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NOVEDAD EDITORIAL

El fracaso de un cristiano. El otro Herrera Oria

Este libro no trata de un asunto religioso, tampoco teológico, sino de una sociedad que se determina por la exclusión. La cuestión del fracaso del ciudadano cristiano trasciende al propio mundo cristiano. Se trata del fracaso del ciudadano de España. Fracaso de los socialistas y comunistas, de los anarquistas y liberales, de los republicanos y monárquicos. Y, por supuesto, fracaso de los cristianos españoles.

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¿O es que acaso podemos ignorar que hay sectores actuales del cristianismo español que, aunque parecen rehuir todo tipo de exclusión ciudadana, pudieran acabar defendiéndola por su tendencia dogmática a la integración de quien no desea ser integrado?

No es, sin embargo, el integrismo religioso la tendencia intelectual dominante en la sociedad española, sino el totalitarismo ideológico y político que excluye al cristiano de la vida pública. De ahí que la obra política, ciudadana, del cristiano Ángel Herrera Oria sea aún actual. Vigente, en efecto, porque nadie mejor que Herrera estaría dispuesto hoy, en una época de doctrinarios y excluyentes, a rectificar sus posiciones. Herrera fue derrotado múltiples veces, casi vivió instalado en el fracaso, pero siempre se levantó. Propagó con sencillez que la pertenencia a la Iglesia Católica exige fidelidad a la nación, a la ciudadanía.

Este libro no es tanto una narración detallada de la vida de Herrera Oria, tan extraña crónica humana no estaba al alcance del autor, sino más bien un relato de las condiciones morales que imperaban en el mundo que le tocó vivir a este hombre. Es un ensayo para actualizar la vida de Herrera Oria y sus circunstancias a la luz de la política y el pensamiento, al fin, de la historia más reciente de España. El debate de fondo que actualiza este libro es la relación, durante el siglo veinte, entre el liberalismo español y la democracia cristiana, a partir de la perspectiva intelectual y política de Herrera Oria. Mostrar las contradicciones intelectuales y políticas de esas dos tradiciones por un lado, y sus repercusiones en la vida cultural y política por otro lado, son los dos grandes estros que sustentan este ensayo político-narrativo.

La primera pretensión de este libro es acercarnos al fracaso de un hombre importante del catolicismo español del siglo XX. La derrota, sin embargo, trasciende a su persona. Su entorno, lo que rodea a este personaje, es ininteligible sin su adversidad. Quienes fueron incapaces de comprenderlo también forman parte de su descalabro. La categoría de "fracaso" debe ser entendida no sólo de forma subjetiva sino histórica. Política. Esta aproximación a una figura relevante de la política española, mejor dicho, a un modo cristiano de hacer política en el siglo XX, es contemplada como una dimensión más de la historia reciente de España. Porque su tarea evangelizadora no sólo no renuncia a intervenir en el ámbito público-político, sino que halla en él un lugar privilegiado de actuación en el mundo, me interesa tanto su figura como la circunstancia histórico-social sobre la que pretende ejercer su influencia.

Ángel Herrera Oria.Ángel Herrera Oria nació en 1886, más o menos pertenece a la generación de Ortega, D'Ors y Pérez de Ayala. Pasó de abogado del Estado a periodista y después se hizo clérigo. En el año 40 fue ordenado sacerdote, en 1947 es nombrado obispo de Málaga y, en 1965, Pablo VI lo crea cardenal de la Iglesia Católica. Fundó una asociación, varios partidos políticos, y combatió el integrismo tanto como al anticlericalismo en los años veinte y treinta. Intentó modernizar a la Iglesia española (...). En su primera y larga etapa de seglar, fue uno de los principales impulsores del periodismo moderno y le dio continuidad a una empresa de 1900, a pesar de los impedimentos puestos por el régimen surgido de la Guerra Civil. Fue director de El Debate e impulsor del Ya. Se opuso al Alzamiento del 18 de julio. Fundó el Instituto Obrero, el Centro de Estudios Universitarios (el CEU), el Instituto Social León XIII, la Escuela de Periodismo de la Iglesia, colegios mayores y no sé cuántas otras fundaciones. Fundó y fundó, pero siempre a la manera teresiana, o sea, siempre estuvo a pie de obra y con puntualidad espartana. Fue un hombre de acción, un ejecutivo, dirían los tecnócratas. Fue uno de los inventores de la moderna Acción Católica. Según algunos, el intento más sensato por vincular cristianismo y modernidad en la España del siglo veinte. Presidió, entre 1909, fecha de su fundación, y 1935, la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, que "no es propiamente –según sus palabras– una rama de Acción Católica; pero no hay ninguna institución de Acción Católica que haya servido con más fidelidad a la Jerarquía que la Asociación de Propagandistas (...)".

