolución vagamente pactada y abocada a la balcanización sangrienta que propugnan los separatistas y respalda una izquierda infame, que, incapaz de ganar las elecciones, vuelve a tratar de destruir las instituciones. Como en 1917, 1934 y 1936.
 
Aznar tiene razón: de lo que se trata por parte de Ibarreche, Maragall, Zapatero y Llamazares es de cambiar el régimen, de dinamitar las instituciones representativas y el orden legal cuya legitimidad última radica en la nación española, en la voluntad  de todo el pueblo español, en su conjunto, en su dimensión colectiva y unitaria pero también en lo que tiene de albergue de cuarenta y dos millones de individuos, libres como españoles y españoles como libres. Aznar ha sido claro en Cádiz, como merecían el lugar y la situación, el pasado glorioso, el presente tremante y el futuro angustioso. Es bueno saber que Aznar se va dejando patente su preocupación de español, porque a todos los españoles de valía tendrá que apelar la nación en los borrascosos tiempos que se avecinan. Y es bueno saber que con el ciudadano Aznar seguirá contando España.
 

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