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Federico Jiménez Losantos

Unos Presupuestos con capucha y una oposición centrada en esperar

Gobierno y oposición, salvo Vox, han alumbrado unos presupuestos con capucha, hijos políticos de la ETA y Podemos y apadrinados por el PSOE.

Federico Jiménez Losantos
Gobierno y oposición, salvo Vox, han alumbrado unos presupuestos con capucha, hijos políticos de la ETA y Podemos y apadrinados por el PSOE.
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias presentan los PGE de 2021. | Moncloa

Semana a semana, día tras día, la dictadura comunista avanza en España. No puede ser ya una tiranía como las de Lenin, Stalin o Mao, con métodos rudimentarios de expolio y represión, sino al estilo de las de Rusia o China, basadas en una represión episódica pero implacable y en el tácito consentimiento de una mayoría a la que se garantiza tranquilidad y cierta prosperidad económica mientras no ponga en peligro ni discuta la dictadura del partido único y el control absoluto de la información, que incluye los movimientos, la acción y la opinión de todos los súbditos de la tiranía roja. El rojo, no se discute.

El comunismo del Siglo XXI

El comunismo, es decir, el socialismo real del siglo XXI no es una dictadura tecnocrática, adaptada a una sociedad de creciente inteligencia artificial como pretendieron Daniel Bell y sus discípulos pekineses, sino el culto al marxismo-leninismo como esa “religión práctica” que Bertrand Russell adivinó en su encuentro con Lenin y asemejó perspicazmente al islamismo. Es una ideología religioso-ambiental, difusa y profusa, pero que inspira todas las actividades genuinamente políticas: expresión, reunión y manifestación. Todas toleradas, no legalizadas, si no cuestionan al Estado, que en realidad es el Gobierno, que en realidad es el Partido Comunista.

Putin y Xi venden esta mercancía como necesaria para que sus países sean potencias universales. Tal vez, después de cuatro generaciones bajo el comunismo, lo sea temporalmente, pero, por si acaso, nadie puede dudar de su perennidad. Así los regímenes comunistas, relegitimados, presumen de ser más eficaces que las democracias en la lucha contra el covid-19, aunque Taiwán y Corea del Sur desmientan a Pekín y nadie haya imitado a la hija de Putin cuando se puso la vacuna rusa, ni Maduro y su cartel se pongan la cubana, lástima.

Pero, como en los años 30, están ganando de forma abrumadora la batalla de la propaganda. El totalitarismo leninista, disfrazado de coaching emocional se recupera del descrédito tras la visión de los escombros que dejó la caída del Muro de Berlín. Y en lo que llamábamos Occidente, el descrédito de la democracia liberal crece de tal modo que, a cambio de la cáscara de un comunitarismo sentimental, el huevo de la libertad, que es el fuero, la yema de la Ley, se desprecia porque engorda. La emocracia de Ayan Hirsi Ali usa los medios de la democracia para acabar con su razón de ser: la libertad individual. Nunca los medios han sido tan de masas. Nunca las masas han sido tan de medios. Nunca fueron tan mediatizadas y tan demediadas, tan aduladas y nulificadas, tan cultivadas y hacinadas, tan fotografiadas y archivadas en la nube de la nada. Nunca tanto sirvió de tan poco.

Unos presupuestos etarras, comunistas y kirchnerianos

España, siempre singular, no sigue la evolución habitual en las dictaduras de izquierdas, que tras tomar el poder por la fuerza se apropian de los que Gramsci, Althusser y otros llamaron “aparatos de Estado” o “superestructura”: la Justicia, la Educación o los medios de comunicación. Gramsci ya teorizó la conquista de la “hegemonía” como un paso alternativo al golpe de Estado leninista, sobre todo por la complejidad de las sociedades occidentales salvo que hubiera alguna “excepcionalidad” que acelerase o invirtiera los términos del proceso. El comunismo gramsciano seguía la tradición secular, a menudo masónica, de los maestros concebidos como apóstoles de la Ilustración, a los que rebautizó como “ingenieros de almas”. En el fondo, se trataba de extirpar la religión como molde ideológico, que, en el llamado “socialismo científico”, incluía también la “moral burguesa”. Desde Washington a Madrid, vivimos el apogeo de esa liquidación de una moral por imposición de otra, con una ferocidad sin precedentes en ninguna democracia.

La Izquierda, gramsciana antes de Gramsci, se hizo en la segunda parte del XIX con buena parte del control de la Educación, sobre todo a través de la Educación Pública que, según el modelo francés, no sólo era laica sino rabiosamente anticatólica. No obstante, el catolicismo siguió manteniendo o creando instituciones que mantenían la continuidad de la tradición del dogma y un alto nivel cultural. Los jesuitas fueron el símbolo de ese prestigio y del odio que suscitaba. Sin embargo, el carácter ultracatólico del carlismo, la influencia masónica en una institución tan liberal en España como el Ejército y el laicismo en la escuela, cuya versión superior fue la Institución Libre de Enseñanza, fueron arrinconando el prestigio popular de la religión y crearon en la derecha los famosos y perniciosos complejos ante la Izquierda que duran hasta hoy.

