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PANORÁMICAS

El mercader de Venecia: antisemitismo, pero menos

Es famosa la advertencia de Harold Bloom: “Tendría uno que ser ciego, sordo y tonto para no reconocer que la grandiosa y equívoca comedia El mercader de Venecia es sin embargo una obra profundamente antisemita”. Bloom no se hace ilusiones sobre el propósito de esta sorprendente comedia, aunque se guarda mucho de endosar al elusivo Shakespeare la mancha del odio a los hebreos.

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También sostiene que "el Holocausto hizo y hace irrepresentable El mercader de Venecia, por lo menos en lo que parecen ser sus propios términos". Vuelve a tener razón el crítico literario judío, así que cualquier director que quiera ponerla en escena debe hacer una reflexión acerca de cómo variarla a partir de la intención original sin llegar a traicionarla del todo.
 
El mercader de Venecia cuenta la historia cruzada de diversas pasiones. Por un lado, el mercader cristiano Antonio (Jeremy Irons) y el usurero judío Shylock (Al Pacino), unidos por un odio fraternal. Por otro, la bella e inteligente Porcia (Lynn Collins) y el galante y gentil Basanio (Joseph Fiennes), destinados el uno al otro por el amor aunque separados por un enigma. Además, otras relaciones no menos peligrosas: el íntimo, muy íntimo, afecto entre Antonio y Basanio; o la traición filial que sufre Shylock ("¡Oh mis ducados, oh mi hija, oh mis ducados!").
 
La primera impresión es que parecen dos tramas completamente diferentes, en grado y naturaleza, dentro de una misma obra. ¿Qué tiene que ver la chispeante comedia que transcurre en Belmont con la sombría tragedia que se precipita sobre Venecia? ¿Por qué mezcla Shakespeare la ingeniosa adivinanza de las cajas de diferentes materiales y mensajes con el suspense del juicio por la libra de carne? En realidad, Shakespeare construye un juego de espejos en el que los reflejos de una situación inciden en la siguiente. El egoísmo y la soberbia impiden a los pretendientes de Porcia adivinar cuál es la caja que les permitiría desposarla; el mismo egoísmo e idéntica soberbia que alimentarán el ciego ansia de venganza en Shylock y le llevará al desastre. En ambas situaciones, la comedia y la tragedia, es la generosidad que se atribuye a los cristianos la que abre la puerta de la justicia y el premio final: la boda con Porcia, la vida de Antonio.
 
Nada es lo que parece en la comedia más negra que se haya escrito. Y Radford, hasta ahora un mediocre director, es capaz de llevar las aguas de Shakespeare a su molino, realizando una película efectiva, con un trasfondo más sutil de lo que pudiera parecer a simple vista. Porque aunque es cierto que ésta es una obra antisemita, nada impide que se pueda convertir también en una obra anticristiana, en un tránsito hacia una más digerible equidistancia. Recordemos sucintamente la trama: la Venecia renacentista es una ciudad-estado tan antisemita como cualquier otra de Europa, aunque respeta más las leyes, por interés comercial, lo que sirve de parapeto a los judíos respecto a las agresiones de los cristianos pero no evita su odio y sus insultos.
 
Jeremy Irons y Joseph Fiennes.La película se abre con un monje vociferante por los canales venecianos mientras el portador de una caperuza roja (el equivalente de la estrella amarilla nazi) es arrojado desde un puente. A continuación el mercader cristiano Antonio responde con un salivazo al saludo del usurero judío Shylock. Las cartas están repartidas y comienza el juego de la venganza. Mientras tanto Basanio, el amigo de Antonio (una generación de shakespeareanos se negó a ver la relación homoerótica entre ambos, una de las claves de la melancolía de Antonio), acude a Shylock para solicitarle un préstamo de tres mil ducados (dinero que se convertirá a partir de la obra de Shakespeare en la segunda cantidad de dinero que marcará la idiosincrasia judía en el inconsciente colectivo europeo, tras las treinta monedas de plata, y que llevará a un dolorido Bloom a desear que esta obra jamás se hubiera escrito).
 
