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ES IMPRESCINDIBLE. PARA ELLOS

Dios guarde a ZP

Hay gente que no cambia. La realidad sí, constantemente. Franco murió hace treinta años, la URSS se extinguió hace cerca de veinte, los partidos comunistas de Occidente se borraron del mapa o se convirtieron en organizaciones mucosas verdirrojas ideales para tripartitos, pero Santiago Carrillo sigue ahí, detenido hace siete décadas. Ya pueden decir sus admiradores que no representa los noventa y hasta que aparenta veinte. Los tiene.

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Este caimán de dura piel fue tan obediente a los rusos que, por órdenes de Moscú, liquidó su propio partido. Lo explico: sabían bien los dirigentes soviéticos que se habían hecho cargo de entregarle el finiquito a Lenin que si tenían alguna oposición no iba a ser interior; en cambio, las reacciones de los pecés occidentales podían llegar a ser desagradables y molestas. Sobre todo, de los importantes: los que lo eran por número de afiliados, como el PCI o el PCF, o los que lo eran por valor simbólico; y en eso ninguno lo era más que el español. De modo que había que acabar con ellos al tiempo que se acababa con la URSS.
 
El trabajo lo hicieron los fieles, inventores del aparentemente discrepante eurocomunismo: Berlinguer y Carrillo a la cabeza. Cumplida su misión, el hombre comprendió que el nuevo amo era socialista y alemán, y el que estaba en eso era Felipe González, renuncia al marxismo incluida, de modo que había que irse al PSOE. De un régimen a otro, sin escalas.
 
Y ahí lo tenemos, apocalíptico, anunciando que lo que pretendemos quienes estamos en la oposición, así en conjunto, es asesinar al presidente de la sonrisa. Carrillo ha sido generosamente impreciso: "Quieren asesinar a Zapatero", dijo, usando un verbo sin sujeto. No ha tenido en cuenta que hubo una transición, y que antes de eso hubo 36 años de Franco. Casi nadie tiene por aquí muchas ganas de matar a nadie, y lo que se le reprocha a Zapatero es que se siente a jugar al mus precisamente con los que sí las tienen, pero no de matarlo a él, sino a algunos de nosotros.
 
Andreu Nin.Él sigue en 1936, o en 1939, quién sabe, preparando el asalto al poder o colaborando con Stalin y su siervo local Negrín. Entonces sí que se asesinaba. Y si un presidente o un diputado de la derecha se ponía pesado, a por él, la cosa se resolvía por el procedimiento A, como se lee en el telegrama de los camaradas a Moscú: "Asunto Nin resuelto por procedimiento A". Y si no se trataba de un presidente ni de un diputado ni de un ministro, pues al montón, estilo Paracuellos. A los noventa, Carrillo sigue pensando que la política es eso.
 
Carrillo no se lo ha quitado de encima y sigue pensando que todos son de su condición. Que somos de su condición, o de la su antiguo ex camarada Líster, que tenía una pistola que valía más que cualquier verso de Machado, según el entusiasta Machado, Antonio.
 
Pero no quiero enfangarme en la crítica al protomagnicida Carrillo, que está hecha y rehecha, sino en los temores que revela su extravagante afirmación y en la indiscutible finura del olfato político de un tipo que sobrevivió a casi todo, incluido el tabaco. Nadie va a asesinar a Zapatero, pero es una posibilidad que Carrillo teme. En una democracia normal y consolidada, esa posibilidad mantiene alerta a los servicios secretos, no a los viejos comunistas, y si se materializa pasan cosas políticas pero no se conmueve la estructura del sistema; piénsese en Kennedy: Johnson le sucedió a pesar del fantasma del atentado y de sus ramificaciones, y el sistema es tan poderoso que jamás se sabrá quién cometió el crimen. Pero, sobre todo, a nadie se le ocurrió pensar, y menos aún decir, que habían sido "los republicanos": unos años después, Nixon no cayó por el asesinato de JFK, sino por haberse opuesto al monopolio del acero y haber ido a visitar a Mao Zedong cuando todavía no tocaba: acaba de cerrarse el monopolio mundial del acero y ahora todo el mundo va a China como quien va a su pueblo.
 
Zapatero.Pero no estamos viviendo en una democracia normal ni consolidada. Supongo que los servicios secretos españoles cuidan al presidente, aunque no esté Clint Eastwood en la línea de fuego. Pero si llegaran a asesinarlo, como teme Carrillo, y lo teme tanto que ya ha encontrado a los culpables, se desmontaría el chiringuito del régimen psocionacionalista. Esto no es Hollywood, y un magnicidio es cosa seria: el tipo de la sonrisa que vive en la Moncloa es imprescindible. Para ellos. Porque, como se sabe, el cementerio está lleno de imprescindibles, pero en este caso la imprescindibilidad es real.
 
El único que sabe cómo y dónde están las cosas, qué se ha hablado y con quién, cuáles son las fechas en las que se darán qué pasos, es él. Estoy convencido de que ni siquiera Rasputín Rubalcaba conoce el reparto del juego. Y aunque él las conociera, no le serviría de nada porque no es un presidente de Gobierno viable en ningún caso. Se quedaría hablando de concetos y ojetos con Pepiño, atrincherado en Ferraz, mientras otro tomara el relevo.
 
El que cabalga sobre el tigre, como dijo con razón Pedro J., es Zapatero. Los demás se ocupan de partes: los dientes, la cola, las zarpas, pero no de todo el tigre. Intentan administrar la ferocidad del bicho para que no descabalgue al otro.
 
La política española ha alcanzado su mayor nivel de opacidad desde el conde Don Julián, que cabalgó a solas el tigre de Tarik y comenzó una guerra de ocho siglos. Si Rubalcaba no lo sabe todo, ¿qué sabemos usted o yo, pobres mortales rodeados de realidades nacionales desbocadas? Ni siquiera recordábamos, hasta que nos lo hizo presente Arzalluz hace cinco minutos, que el PNV podía dejar de acatar la Constitución que no contribuyó a aprobar; hasta habíamos olvidado que el brazo político de ETA no es Batasuna, sino el PNV: se llamaba plan Ibarreche, se llamará plan Guevara, pero es el texto que estará sobre la mesa de las negociaciones entre Zapatero y los encapuchados, que se doblegarán a hablar en español por esa única vez y sin que sirva de precedente.
 
Tiene razón Carrillo en temer por la vida de Zapatero. Deberíamos estar todos de rodillas, rezando a todos los santos para que le conserven en salud. Porque si él desaparece será el sálvese quien pueda. El tipo acaba de anunciar que con ETA sólo hablarán de política los representantes de la voluntad popular, es decir, él mismo, elegido por un Parlamento que, a estas alturas, representa la voluntad popular en la misma medida que el Parlament de Cataluña: 90% de diputados, 35% del censo, para aprobar un estatuto.
 
Con esa declaración, a la que Rajoy no ha sabido reaccionar, nos ha metido otro gol, y van...
 
 
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