Aunque agravados en la Transición por el miedo de la derecha a ser tachada de franquista por los hijos de Lenin y de Negrín, que tiene delito, esos complejos eran visibles ya en la Restauración, sobre todo tras la crisis del 98 y el antipatriótico regeneracionismo de los nuevos sacerdotes, los intelectuales, que tanta responsabilidad tuvieron en el descrédito de lo nacional, unos coqueteando con el terrorismo y casi todos en la llegada de la II República, estúpidamente presentada como remedio para todos los males de España, y que en 1931 el monarquismo suicida les regaló. Ortega, el más importante, nunca hizo el balance moral de su responsabilidad en ese proceso. Tampoco Unamuno. Pero entonces había una altura intelectual desde la que caer. Ahora, ni eso. A la Agrupación al Servicio de la República, “la masa encefálica” de las Cortes republicanas, le suceden hoy bandas de descerebrados y una banda de descerebradores, los etarras, admitidos por los socialistas como una banda más.

Así las cosas, estas Cortes ilegítimamente cerradas por Gobierno y oposición, salvo Vox, han alumbrado unos presupuestos con capucha, hijos políticos de la ETA y Podemos y apadrinados por el PSOE. Para Domingo Soriano, son técnicamente argentinos, o, más precisamente, kirchnerianos. naturalmente, son una chapuza, como producto de incompetentes que aspiran a gastar lo que no se tiene y a no pagar lo que se debe. Toda la inversión real dependerá del dinero que llegue de la UE. Pero el efecto en la economía, al subir ferozmente los impuestos ante la mayor crisis económica de nuestra historia, será hundir por mucho tiempo, acaso para siempre, la empresa privada.

Quedarán, como en Argentina, las grandes empresas cotizadas, siempre al socaire del Gobierno, totalmente ecosostenibles y con puertas giratorias velocísimas, para fingir que se mantiene la propiedad, pero, en realidad, los propietarios serán cada vez menos y más pobres, los autónomos y pequeños empresarios irán desapareciendo, y el sector público e improductivo se irá convirtiendo en la ventanilla única de las nóminas de cada mes. Con menos propiedad y cercada por el Fisco, habrá menos autonomía personal y mucha menos libertad.

Inés votó con los encapuchados

Que un Gobierno socialcomunista que llegó al Poder con la moción de censura a Rajoy y gracias al apoyo de etarras, separatistas y golpistas, haga unos presupuestos para destruir la propiedad privada y el Estado es natural. Que un partido que se proclama liberal y aún se llama Ciudadanos vote lo mismo que los etarras, porque sólo a los etarras se les puede dar el pésame como hizo Sánchez por el suicidio en la cárcel de uno de los suyos, muestra el descerebramiento total de la oposición ante los descerebradores.

Inés Arrimadas, cuyas luces teóricas son todavía inferiores a las de Rivera aunque puede componer la figura y vender humo tanto como él, se inventó para la prensa bidenita o enajenada, un centro dizque liberal que se sitúa “entre los socialdemócratas del PSOE y los conservadores del PP”. La tercera fuerza nacional, Vox, ya no existe: la mató Casado en el discurso de Caín Berialejos. No sé en qué se basará ahora el poder territorial del PP y del propio partido de Arrimadas, ayer naranja y ahora ámbar, ese color del semáforo que invitaba a la prudencia pero que, con los nuevos y poderosos coches, invita sobre todo a la duda: a pasar o no pasar, a frenar o acelerar, a jugársela y, por audaz, pegársela; o que por cauto, te la peguen por detrás.

Lo peor del centrismo, aparte de la repelente superioridad moral que exhiben los ni-ni que habitan esa entelequia geométrica y que no son ni socialistas ni conservadores, ni radicales en un sentido ni en el otro, gente finísima, de más calidad que unos y que otros (dígase “hunos y hotros”) es que forzosamente polarizan la vida política, porque para que el centro sea necesario deben existir una derecha y una izquierda incapaces de coexistir. Eso contradice la lucha contra los males del bipartidismo que ayer vendían. El bipartidismo era malo porque no estaban ellos para evitar la corrupción, sobre todo la peor, la judicial, pero cuando se presentan los presupuestos del PSOE, la ETA y Podemos, Ciudadanos ha votado junto a ellos el no a las enmiendas a la totalidad. Y unos presupuestos con capucha hay que enmendarlos por completo, negarlos del todo, condenarlos en su totalidad.

Casado: tras el puñal, la espera

Creo que lo peor en esta deriva hacia el comunismo por la andrajosa senda kirchneriana es la espera, política a la que el PP se ha abonado por tres años. Ojalá al suicidio de Casado eligiendo luchar por el centro en vez de aliarse con la derecha no responda Abascal rompiendo los pactos con el PP y Cs. Si derriba la Junta de Andalucía, además de los andaluces, la gran víctima sería Vox, que en vez de heredar al PP, lo rescataría de su traición, igual que Casado rescató a Vox del error de la moción con su vil puñalada.

Pero la puñalada estaba lista antes de la moción, que sólo aceleró los plazos. El análisis detrás de esa traición personal y política es que no hay nada que hacer, o que el PP no debe hacer nada ante el Gobierno socialcomunista, etarra y golpista hasta las próximas elecciones. En esa espera basa su esperanza. Pasteleando jueces y rompiendo con Vox para acercarse a Bildu cree Casado que formará gobierno en tres años. Para entonces, no quedarán Gobierno, Estado, propiedad ni libertad. Y del PP, los escombros.

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