La almendra política e intelectual de la vida de este hombre no era otra que la obediencia al poder constituido y la resistencia a las leyes injustas. He ahí la cara y la cruz de esa moneda política europea que muchos asocian al nombre de la democracia cristiana. Su fracaso en España dice mucho del fracaso de Herrera, pero, sobre todo, explica el fracaso más rotundo de la democracia española desde la Segunda República hasta nuestros días (...). La idea central de la vida y obra de Herrera fue crear buenos ciudadanos. La preocupación política estaba, pues, por encima de la social. Ésta no se entendía sin aquélla. La creación de ciudadanos ejemplares guiados por la divisa pro bono comuni, que figuró en el frontispicio editorial de su Escuela de Ciudadanía Cristiana, resumiría el legado de Ángel Herrera Oria para la posteridad (...).

Quiero insistir en esta introducción sobre lo decisivo que es para la cultura española contemporánea hacerse cargo de los reveses o descalabros de este personaje del catolicismo español. Más aún, quien logre entender hoy ese fracaso estará acercándose a uno de los enigmas de la España anticlerical y, sobre todo, totalitaria de nuestra época. Herrera, sí, hace política y, lejos de avergonzarse de esta tarea, considera que es una labor clave del cristiano en España. Herrera no se entretiene con beaterías. Va al centro del problema político de nuestra época: o se participa en la política o se renuncia a ella. Quien caiga en la segunda opción renuncia a la acción o, al menos, a una forma privilegiada de acción cristiana en el mundo. Herrera en ese asunto es algo más que un hombre que se adapta a su tiempo, incluso algo más que un hombre coherente con el momento histórico que le ha tocado vivir. Herrera es uno de los más avanzados protagonistas de su tiempo. Sin él no se entiende su tiempo. Herrera es un creador de historia.

Porque es un hombre de actualidad, intempestivamente actual, critica con rigor al cristiano de otros tiempos históricos pasados, inactuales, caídos en el descrédito. Para Herrera el cristianismo integrista de sacristía ha pasado definitivamente. Es menester salir a la calle, a lo público, a la política. El cristiano es un ser público o no es. En 1909 lo deja muy claro: "Cooperad a la acción social, cada uno en la medida de sus fuerzas, y luego acudid al campo político. Se lamentan los católicos, porque las leyes modernas son impías. Yo les diría a estos que se lamentan: ¿qué os pensáis, que los enemigos se habían de molestar y trabajar haciendo leyes a vuestro gusto y medida? Id a las urnas, arrebatadles los puestos que nos usurpan, y dejad de lamentaros. Si vosotros no fuisteis a las elecciones, si no acudisteis a la lucha, ¿por qué os lamentáis? Vuestra es la culpa. No tenéis derecho a quejaros". (...) Él no va poner en manos de los cristianos un rosario, "sino la papeleta del voto, para que los católicos vayan luego al Congreso a sostener las doctrinas de Cristo, que son las únicas verdaderas. Pero ir a las elecciones no es cosa de pocos días. Se necesita antes la debida preparación, crear centros electorales, buscar candidatos de prestigio, y emplear siempre las armas que nos enseñaron a manejar los demás, y si éstas eran antes ilegales, que las nuestras lo sean también". Las preocupaciones sociales, culturales e intelectuales son canalizadas a través de esta concepción política o quedan reducidas al fracaso de las buenas intenciones sin resultados efectivos (...).

