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DRAGONES Y MAZMORRAS

Dos nombres para una misma infamia

Semana de luto por partida doble: primero, por el triunfo de Hamás, cuya Carta fundacional un voluntario que merece todo nuestro respeto y nuestro aplauso ha traducido por primera vez al español en su integridad menos integradora; segundo, porque durante esta semana se ha conmemorado/llorado en toda Europa, incluida España, la Shoah, sobrecogedor acontecimiento histórico, más conocido entre nosotros como el Holocausto.

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Aunque los argumentos para adoptar el primer término son muy convincentes (shoah es una palabra hebrea que significa tempestad, destrucción, desolación, y tiene ciertamente una gran carga simbólica), creo que, dada la escasa atención que se le ha prestado tradicionalmente en España, conviene seguir trabajando con el término "Holocausto" (con hache mayúscula), que tiene ya cierto poso, no sea que se nos distraigan las conciencias mostrencas y digan: "¡Ah! Eso no va con nosotros".
 
Pues bien, el Holocausto ha tenido un protagonismo merecido en el programa cultural de la semana, relegando cualquier otro acto a un segundo plano, y he de decir que no eran pocas las propuestas que se presentaban, algunas de ellas de manera simultánea a los actos que tenían como sujeto la Shoah. Por ejemplo, el martes 24, la presentación del libro de Peter N. Carroll La Odisea de la Brigada Abraham Lincoln. Los norteamericanos en la Guerra Civil española, en el Círculo de Bellas Artes, se solapaba con el coloquio que se celebraba en dicho centro, el mismo día y a la misma hora, titulado Los sefardíes en la Shoah, en el que intervenían, entre otros, el padre Patrick Desbois, secretario general de la Conferencia Episcopal francesa y responsable de las relaciones con el judaísmo, especialmente privilegiadas (como se dice ahora) por el Vaticano del Papa Ratzinger.
 
Algunos de los que ahí intervenían habían estado aquella misma mañana en el Instituto Francés de Madrid, en el seminario intensivo titulado '¿Enseñar el Holocausto?' –digo "intensivo" porque empezó a las nueve de la mañana y no terminó hasta casi las tres de la tarde, prácticamente sin interrupción–, y el día anterior, también en el CBA, en la presentación del libro de Georges Bensoussan Historia de la Shoah, publicado por la editorial Antrhopos.
 
Manuel Marín.De ambos actos les volveré a hablar más adelante, pues no quiero interrumpir la enumeración de eventos culturales que se sucedían de manera vertiginosa por todo Madrid, porque si bien el miércoles 25 hubo un respiro, en el que se coló la presentación –a cargo de Esperanza Aguirre– del libro El fraude del buenismo, publicado por la FAES, y cuyos autores son ya una garantía de rigor (Andrés Ollero, Xavier Pericay, Miquel Porta y Florentino Portero), al día siguiente el tema que nos interesa no conoció descanso, impidiendo a algunos asistir al homenaje a Leopoldo de Luis en el CBA, por mencionar un acto que me importa, pues por la mañana tenía lugar en el Congreso de los Diputados, en colaboración con la Federación de Comunidades Israelitas de España y de la Comunidad Judía de Madrid, el "Acto del Día Oficial de la Memoria del Holocausto y la Prevención de los Crímenes contra la Humanidad" (chapeau al presidente del Congreso, Manuel Marín, por reconocer su metedura de pata del año pasado con el asunto del impostor Enric Marco y pedir perdón a los ofendidos, que éramos todos, y por haber asumido que el Holocausto se refiere tan sólo a los judíos), y por la tarde los Reyes de España y el presidente R. Zapatero presidían un acto aún más solemne, aunque básicamente se repetía el mismo esquema que en el de la mañana, esta vez en el Paraninfo de la Universidad Complutense.
 
A este último, primero en su especie, no fui invitada, pero sí al de la mañana, que se celebraba por segundo año consecutivo; pero tan sólo a nivel nacional, porque, conviene recordarlo, la Comunidad de Madrid lleva conmemorando el Día del Holocausto desde hace ya algunos años, y supongo que ha sido esa apretada agenda que acabo de esbozar la que ha relegado al próximo 7 de febrero la ceremonia del que será ya sexto aniversario de conmemoraciones.
 
Lo digo porque parece que absolutamente nadie lo recuerda, y así tuve que hacerlo durante el coloquio con que se cerró seminario del Liceo Francés al que aludí más arriba; como también aproveché para poner en conocimiento de los ahí presentes otro aspecto en el que la Comunidad de Madrid es pionera: el de la enseñanza del Holocausto, con un seminario permanente de profesores para estudiar su aplicación, pues tanto la señora Mercedes Rico, directora general de Asuntos Religiosos, como Ana Salomón, embajadora especial para las relaciones con las organizaciones judías del Ministerio de Asuntos Exteriores, y el señor Tiana Ferrer, secretario general de Educación, anunciaron que estaba prevista la pronta incorporación del tema del Holocausto al currículo escolar.
 
De dicho seminario he de destacar la intervención de la señora Lore Klieber, que habló de la casa de la Conferencia de Wannsee, convertida ahora en lugar de conmemoración; de Pierre-Jerôme Biscarat, que nos habló de su experiencia en otro "lugar de conmemoración", la Maison d’Izieu, en Francia, aquella colonia próxima a Lyon, de donde fueron deportados, el 6 de abril de 1944, y posteriormente asesinados, los 44 niños judíos que estaban ahí refugiados, junto a los responsables del centro y sus educadores. Marcello Pezzeti, habló de la enseñanza del Holocausto en Italia, que conoce un nivel de indiferencia bastante parecido al caso español, aunque con menos motivos, ya que en Italia hubo leyes raciales, deportaciones de judíos y campos de tránsito que también son ahora "lugares de conmemoración" muy visitados.
 
En Italia, como en España, se prefiere poner más énfasis en los deportados y prisioneros comunistas de los campos de concentración nazis que en el Holocausto propiamente dicho, cosa que, como se ha estado diciendo toda la semana en todos los actos a los que he asistido, es totalmente diferente, porque una cosa es morir en los campos por inanición y otra ser exterminado fría y metódicamente, como se hizo sólo con los judíos y los gitanos.
 
Pero la intervención estelar la tuvo Richard Prasquier, miembro de la Fondation pour la Mémoire de la Shoah, que, por primera vez en todo el desarrollo del seminario –y él era el encargado de las conclusiones–, se refirió a lo aberrante que es comparar, por ejemplo, el episodio de Yenín con el Holocausto, como hace Mercedes Lezcano en el montaje del CBA Conversación con Primo Levi.
 
No fue el único que se refirió a esto último; en todas partes se oían quejas al respecto, como también durante la presentación del libro de Bensoussan, cuyo breve y esclarecedor texto fue también una referencia constante a lo largo del seminario.
 
Bensoussan, en su libro, establece de manera tajante la diferencia entre campo de exterminio y campo de concentración, entre matanzas de guerra y genocidio (de hecho, muchas víctimas judías fueron sacrificadas fuera de los campos). No hay que mezclar víctimas: los republicanos españoles no son víctimas del Holocausto, sino de la guerra. El solo hecho de que haya tantos testigos de los campos de concentración indica la diferencia.
 
Como dijo una de las asistentes al seminario, no es Jorge Semprún quien puede explicarnos el Holocausto. Es una lección de historia que parece que va calando, poco a poco.
 
 
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