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UN VIAJE POR LAS HURDES

El señor Eusebio

El viajero dedica la tercera jornada a adentrarse en el corazón de la comarca: Martilandrán, La Fragosa y El Gasco. El paisaje habitual, de valles estrechos entre montañas, se vuelve más agreste. Rumor de agua saltando, cultivos en terraza. Las jaras están en flor, salpicando de motas blancas las pendientes. El intenso olor de su resina, del pino y de mil flores más llena de alegría al habituado, si ello es posible, a los hedores cotidianos de la gran ciudad. A ratos llueve mansamente.

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En medio de la carretera, una pintada: "Los socialistas son unos catetos". La última palabra ha sido tachada y sustituida, en letras más grandes, por "hombres". Hay también un letrero más agresivo: "Fascistas, ladrones, perderéis las elecciones".
 
Viene un chiquillo montado en un burro.
 
– Oye, chaval, ¿sabes si esos árboles de allá enfrente son castaños?
– Sí, señor.
– Se ven muchos. ¿Los tienen para madera?
– No, señor, para las castañas.
 
Pasa un grupo numeroso de críos, mujeres y hombres ocupando lo ancho de la carretera. Van rodeados de cabras, dos o tres mulas y algunos burros. ¡Una estampa sin edad! Luego, una mujer con tres niños y con una azada al hombro.
 
– ¿De qué son aquellas parcelas?
– Patatas, maíz, cebollas…
 
También se aprecian coles. Higueras, cerezos, alguna que otra parra crecen al buen tuntún. Olivos aislados.
 
Un castaño.– ¿Son jóvenes los castaños?
– Uy, llevan ya muchos años. Antes había muchísimos, pero se fueron secando. Tuvieron una enfermedad y murieron la mayor parte. ¿Con la madera? Nada, aquí no tiene salida ninguna.
– La vida es difícil, ¿eh?
– Pues sí, señor, más de lo que parece. El que viene y la ve desde fuera no se lo figura.
– Pero algo habrá mejorado.
– Algo sí, pero poco, ¿sabe usted? Ya lo ve, aquí no hay nada. Cuatro tierras al lado del río. Muchos hombres, claro, se marchan, y las mujeres tenemos también que ir al campo.
 
El marido de la señora trabaja en la central nuclear de Trillo.
 
Allá abajo se ha derrumbado el muro de una terraza, y la tierra pardusca se ha desparramado al borde del agua. Una familia contempla el desaguisado, y el que debe de ser el padre empieza a colocar las piedras en su sitio, como sin muchas ganas.
 
Una anciana pequeñita, flaca, arrugada como un higo seco, nerviosa y expresiva, indica por señas al viajero que –cree éste entender– se ha caído un coche por el barranco y hay muertos y heridos. No queda claro si se refiere a algo del momento o a un suceso pasado. Ella es muda, y probablemente sorda.
 
Los pueblos de Martilandrán y La Fragosa quedan pegados uno al otro, y ambos al monte que se precipita sobre el río. Queda un núcleo considerable de casas antiguas, arracimadas, con sus negros tejados de pizarra. En lo alto, un edificio grande, donde las monjas de Cottolengo cuidan a enfermos, mayormente incurables. Una monja, por lo demás servicial, insiste en que no les interesa la publicidad.
 
– Ya comprendo que la prensa dice muchas bobadas…
 
Los vecinos tienen mucha estima por las monjas.
 
– No debe de resultar fácil esa dedicación a los enfermos.
– Para el que la toma con vocación es una alegría.
 
Al caminante, sin saber por qué, le rondan por la cabeza teorías de su época de comunista, de hombre "de una pasta especial", que decía Stalin. No les da excesiva importancia ahora.
 
El Gasco es el último pueblo de la ruta. Tiene dos tabernillas y las dos se encuentran cerradas. En la segunda, el bar Domi, baja la señora de la casa de al lado y sirve al visitante una copa de anís. Por las paredes cuelgan hoces, martillos y diversas herramientas reproducidas totalmente en madera. Tienen elegancia y originalidad, le parece al visitante.
 
Una calle de Plasencia.– Son de pino y de castaño. Las hace un vecino de aquí, por afición, y nos las ha dejado para adornar el bar.
– ¿No viene por aquí gente a jugar la partida?
– No, no viene casi nadie. La gente no tiene mucho dinero que gastar. Nosotros, ni el subsidio cobramos, porque tenemos este negocio. ¡Dicen que es un negocio! Habíamos pensado cerrarlo, pero por no tirar el material… No, una fonda tampoco vale la pena ponerla. Llegan muy pocos forasteros, y esos se alojan en La Alberca o en Plasencia; y por aquí, de paso, a ver el sitio nada más. Es muy bonito, sí… Mire, el volcán es esa montaña de ahí enfrente. Para la cascada tiene que ir por otro camino. No se ve desde el pueblo.
 
La mujer conduce al viajero hasta la vivienda del anciano citado en casi todos los reportajes sobre Las Hurdes, que hace pipas de raíz de brezo y de piedra pómez del volcán: el señor Eusebio. Éste acude a la llamada y se acoda sobre la mitad inferior de la puerta, dividida horizontalmente en dos cuerpos, como es común en el campo. La callejuela está embarrada.
 
– Ya no hago pipas. Me he jubilado –sonríe– el año pasado. Pero he enseñado a hacerlas a (¿dijo un sobrino o un ahijado?)… ¿Así que le han dicho que conocía a Buñuel? ¡Bah! Yo era un crío… ¡Hará los menos cincuenta años! Los chiquillos íbamos corriendo detrás de él, por la novedad. Yo creía que era francés, pero por lo visto era de Aragón. Me enteré el año pasado, cuando murió. Pase, pase adentro y hablaremos sentados.
 
Traspasado el umbral, unos escalones y un corto pasillo en penumbra desembocan en la cocina. Por la ventana se ven más casas y el paisaje abrupto. A un lado del cuarto, una cocina grande, de butano, y en el opuesto una chimenea. Un bloque de piedra que recuerda a una lareira gallega sobre el cual arde un tronco con débil llama, avivada de vez en cuando con ramillas. Encima, colgado de la chimenea, un caldero. La esposa del señor Eusebio, silenciosa y acaso ligeramente ceñuda, se sienta al lado y va rompiendo leña para el fuego. El visitante la ayuda, sin que ella muestre deseos de charla.
 
– Estamos cociendo altramuces, chochos les llaman por aquí. Así se ablandan. Vamos a tener una pequeña fiesta con unos familiares. La cocina de butano la utilizamos sólo para casos de necesidad. No gastamos más de dos bombonas al año, preferimos lo antiguo.
– Ah, sí, ¡no hay que dejar lo antiguo!
– Pues por El Gasco han venido muchos, han venido a verme y me hacen fotos. A mi mujer no le gusta, pero yo creo que no tiene nada de malo. Así se enteran un poco por fuera de lo que es esto. De los hurdanos se han dicho tantas mentiras… Cuando hice la mili andaba por un parque de Madrid y vi a un señor que estaba leyendo un libro. Como al pasar vi unas fotos y me parecieron que se trataba de Las Hurdes, le pregunté: "Qué cuenta?". Entonces el hombre me leyó que en Las Hurdes la gente suele tener seis dedos en cada mano. Yo le dije: "Pues mire usted, yo soy hurdano, y ya ve mis manos. Y los demás, igual". Y el hombre, cerrando de golpe el libro: "Somos más tontos los que compramos estos libros que los que los escriben, porque esos al menos piensan ganar un dinero".
 
 
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