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PANORÁMICAS

El público tonto de Perdidos

(¡Atención, puede contener detalles de la trama!) Kaka de Luxe fue uno de los grupos fundamentales de la movida madrileña, en los años 80. Su tema estrella era "¡Qué público más tonto tengo!". Algo así habrán pensado los creadores de la serie televisiva Perdidos (Lost) ante las reacciones negativas que mayoritariamente ha suscitado el broche de bisutería barata con que han cerrado las seis temporadas.

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"Fraude" y "estafa" han sido dos términos que se han repetido profusamente en los foros de internet en que los losties, los fans de la serie, han estado elucubrando durante años sobre la isla más misteriosa desde los tiempos de Julio Verne y su capitán Nemo.

En las mejores series de los últimos años: Los Soprano, The Wire, El Ala Oeste de la Casa Blanca, los finales han estado a la altura de las circunstancias. La salida más airosa para series que han conseguido que sus protagonistas sean considerados por la audiencia unos más de la familia pasa por un final ambiguo, que deje la puerta abierta a posibles continuaciones y, sobre todo, a la imaginación del espectador. Un final cerrado, como el asesinato de Sherlock Holmes a manos de su creador, Conan Doyle, puede dar lugar a patéticas explicaciones rectificatorias de lo que parecía definitivo.

Volvamos a Perdidos: que el final no iba a poder cerrar todos los flecos resultaba tan obvio, que produce vergüenza ajena el analfabetismo audiovisual o la ingenuidad conceptual de un rebaño de seguidores incapaces de comprender el sentido y la dinámica de una trama delirante que hacía de los sinsentidos, los osos polares sacados de las chisteras y la huida hacia delante argumental los ejes de una serie construida como un cajón de-sastre. Quien no supiese verlo ya desde la segunda temporada, que se abone a los Teletubbies o a Pocoyo, porque lo suyo no son las series contemporáneas, en las que, desde Twin Peaks, importa mucho más el cómo que el qué y el por qué.

Richard Price, el guionista de The Wire, puso negro sobre blanco lo que era una evidencia trivial para cualquiera menos para los entregados a la serie como un sustitutivo de la religión:
Sus guionistas están locos y ya no saben qué hacer (...) yo podría escribir esos guiones dormido y con las manos esposadas a la espalda.
En realidad, el método de escritura de los guiones de Perdidos consistía en meter en una habitación a doce monos borrachos para que tecleasen en un ordenador a ver qué salía. La probabilidad de que fuese El rey Lear era muy baja, pero, con un poco de corrección posterior, todos los imposibles lógicos, los inverosímiles giros de guión, la conspiranoia, las alusiones alienígenas, oníricas y surrealistas terminaban configurando el caleidoscopio demencial en que consistía cada capítulo de la serie. Para variar, podrían haber introducido de vez en cuando algo de rigor, aunque fuera mortis. Pero a la altura de la tercera temporada, cuando se podría quizás haber conducido la trama con algún viso de inteligibilidad, la cosa se les había ido de las manos, y un público enfervorizado pedía delirantemente otro salto mortal, otra dosis alucinatoria, otro chute de suspense...

En uno de los últimos capítulos se enfrentan los dos personajes destacados de esta obra coral, Jack y Humo Negro, un espíritu maligno que ha poseído el cuerpo de un tal John Locke. Jack le pide que le explique por qué eligió a Locke para la encarnación post-mortem, y la respuesta de éste se puede aplicar a los losties:
Porque fue lo suficientemente estúpido para creer que fue traído aquí por alguna razón. Porque siguió creyendo eso hasta que consiguió que lo matasen.
Decía Jean Cocteau que cuando una película no tiene intriga, cuando nadie sabe si va a comenzar con un hombre o una mujer y si terminará con el hombre matando a la mujer o viceversa, cada imagen debe ser fundamental. A pesar de las apariencias, en Perdidos lo que menos importaba era precisamente la intriga, el suspense por la pretendida y escondida relación causal entre los diversos acontecimientos, sino la incertidumbre por la excentricidad en la arbitrariedad, por la grandeza en el amontonamiento de barbaridades en lo que debiera haber sido una broma morrocotuda sobre las series que lo basan todo en una supuesta lógica escondida. Perdidos hubiera sido definitivamente grande si hubiera apostado a muerte por el suspense, sin la más mínima esperanza de resolución. En lugar de eso lidera, eso sí, el pelotón de los entretenimientos mediocres para adolescentes ávidos de filosofía barata. Le siguen en el pelotón Héroes, Buffy Cazavampiros, True Blood y Anatomía de Grey.

Sólo desde el prisma que proponemos, y que emparenta Perdidos con El año pasado en Marienbad o El ángel exterminador, tiene gracia la serie. Tampoco mucha. En lugar de la habilidad en la escritura automática y la lógica secreta de lo onírico que empleaban Alain Resnais y Luis Buñuel, los creadores de Perdidos acumulaban arbitrariamente sucesos regidos por el azar pero sin rastro de necesidad. En el celebérrimo final de El ángel exterminador, un rebaño de ovejas avanza en zigzag mientras la policía reprime manifestaciones y la banda sonora mezcla campanadas y balazos antes de aparecer el letrero de "Fin". Evidentemente, a nadie con dos dedos de frente se le ocurriría protestar, porque Buñuel no se dignaba explicar lo sucedido, ya que la referencia al significado de lo que hemos visto se ofrecía gozosamente abierto a la imaginación simbólica, alegórica o surrealista del espectador.

De este modo, y contra los ingenuos seguidores de Perdidos que se han sentido contrariados porque al final no se han cerrado todos y cada uno de los misterios que a lo largo de los años la serie ha ido planteando, de manera tan confusa como una greguería de Heidegger y tan histriónica como un culebrón venezolano, lo que habría que recriminar a los guionistas es que no se hayan decidido por no explicar absolutamente nada y planteado un coitus interruptus argumental como el de Los Soprano, o por llevar el delirio de la conjura a sus últimas consecuencias, por ejemplo, estrellando un nuevo avión... para que otros supervivientes se sumaran a los ya existentes, en un bucle infinito. Cualquier cosa menos este querer y no poder de un limbo en el que ya no cree ni la Iglesia Católica.


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