Quien haya leído a Herrera, o quien haya observado alguna de sus fundaciones, percibirá fácilmente un algo, que hace a este personaje tan humano que, como decía Nietzsche, nos parece demasiado humano. Muchas cosas le fueron negadas a este hombre durante toda su vida, y otras tantas no le fueron reconocidas incluso después de muerto, pero hay algo en él que nadie le podrá quitar. Al principio cuesta verlo, pero basta abrir los ojos y mirar limpiamente las trayectorias vitales e intelectuales de este hombre para descubrirlo y reconocerlo como una constante en su vida. Es algo que pocos se atreven a darle nombre. Los rodeos para referirse al asunto son interminables: frustración de un proyecto, disensión con los poderosos, falsas interpretaciones, colaboracionista tanto de totalitarios izquierdistas como de caudillos derechistas, promotor de comunistas, vuelta al clericalismo medieval o un adelantado de su tiempo hispánico, falta de preocupación por sus primeros proyectos, ambigüedades, posibilismo, oportunismo, etcétera. Todas estas maneras de referirse a Herrera Oria ocultan algo evidente. Sus fracasos. Convergentes todos ellos en el Fracaso, escrito con mayúscula, de la modernidad cristiana en España. El ciudadano cristiano, el hombre inspirado por principios cristianos dispuesto a participar en el proceso público, sigue siendo juzgado con recelos y sospechas, especialmente en los ámbitos agnósticos y ateos, cuando da testimonio de su creencia. La derecha liberal y, a veces, creyente tampoco le concede mucho crédito y tiende a reducir la creencia cristiana a un ámbito íntimo y privado.

Ni los monárquicos ni los republicanos, ni los conservadores ni los liberales, ni la derecha ni la izquierda, vieron con buenos ojos la idea de Herrera. Ni antes ni después de la guerra, ni en el franquismo ni en la democracia, halló empatía cierta y segura la figura de Herrera. Menos aún encontró alojamiento ajustado en las instituciones públicas. El cristiano Herrera es visto, a veces, como un apestado en el proceso político. Siempre susceptible de ser manipulado. Pocos quieren reconocer que el cristiano actúa en el ámbito público inspirado, sin duda alguna, por el Evangelio, pero sometiéndose a todos los procedimientos de una sociedad organizada democráticamente. Sus pretensiones de alcanzar la vida eterna no están reñidas con alcanzar la verdad y el bien común en una sociedad democrática.

La resistencia a esta doctrina paulina entre los propios cristianos españoles no sólo hizo fracasar la unidad de acción de los católicos, sino que también los separó de sus autoridades eclesiásticas. El problema persiste. La falta de respeto por la actuación del cristiano en el mundo y, sobre todo, en la política ha llevado siempre a la Iglesia española a una peligrosa división. Si en el pasado, por poner un solo ejemplo, fue el Papa León XIII quien tuvo que escribir para España la carta Cum multa, recomendando a los católicos una unión más estrecha con el episcopado; hoy, por ejemplificarlo con la opinión de un intelectual católico, es el arzobispo Fernando Sebastián Aguilar quien reconoce que "la Iglesia española está profundamente dividida en grupos y tendencias que comprometen la unidad y dificultan grandemente la actuación de los cristianos en el mundo (...). Lo que se llama catolicismo a la carta es realmente la manifestación de una fe cristiana afectada por el predominio de la cultura vigente y el sometimiento a los intereses materiales y personales protegidos y favorecidos por la cultura y las instituciones dominantes". "Vivir en el mundo sin ser del mundo" es la solución que propone Sebastián a esos problemas del cristiano en la democracia actual.

Sin embargo, hoy como ayer, las elites intelectuales y políticas se resisten a respetar esa paradoja del ciudadano cristiano, del demócrata cristiano, de comienzos del siglo XXI en España. La falta de respeto por la vida del demócrata cristiano de hoy es un reflejo más, una "expresión" desafortunada, del fracaso de la idea fundamental herreriana: Dios, la idea del Dios cristiano, tiene un lugar público en el mundo. En cierto sentido, la historia de la España contemporánea es la historia de este fracaso, que quizá se haya extendido, hoy, por toda Europa, pues tampoco en los Tratados de la Unión, especialmente el sometido a referéndum para que pasara como Carta Magna Europea, Dios parece tener una ubicación determinada y precisa.

