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CRÓNICA NEGRA

El grafólogo caza al grafitero

Las fachadas de la ciudad se llenan de textos y firmas, se emborronan, ensucian y guarrean al ritmo de la inspiración de unos curiosos artistas que para sus amigos son geniales y para los propietarios de las casas y los muros en que pintan, simplemente unos guarros que no fastidian a sus padres y vecinos, sino al prójimo desconocido.

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Los grafiteros, a los que hace ya tiempo se les concedió graciosamente carnet de vanguardistas, convierten la vida de los usuarios del metro de Nueva York en un asco, y la residencia en las calles del Rastro madrileño y los barrios empobrecidos en una amarga experiencia donde ni siquiera puede disfrutarse de una reja recién pintada, una pared blanca o una fachada impoluta.

El daño que los grafiteros hacen a una ciudad es perfectamente mensurable: en Torrevieja, Alicante, el ayuntamiento lo tiene valorado en unos 300.000 euros anuales. Los pintores maniáticos embadurnan cualquier superficie, obligando a los peatones, viandantes y residentes a convivir con los engendros de sus cocos efervescentes.

Muchas veces, cuando uno pasa por un comercio recién abierto, cuyos dueños se han esmerado en elegir materiales que alegren el vecindario y le den prestancia, acaba envenenado por el disgusto de ver cómo los bárbaros del colorín no sólo no han respetado la propiedad privada, sino que han afeado, empobrecido, entristecido y ensuciado un rincón del barrio que comenzaba a perder la caspa.

Más de uno se deja llevar por la indignación, y lo más frecuente es escuchar al personal pedir que el que ha ensuciado la calle la limpie: que se capture a los bellacos autores de tanta fealdad y tanta estética impuesta y se les obligue a restituir la limpieza y el brillo donde lo hubo. A más de uno le gustaría sentarse a contemplar semejante espectáculo.

Dado que no valen pactos con semejantes intransigentes, y que no se conforman con los muros de los lugares derruidos o puestos a su disposición, no queda otra que capturarlos y exigirles la reparación del daño causado. Y eso han hecho, con inteligencia y originalidad, en la villa de Torrevieja, donde el concejal de atención urbana, Andrés Llorens, ha contratado a un perito grafólogo que ha sido capaz de identificar a los autores de las pintadas. En concreto, uno de estos genios incomprendidos por un sector de la población tendrá que apoquinar 12.000 eurazos para reparar los destrozos que ha causado.

Personalmente, me gusta esta forma de indagar en el vandalismo urbano. Son dos artistas persiguiéndose: uno, a solas con la tiranía de la inspiración; el otro, al servicio de la ley. El grafólogo, del que soy gran admirador y es premio Matilde Ras del Instituto de Psicografología, lleva en su mano la placa de sheriff. Su conocimiento le permite atribuir los trazos a una misma persona y, yendo más allá, hallar el estado de ánimo y el carácter del elemento en cuestión; incluso puede averiguar si ha consumido sustancias psicotrópicas.

En la película Los santos inocentes, basada en la obra homónima de Miguel Delibes, hay una escena en que el señorito Juan Diego, que da de comer a un ministro en su rica mesa, llama a los criados, Alfredo Landa y su esposa, a los que pide que escriban sus nombres. Hay que fijarse en cómo Landa traza su nombre de pila con un esfuerzo que empieza en el talón y le ocupa toda el alma. Mientras, el odiado señorito le jalea: "Esto es educación, ministro, para que luego digan. Aquí, además de dar trabajo, educamos".

En realidad, todos ponemos el mismo empeño en escribir a mano; aunque hayamos dulcificado las formas, nuestro carácter y sentimiento quedan sobre el papel. Por eso, siempre que estoy con mis amigos del Ipsigrap (Instituto de Psicografología y Peritación) y tengo que escribir, tapo los renglones con la izquierda y soy capaz de comerme el papel antes de abandonar mis pensamientos palpitantes sobre la mesa, como un mal graffiti.
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