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PANORÁMICAS

Cine y catástrofe

A su pesar, el periodista ama las catástrofes. Del mismo modo que los vampiros, vive de la sangre ajena. Nada personal, sólo imperativos profesionales. No hay más que escuchar a Matías Prats hablando de su protagonismo mediático el 11-S.

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Los titulares sobre la guerra en Libia sólo han cedido al tsunami en Japón. Y las consecuencias del terremoto y de la gran ola han dejado paso rápidamente al desastre nuclear. Para a continuación retornar al Mediterráneo ante la inminencia de un ataque de la alianza internacional contra Gadafi. ¿El paraíso del periodista? El Egipto de las siete plagas, una detrás de otra, a cuál más fotogénica.

Al cine también le ponen los desastres, apoteosis de los efectos especiales. Ya lo decía Cecil B. De Mille: toda película debería de comenzar con un terremoto. Y de ahí para arriba hasta el clímax total, a ser posible con un improbable pero esperanzador happy end. James Cameron ha llevado la máxima apocalíptica a su definitiva expresión gracias a las tres dimensiones.

Pero no sólo de desastres vive el cine, sino que en ocasiones las películas han actuado como arte preventivo, advirtiendo, como en la más realista de las pesadillas, de lo que le espera a la humanidad si no atempera su hybris. Su función sería similar a la de los sueños: mantenernos vigilantes y entrenarnos para posibles amenazas. Un poco de paranoia es un buen antídoto contra el exceso de confianza.

Ronald Reagan.La vida que conocemos, a la que estamos acostumbrados, se puede disolver en cualquier momento como un azucarillo en aguardiente. Disolver o desintegrar. A Ronald Reagan le gustaba y le impresionaba mucho el cine de catástrofes, las películas en las que se producía un cambio brusco de estado en un sistema dinámico, lo cual alteraba gravemente el orden regular de las cosas, a peor... o a mejor, en función de si uno ve la botella medio llena o medio vacía. A Reagan le gustaba plantear el experimento mental de una amenaza alienígena como estímulo para que todos los pueblos del mundo abandonasen la guerra y sus amenazas. Y es que el señor presidente había hecho suyo el mensaje de Ultimátum a la Tierra, la película de Robert Wise en la que un inteligentísimo extraterrestre advertía a los humanos de que no fabricasen la bomba atómica con el argumento de que es mejor prevenir que curar... y la amenaza de que, si lo hacían, él y sus semejantes nos destruirían. El argumento no estaba mal, pero la amenaza era irrefutable (y, paradójicamente, un alegato a favor de la construcción de la bomba atómica, por aquello de la amenaza preventiva).

Las dos películas más determinantes sobre/contra la amenaza nuclear fueron El síndrome de China y El planeta de los simios. Lo de la primera fue impresionante, porque trataba la posibilidad de la fusión del núcleo de una central nuclear dos semanas antes de que tuviera lugar uno de los accidentes nucleares más famosos de la historia, el de Three Mile Island, en Pensilvania. La película actuó como efecto multiplicador del miedo que causó el incidente nuclear y determinó que durante años se prohibiese la construcción de nuevas centrales en los EEUU. Como irónicamente señalan los economistas Dubner y Levitt en su libro Freakonomics, Jane Fonda, la protagonista de la película, ha sido el ser humano que más ha contribuido al efecto invernadero por haber conseguido que el pánico irracional contra las centrales nucleares se extendiese. El efecto Jane Fonda denominan los economistas a las consecuencias horribles de lo que puede ser una acción guiada por las buenas intenciones pero ejecutada con ignorancia y superficialidad.

Lo de El planeta de los simios era más oblicuo, más sutil, más cinematográfico, pero igualmente efectivo. Porque solo al final, en uno de los finales más rotundos y bellos de la historia del cine, el indignado Charlton Heston y el sorpendido espectador comprendían que el planeta devastado que habían estado contemplando, esa pesadilla de un mundo dominado por monos, no estaba en otra galaxia, sino que Charlton y sus compadres habían vuelto, tras un periplo galáctico, a casa para encontrarse con las consecuencias de una devastación nuclear.

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Lo de Japón ha sido la catástrofe perfecta. Lo natural y lo artificial de la mano. ¿Hemos de temer más a la fuerza de los elementos o a los desvaríos de la ciencia? Por lo que se ve, no nos podemos fiar ni de la Madre Naturaleza ni de la Madrastra Tecnología. El pánico instintivo a las fuerzas de la naturaleza combinado con el miedo a las poderes prometeicos de la tecnología.

En cuanto al miedo que nos inspira la Naturaleza, a la que solemos deificar antropomórficamente como hacen los ecologistas y Walt Disney, y el desafío que ha supuesto desde siempre para nosotros, seres finitos que superamos dificultades infinitas, la película más extraordinaria es una que no se suele citar en las listas de las diez, las cincuenta o las cien mejores del género. Escondida entre catástrofes de películas como Armaggedon, Tsunami: el día después, Un pueblo llamado Dante's Peak, Volcano o 2012, la película de catástrofes emocionales y geológicas de Rossellini Stromboli es una obra maestra en la que la explosión de un volcán es el menor de los problemas de una estresada Ingrid Bergman, que prefiere enfrentarse a los ríos de lava del coloso siciliano antes que a las miradas asesinas y de desprecio de los catetos que la tienen esclavizada a sus prejuicios y su cerrazón mental. Stromboli es también la mejor película del cine de catástrofes porque es la única en la que el desastre es real: Rossellini y su equipo buscaron para rodar una isla con con un volcán en erupción. ¿Efectos especiales? El neorrealismo al poder.

En esa misma senda de contemplar un desastre natural como una metáfora existencialista han transitado los maestros clásicos John Ford y Andrei Tarkovski, en Huracán sobre la isla y Stalker, respectivamente. Y sus aventajados discípulos, el fordiano Eastwood en Más allá de la vida y el tarkovskiano Night Shyamalan en El incidente. La filosofía llega a la catástrofe, más allá del sensacionalismo y el espectáculo. Cuando un meteorito choca con la tierra, el director ruso hace caso omiso del ruido y la furia espectacular que hubiese propuesto el Hollywood más anodino para sumergirse en el reverso introspectivo del fin del mundo íntimo. Porque lo que estaría en peligro, como también subrayaron Ford, Eastwood y Night Shyamalan, no sería tanto la humanidad como especie sino el humanismo como elección vital. La auténtica y definitiva catástrofe no está ahí afuera, sino que reside en el interior del corazón humano, en sus debilidades y flaquezas.

Por supuesto, todas las películas mencionadas palidecen en estas circunstancias ante Godzilla. Japón bajo el terror del monstruo, que rodó Ishiro Honda en 1954. La radiación atómica creaba un cruce entre tiranosaurio rex y cucaracha que hacía resquebrajarse el país de nuestros desvelos. Así que cuando les digan que la central de Fukushima ya está fuera de riesgo y rebajen el nivel de peligrosidad de 5 a 1, no se fíen. Cuando el periodista despierte, Godzilla seguirá allí.

 

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