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CRÓNICA NEGRA

Dioni: de cuando los ladrones eran gente honrada

Me llama Dioni, el del furgón; sí, hombre, ese segurata que, el 28 de julio de 1989, a eso de las 7 de la tarde, estando al volante de un blindado de la empresa de seguridad en la que trabajaba, y habiendo hecho bajar a sus compañeros con una argucia, se dio a la fuga con más de trescientos millones de pesetas.

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Dioni mereció una canción célebre de Sabina, "Con un par", la atención de la policía mundial y de Interpol y la dedicación de los agentes que le molieron a palos en Río de Janeiro, donde de todas formas disfrutó de mulatas, vinos y licores espirituosos.

Pensé enseguida: qué podrá querer de mí el reputado ladrón del furgón, a quien en Francia salió un imitador, si bien con menos salero, y llegué a la conclusión de que, sabedor de que me dedico al estudio del crimen, intentaría convencerme de que, dada la crisis que atravesamos, podríamos llevarnos limpiamente, como él aquella tarde, un furgón lleno de dinero. Confieso que me puse nervioso; porque, llegado el caso, ¿sería capaz de hacerlo? Como la criminología demuestra que el delito es cosa de la gente normal y corriente, y como soy un tipo normal y corriente, llegado el caso, ¿sería yo capaz de decirle al Dioni: "Adelante, Jalisco, no te rajes"?

Pero mi gozo en un pozo, descarga de adrenalina estropeada: resulta que el Dioni lo que quería es que le presentara un libro que ha escrito, Palabra de ladrón, que vende por internet con buena mano, no en vano le han nombrado "Padrino de los negocios online" en la feria Ecommretail Barcelona. Además, resulta que ha rodado un anuncio en el que se ve un furgón del que se caen unas bolsas de dinero: el Dioni va derechito hacia ellas y, cuando parece que se las va a apropiar, le dice al compi que ponga más atención, que se olvida la pasta. O sea, que no somos nada.

Dioni es un escritor que evoca los tiempos en que la pasaba repartiendo billetes, subiendo faldas, bajando escotes, saciando la sed de siglos del varón sietemachos que ha tenido la suerte de cumplir su sueño, si bien tras el mes de vicio siguieron siete de suplicio, como cantaba en su disco histórico, de cuando quiso ser cantante triunfante.

Tiene mérito el Dioni, que reconoce que robó aquellos millones, en un país donde los ladrones ni reconocen haber robado ni, claro, devuelven lo que afanaron. A él no le da corte decir en el fórum de la FNAC, en plena plaza de Callao, a cara descubierta, que con su hazaña no hizo daño a nadie, que se llevó un dinero que estaba asegurado, trescientos millones de pesetas que pagó la Unión y el Fénix, compañía que presidía por aquel entonces Mario Conde, al que por cierto tuvo de colega en Alcalá Meco. A Conde se le acusaba de haberse quedado con seiscientos millones, justo el doble de lo que afanó el Dioni. Ahora los dos andan en la radio, aunque en emisoras diferentes.

Una vez reconocido el pecado, Dioni es un buen tipo, abrumado por los miles de ladrones de la política, que roban más y peor que él, y además sin reconocer los hechos ni atreverse a contar por qué.

Bueno es que en esta época alguien nos alerte con su experiencia de que el delito no compensa: por mucho que aparente, y aparenta mucho –Brasil, las garotas y por ahí seguido–, no volvería a hacer lo mismo. Dioni es buen amigo de sus amigos, simpático, optimista, seguramente buen compañero de celda, generoso, y en su Palabra de ladrón (¿se imaginan una colección de testimonios de gente que está en o ha pasado por el trullo? Yo hice un agujero en el Banesto, Yo inventé el GAL, Yo dirigí la Guardia Civil y me lo llevé crudo...) cuenta lo que le pasó, aunque yo creo que no todo lo que le pasó: ¿acaso lo cuenta Winston Churchill en sus memorias, y eso que ocupan varios tomos?

Lo que el Dioni dice lo dice por experiencia, a veces gozosa y trémula, a veces soez y pánica. Irse a Brasil es el destino de todos los grandes sinvergüenzas, la gran fantasía exótica; irse allí y gastar dinero a manos llenas, en hoteles de lujo, champán francés y damas de compañía. Dioni lo ha hecho todo y lo cuenta con sinceridad, tiento y respeto, gustándose en su atrevimiento.

Si quieren saber lo que se siente cuando uno se convierte en millonario tras cometer un delito sin armas, violencia ni odio, no se lo pierdan. Dioni, con sesenta y un años, ya es bisabuelo: un viejo verde de cuando los ladrones eran gente honrada y robaban para vicios, que es lo suyo, sin ocultarse en el supuesto servicio a España o al partido. Palabra de ladrón.

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