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PANORÁMICAS

Cine de terror para morirte de aburrimiento o de risa

Determinados géneros tuvieron su momento de gloria para luego desaparecer, o casi. Así, el western o el cine de gángsters. Sin embargo, el género de la comedia y el del terror se mantienen mal que bien. Seguramente porque tanto la risa como el miedo son dos formas de liberación nerviosa que favorecen la catarsis de las tensiones diarias.

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El de terror es un género doblemente peculiar. No sólo anhelamos pasarlo mal, que nos obliguen a cerrar los ojos (la máxima paradoja para un arte visual como el cine), sino que con el paso del tiempo lo que produjo terror suele dejar paso a la indiferencia o, lo que es aún más extraño, a la risa. El Drácula de Lugosi o el Frankestein de Karloff permanecen, pero exclusivamente por sus cualidades poéticas, porque actualmente los monstruos por ellos encarnados nos inspiran más bien ternura, incluso simpatía, lo que es un horror para un género que se basa en hacer sentir horror. Y los chavales de hoy se desternillan viendo a la niña de El exorcista echar espumarajos por la boca.
 
El miedo es una sensación que fluye fácil en la oscuridad de la sala cinematográfica. Y nos da miedo la muerte, así como sus viejos secuaces: la sangre, los gritos, lo siniestro, las muecas espantosas, la incertidumbre. Pero parece que nos hemos ido vacunando a medida que aumentaban los litros de hemoglobina esparcidos. El placer del miedo es producido por las descargas de adrenalina, pero el umbral para sentir terror es cada vez más elevado.
 
Quizás por eso el último gran éxito de Hollywood respecto al cine de sangre y gritos ha sido Scream (y sus secuelas): una divertida combinación de comedia y asesinos en serie. Luego, ante el callejón sin salida en que se había introducido el cine de terror con la enésima entrega de Viernes 13 o Pesadilla en Elm Street, no tuvieron más remedio en EEUU que importar la dimensión gótica y esotérica que, proveniente de Asia, tuvo su muestra más representativa en The ring, película en la que los silencios redundaban como un eco mortífero en la mente del espectador mucho más eficientemente que el aparatoso griterío habitual.
 
Las películas que nos ocupan, aun recién estrenadas, tienen la fecha de caducidad superada. Tanto La casa de cera como La morada del miedo son refritos de viejas ideas que hace tiempo dejaron de dar resultado e incluso han sido parodiadas en algún capítulo de Los Simpson.
 
Detalle del cartel de LA MORADA DEL MIEDO.Ambas tienen un fundamento común: una casa que apesta a mala leche condensada. Chesterton, en El hombre que fue Jueves, habla de una torre cuya sola arquitectura es malvada. Pues en las dos películas reseñadas el protagonismo es compartido por la influencia maléfica de unos caserones embrujados por un espíritu de insania. Aunque no es lo mismo la triste y desgastada mansión de Smitiville en La morada del miedo que el delirante edificio modernista de La Casa de Cera, realizada ella misma como si fuese un panal.
 
La morada del miedo relata la llegada a un viejo caserón de una familia corriente y moliente, los Lutz. La casa es una ganga, pero tiene un pequeño inconveniente: el 13 de noviembre de 1974 la policía del condado de Suffolk recibió una urgente llamada telefónica para que acudieran cuanto antes al número 112 de la Avenida Ocean, en Amityville, Long Island. Al llegar a la casona colonial holandesa descubrieron que se acababa de cometer un crimen que conmocionó a todos los habitantes de la comunidad: una familia al completo, los DeFeo, había sido brutalmente asesinada mientras dormía.
 
En los días posteriores, Ronald DeFeo Jr. confesó haber disparado contra sus padres y sus cuatro hermanos con un rifle; dijo que había escuchado unas voces en la casa que le habían impulsado a cometer los terribles asesinatos.
 
Como el lector habrá imaginado, la historia de influencia maléfica volverá a repetirse. Cuando los Lutz se instalan las voces comienzan a susurrarle a George, el padre, que organice otra zapatiesta sangrienta, mientras que Chelsea, la hija menor, tiene como amiga imaginaria a una niña fantasma con un tiro en la cabeza. Demonios, sueños envenenados, alucinaciones, posesiones infernales... el único susto impresionante es cuando te das cuenta de que estás a punto de morir... de aburrimiento.
 
En La Casa de Cera, por el contrario, el espectador está cerca de morir... de risa. Enésima película de adolescentes asediados por unos asesinos en serie. En esta ocasión, un par de siameses con problemas de identidad y vocación artística. La trama se centra en un par de parejas y dos amigos que se van de fin de semana para ver un partido de fútbol. Al tomar un atajo por una carretera poco frecuentada toparán con Ambrose, un pueblo que no aparece ni en el GPS. Un indicio claro y evidente de que es mejor salir corriendo. Pero acampan y, tras ser saboteado su coche, van a Ambrose. En el poblacho se sienten atraídos por la principal atracción, la Casa de Cera de Trudy, que está llena de esculturas increíblemente realistas. ¿Demasiado realistas?
 
Se supone que pretende remedar el original de Vincent Price, Los crímenes del museo de cera, pero la simple comparación es un insulto para el clásico de 1953. Más cerca de La matanza de Texas, ni siquiera el gore (generosidad explosiva de vísceras y sangre) alcanza el mínimo necesario para provocar siquiera un amago de repulsión. A falta de sangre, chorrea (literalmente) la cera, concretamente veinte toneladas usadas para fabricar la Casa de Cera. Los efectos especiales del último tramo con la cera fundida son, si acaso, lo más remarcable, junto al único suspense gratificante: la incertidumbre sobre como acabarán de una vez por todas con Paris Hilton.
 
 
La Casa de Cera. Dirección: Jaume Collet-Serra. 113 min. Intérpretes: Elisha Cuthbert, Chad Murray, Paris Hilton, Brian Van Holt. Guión: Chad Hayes y Carey Hayes.
 
La morada del miedo. Dirección: Andrew Douglas. 89 min. Intérpretes: Ryan Reynolds, Melissa George, Jimmy Bennett. Guión: Scott Kosar, basado en el libro de Jay Anson.
 
Calificación de ambas: Peligro mortal.
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