Antonio será el garante del reintegro del préstamo, si bien Shylock pide un extraño aval: si no se devuelve la cantidad prestada en la fecha convenida, Shylock podrá cortar una libra de carne de la parte del cuerpo de Antonio que prefiera. Hecho el trato, Basanio se dirige a Belmont, hogar de la bella e inteligente Porcia, para intentar casarse con ella. Antes tendrá que resolver el enigma dejado por el padre de la doncella: en cuál de tres cajas –plata, oro y plomo– se encuentra el retrato de Porcia.
 
Radford ha cambiado de manera importante pero no sustancial la obra original, rebajando con agua de lo políticamente correcto el vino del antisemitismo con que Shakespeare presentaba al judío. Porque Shylock es "el judío", a diferencia de Macbeth, que no era en ningún momento un paradigma de "el escocés", como tampoco Otelo se convertía en la personificación de "el moro". La mejor descripción del personaje es la dada por uno de los personajes del también judío Philip Roth en la novela Operación Shylock: "Aquel judío brutal, repelente y villano, retorcido por el odio y la venganza (que) había pasado a convertirse en nuestro doppelganger, nuestro doble, ante la ilustrada conciencia Occidente".
 
Si en la obra shakespeareana Shylock aparece por primera vez susurrando de forma malvada "tres mil ducados", en la versión de Radford su primera aparición es como víctima inocente del escupitajo de Antonio. Si en el espíritu de Shakespeare está que el judío sea un bufón repugnante del que poder reírse impunemente, en la película llega a tener casi el aura del héroe. La exigencia de una sentencia según los parámetros del diente por diente es bárbara, cierto, pero no le falta cierta razón en su demanda de injusta justicia, y Al Pacino no puede evitar, a pesar de su brillante y contenida actuación, transmitir al personaje siniestro su glamour personal.
 
Y es que Radford no es tan ingenuo como para pretender eliminar de raíz el antisemitismo de la obra. Tampoco es que pretenda simplemente equilibrarlo con cierto anticristianismo, con la puesta en evidencia de la hipocresía e incoherencia de los que dicen defender el espíritu de la piedad. Su ambición va más allá, ya que pretende comprometer a Shakespeare realizando una película de coyuntura política: "El mercader de Venecia lo veo como una obra que no habla exclusivamente acerca de los judíos y los venecianos. Así se puede usar la época del Renacimiento para referirnos a la situación actual: dos culturas que no entienden sus respectivas culturas y creencias. Creo que en el fondo es una película que habla de algo más que la controversia entre judíos y cristianos. Habla de eso, pero el texto va más allá. Esperemos que el público comprenda lo que queremos decir".
 
Afortunadamente, no creemos que el público llegue a enterarse de las intenciones de Radford, porque éste es incapaz de explicarse, y aunque su intención puede ser loable hubiese supuesto una adulteración ilegítima. Shakespeare realiza una obra antisemita, pero su genio no se limita a fabricar una caricatura, que también, sino que la dota de una densidad existencial que termina por imponerse a los demás personajes. Shylock es juzgado, y muy duramente, pero también juzga. Es odiado, pero al tiempo que la intensidad de su odio le hace traspasar la pantalla con mayor nitidez hasta alcanzar ese estatuto de realidad que sólo el autor inglés era capaz de establecer.
 
Frente a la grandeza de la invención de lo humano de Shakespeare, el objetivo coyuntural de Radford: instrumentalizar la obra al servicio de sentimientos bienintencionados, queda reducido a la nada. Es tal su impotencia cinematográfica que la obra de Shakespeare, a pesar de las mutilaciones y las tergiversaciones a que es sometida (como el falso final feliz, en el que la hija renegada del judío acaricia un anillo de gran valor simbólico), puede ser disfrutada, si no en su integridad primigenia, al menos sí de la manera más aproximada posible en estos tiempos, en los que la censura de lo políticamente correcto se impone de forma sibilina y silenciosa a los valores estéticos.
 
 
El mercader de Venecia (GB-Italia-Luxemburgo, 2005; 127 minutos). Dirección y guión: Michael Radford. Intérpretes: Al Pacino, Jeremy Irons, Joseph Fiennes, Lynn Collins. Calificación: Para deleite de shakespeareanos (7/10).
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