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CRÓNICA NEGRA

El día que Vargas perdió la cabeza

En enero de 2009, el presunto capo del cartel de Caquetá Leónidas Vargas fue ingresado en la planta quinta del Doce de Octubre de Madrid, en Cardiología, con una arritmia. El mismo día, un tipo con una braga y una pistola repleta de munición se personó en la habitación, que compartía Leónidas con otro enfermo.

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"¿Es usted Vargas?", preguntó el sujeto al otro; y el otro, con un susto de muerte para uno que anda delicado del corazón, le dijo que no, que creía que Vargas era su compañero, que estaba durmiendo.

El pistolero se volvió y sin más coloquios disparó al durmiente hasta cinco veces en plena cara. El otro, el enfermo despierto, se desmayó en cuanto huyó el pistolero, y murió antes de poder prestar declaración.

El día en que el capo Vargas perdió la cabeza, en una secuencia digna de El Padrino, el Ministerio del Interior negó rotundamente que hubiera en nuestro país "bandas de sicarios que matan a la gente por dinero".

Hoy, el caso Vargas se ventila en un tribunal madrileño. Todo el mundo tiene claro que se juzga a uno de esos grupos inexistentes de sicarios que matan por dinero. El tipo de la braga está supuestamente sentado en el banquillo, junto con otros seis. Se maneja que debió de cobrar una cantidad de tres ceros por acabar con Vargas. Por supuesto, no es la primera vez que se juzga a un sicario.

Los lugares en los que trabajan los presuntos criminales se llaman oficinas de cobro, y toda organización de narcotraficantes tiene una. En el caso Vargas, primero recurrieron a una clásica, asentada; pero como no quiso hacerse cargo, tal vez porque no quería servir a dos señores a la vez, los del encargo tuvieron que tocar en otra puerta similar, una de gente que se acababa de instalar y estaba dispuesta a ganar prestigio enseguida y como sea.

De modo que les dijeron dónde estaba Vargas, con nombre falso o quizá con el suyo propio, el auténtico: lo único que es seguro es que no se llamaba Leónidas, como el de los Trescientos. Les pusieron un guía, que les llevó hasta la habitación por una propina, y el ejecutor disparó sin piedad, poniendo en marcha una operación de exterminio que días más tarde culminaría en Colombia, con el asesinato del hermano menor del asesinado en Madrid y de su novia, una reina de la belleza que hacía culebrones recauchutados. Antes, fueron torturados.

El narcotráfico es brutal en sus castigos porque pretende hacerse con el poder y eso únicamente lo puede lograr mediante el terror. En España, la cocaína fluye libremente, el cocainómano no está perseguido como lo está el fumador y las bandas se sienten bastante seguras. En cuanto a los sicarios, primero llegaban de fuera con billete de ida y vuelta, pero el aumento de la demanda les ha llevado a instalarse aquí. No les queda tiempo para ir a postrarse ante la Virgen de los Sicarios antes de quitarle la vida al sentenciado.

Al sicario le pones delante del objetivo, lo liquida y sale corriendo. El trabajo está hecho. La oficina cobra por él y luego le hace llegar su parte. Hasta el próximo encargo.

Queda claro que en España hay oficinas de cobro de este estilo, y se teme que sus empleados no sólo trabajen en nuestro territorio, sino en media Europa.

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