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DESDE LAS AULAS

Alumnos criminales

Volver al instituto vestido de negro, armado hasta los dientes, con una rabia extrema que sólo puede extinguirse con la vida de los otros. La mafia de las gabardinas y el clan de los abrigos negros. Fue el ejemplo del Instituto Columbine, en Denver, Colorado, EEUU, pero desde entonces se ha convertido en un fenómeno que cada vez se acerca más a nuestro país. Ya hay violencia en las aulas, miedo en los profesores. Sólo falta la chispa que empuje a uno de esos chicos descarriados a tomar los ropones negros, el abrigo largo, las armas de fuego y cumplida venganza de profesores y alumnos a los que culpa de su desgracia.

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Sucedió el 26 de abril de 2002 en Erfurt, Alemania, donde Robert Steinhäuser, de 19 años, regresó al colegio del que había sido expulsado por su mal comportamiento. Se vistió de negro en un cuarto de baño y salió con una pistola en la mano. Los pasillos se mancharon de sangre y todo empezó a oler a pólvora. Le bastaron unos minutos para que doce profesores, una secretaria, dos estudiantes y un policía fueran abatidos por sus disparos. La estratagema de un profesor logró encerrarlo en un aula, donde al verse atrapado, se suicidó. Nadie pudo hacer nada por Robert. Ya no era tiempo de hacer otra cosa que enterrar a los muertos y atender a los heridos.

Es casi seguro que en la corta biografía del alemán Steinhäuser, como en las de los norteamericanos Eric Harris y Dylan Klebold, que el 20 de abril de 1999 mataron a doce alumnos y a un profesor, además de herir a otras veintiséis personas, puede rastrearse su deriva hacia la violencia. Incluso puede aislarse el momento exacto en el que no encuentran otra salida que la venganza, el ajuste de cuentas, como si no quedara nada por hacer. Este estallido de violencia que se extiende y se repite supone un gran fracaso del sistema educativo, capaz de engendrar odio sin cuartel contra la escuela. No por ello hay que culpar a los profesores ni a los compañeros: simplemente la forma de hacer las cosas engendra estos monstruos descolgados, aislados, con aficiones desaforadas hacia los ropones negros, las armas de fuego y el exterminio de humanos.

El caso es que son sólo chicos jóvenes, desorientados, maleducados, abandonados a su suerte. El último ejemplo acaba de producirse al oeste de Alemania. Sebastián Bosse, de 18 años, entró el 20 de noviembre pasado, a las 9,28 de la mañana en la escuela secundaria de Emsdetten Hermanos Scholl y comenzó a disparar. Iba armado hasta los dientes, envuelto en su abrigo largo y negro. Llevaba dos escopetas con los cañones recortados, un cuchillo, explosivos pegados al cuerpo y una máscara antigás. Hirió a seis alumnos, una maestra embarazada, un conserje y otras treinta personas que resultaron intoxicadas por gases lacrimógenos que arrojó en los pasillos. Durante mucho tiempo se había entrenado con las armas, se había provisto del arsenal y reflejado en una página web sus propósitos. Quería despedirse del mundo, pero no sin antes castigar a los que hacía culpables de su desesperación. Sin que nadie pudiera advertirlo.

Sebastián Bosse tiene un padre que tuvo que ser ingresado  en el hospital con un fuerte ataque de ansiedad al saber el tipo de hijo que tenía. Una vez fracasado su intento de exterminar a medio colegio se suicidó de un disparo en la boca cuando llegaron las fuerzas policiales de élite, alarmadas por el precedente de Erfurt. Nadie había sido capaz de prevenir un ataque de esta naturaleza. Sin embargo él lo había escrito en Internet: “Os habéis burlado de mí. Os odio”. Quienes conocieron a Sebastián afirman que era introvertido, aficionado a los rituales satánicos y a las armas de fuego. En su página, algo muy personal y definitorio de cada individuo que se mete en este jardín de la tecnología, se le podía ver retratado con sus armas, vestido con traje de camuflaje y con ganas de venganza. ¿Qué le habían hecho en el colegio?

Seguramente ningún abogado podrá encontrar argumentos para defender la postura del agresor. Y mucho menos ahora que se ha hecho un agujero en el cerebro a través de la boca. Sin embargo los criminólogos deberían indagar, los sociólogos deberían sacar conclusiones, incluso los historiadores deberían contrastar las dos versiones de la realidad. Algo pasa en lugares donde no se detecta el crecimiento del monstruo. Un joven entra en las aulas y sale convertido en una máquina de matar, al que no le importa ni su propia vida, a cambio de que paguen todos los que considera responsables de su personalidad enfermiza. Son alumnos criminales. Empujados por acción u omisión al gran reto: “Adiós, humanidad”.

Ni después del Instituto Columbine, ni de tantos otros episodios en lugares lectivos, convertidos en escena de matanzas, se ha descubierto un responsable claro, salvo el agresor o agresores. Eric y Dylan se suicidaron, no sin antes dejar un amplio material para el estudio de personajes de su ralea, que surgen en el mundo civilizado, en medio de una apariencia de normalidad. En España se ha dado algún intento de extrema violencia en las aulas que se ha disuelto sin enfrentar sus causas. Lo que se suele hacer cuando no se tiene una respuesta clara es limpiar cuanto antes la escena del crimen. La policía alemana ha retirado la página web de Sebastián Bosse, donde se ponían de relieve contenidos violentos y un escrito de amenaza: “…quiero venganza. Todos debéis morir. Voy a poner fin a mi vida…pero antes, mi objetivo son los profesores, porque han ayudado a que me encuentre en la situación en la que estoy… Lo único que me han enseñado en la escuela es que soy un perdedor”.

Probablemente no tenía razón al culpar a los profesores, pero el hecho es que eran el objeto de su odio. Él creía tener suficiente motivo para odiarlos y para matarlos. Es posible que el tipo de enseñanza que se imparte haya convertido a profesores y alumnos en víctimas. Y si se trata de eso, comparando esta situación con la de España hay motivo para echarse a temblar.

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