Integrismo y anticlericalismo fueron los dos cancerberos que tuvieron que rebasar una y otra vez las ideas, los proyectos, las instituciones y, en definitiva, la vida de Herrera. Quizá, por eso, podamos comprender que los primeros lo tilden de revolucionario y los segundos de reaccionario. Así es la España del dogma y el estigma: quien piensa, paga; quien media, es castigado; quien matiza, es olvidado. Mientras la idea fracasa, la fórmula tiene éxito. Así, la idea de democracia cristiana, o mejor, la acción del ciudadano cristiano en la política nunca fue respetada en la España del dogma secularizador. Esa falta de respeto por el ciudadano cristiano, en verdad, esa cruel conducta política, que saca del terreno de juego al ciudadano por ser cristiano, contrasta con el éxito de las consignas aún vigentes de los "cristianos por el socialismo" (...).

La preocupación por la vida pública, anterior incluso a su interés por resolver la cuestión social, es el fundamento moral e intelectual de toda la obra de Herrera (...). El ciudadano Herrera Oria, antes que el hombre religioso, siempre fue visto con sospecha. ¿Por qué estos recelos?, ¿por qué se desconfiaba de su capacidad de ejercer la ciudadanía en un país de tradiciones católicas? He hallado una explicación, aunque sospecho que ésta quizá no sea el absurdo, otros dirían oxímoron, menor de la historia reciente de España. Formularla es ya una provocación para quien divide la historia en un asunto de buenos y malos, izquierda y derecha, en fin, para quien nunca entenderá que Herrera siempre fue visto con prevención por unos y otros. En verdad, nunca fue aceptado por las izquierdas y las derechas, porque fue un moderno cristiano o, dicho con palabras de hoy, un demócrata cristiano (...).

La biografía de este personaje es, sin duda alguna, una de las principales causas morales y políticas de España, pero es menester reconocer que ha perdido, o peor, ha sido vencido por sus adversarios y enemigos, si es que sus seguidores quieren de verdad, sin fingimiento alguno, actualizar su mensaje. Su razón de ser ha fracasado en la historia política de la España contemporánea de modo parecido al fracaso del liberalismo de Ortega. Sin embargo, que no hayan triunfado ni uno ni otro en el terreno de la práctica, de lo concreto, no dice nada en contra, vuelvo a repetir, de esos principios, pensamientos y proyectos culturales, sino contra el salvajismo que impide la existencia de ciudadanos cristianos o ciudadanos liberales, respectivamente.

El fracaso de Herrera Oria es semejante, por lo tanto, al fracaso de Ortega y Gasset. Es, en verdad, la síntesis de liberales y cristianos el principal problema ideológico que deberá de resolver el PP, si quiere dar un contenido sensato a su programa político e ideológico. Dudo mucho de que los actuales dirigentes aborden el asunto, cuando ni siquiera son capaces de asumir con contundencia y efectividad los principios del llamado ciudadano cristiano, que está siendo expulsado por el Gobierno del espacio público con la saña propia de regímenes totalitarios (...).

Herrera murió en 1968, pero, en mi opinión, la Transición española hubiera sido inviable sin sus principios y sin las instituciones creadas por él. Fue, sin embargo, su último y efímero éxito, porque muy pronto todo se fue a pique, entre otros motivos por una ley electoral con listas cerradas y bloqueadas y un Estado de las Autonomías absurdo. Hoy, en verdad, España vive de las pocas luces que aún quedan encendidas de ese período iluminador de nuestra historia reciente. El poderío de los principios y la acción política que Herrera defendió aún siguen vigentes: fortaleza en los principios del ciudadano cristiano y flexibilidad en las formas de organización política, defensa sin límite de las libertades, empezando por la de conciencia, y diálogo permanente con todos los adversarios políticos.

Defensa, en fin, de la ciudadanía, de la posibilidad de crecer como ser humano en lo público, por encima de cualquier imposición de una casta política o intelectual, sigue siendo la idea firme de un ciudadano cristiano, de un ciudadano, que como el liberal sólo aspira a ser respetado como él mismo respeta a los demás. He ahí la principal razón para seguir ahondando en la causa de Herrera. Una forma estoica, española, de vivir. Por lo tanto, quien se acerque a Herrera aprenderá a hacer de la necesidad, como suele decir el sentido común, virtud. Vivirá con dignidad en el fracaso.


NOTA: Este texto está tomado del último libro de AGAPITO MAESTRE: EL FRACASO DE UN CRISTIANO. EL OTRO HERRERA ORIA, que acaba de publicar la editorial Tecnos.
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