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PRÓLOGO DE LA REPÚBLICA, LAS RELIGIONES, LA ESPERANZA

La Francia esperanzada de Sarkozy

Nicolas Sarkozy es una persona a la que se le entiende. No me refiero sólo a lo que dice, a las ideas que expresa. Me refiero en primer lugar a la sensación que transmite una persona, en especial un político, con su presencia, con su mero estar. A Nicolas Sarkozy se le entiende, y se ve que es una persona de fiar.

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Al poco de estar con él, con independencia de la conversación, uno se da cuenta de que la firmeza en sus convicciones ha sido y es uno de los motores de su vida. Una firmeza que está por encima de los tópicos al uso y de las circunstancias coyunturales.
 
En Nicolas Sarkozy percibe uno inmediatamente su pasión. La pasión de lograr la excelencia, de conseguir metas más lejanas, cimas más altas. Si uno repasa su biografía se dará cuenta de que esa pasión, superando las dificultades de cada momento, ha sido una de las fuerzas centrales de una vida que muy pronto empezó a tener clara una vocación pública centrada en la libertad.
 
La impresión general que queda al estar con Nicolas Sarkozy es la de optimismo, la de vitalidad, la del empeño por vencer las trampas del destino y lograr objetivos que parecen sencillamente fuera de nuestro alcance.
 
Por eso la palabra esperanza sea quizá la que mejor acompañe la trayectoria política de nuestro personaje. Nicolas Sarkozy transmite con fuerza que es posible conseguir lo que deseamos. Que no debemos resignarnos tan sólo a lo que nos rodea y que podemos plantearnos objetivos ambiciosos.
 
Pero para Nicolas Sarkozy la esperanza no se basa en la utopía, en el diseño racional de una sociedad moldeada desde arriba. Y es que para Nicolas Sarkozy, francés de origen húngaro, las ideas de libertad y de responsabilidad son centrales en su pensamiento.
 
Nicolas Sarkozy.Para Nicolas Sarkozy las ideas son importantes, las ideas tienen consecuencias, las ideas y los principios son la base de su actuación política.
 
Esa es la característica que distingue al que se dedica a la política con la visión alicorta de la ventaja inmediata, por afán de poder o notoriedad, del político de casta que propone ideas a una sociedad sabiendo que se dirige a personas libres y responsables, con sentimientos, herederas de tradiciones culturales diversas y que pueden elegir libremente su futuro.
 
Por eso me ha parecido tan importante que Nicolas Sarkozy hable siempre con claridad a los franceses, apresados desde hace años por una indefinible sensación de decadencia, necesitados de renovadas ilusiones y de nuevas esperanzas.
 
En una circunstancia así, en la que es fácil caer en la tentación del populismo o manejar el recurso fácil de echar la culpa a cualquiera menos a uno mismo, que Nicolas Sarkozy diga, y se le entienda, que es posible recuperar la esperanza, pero que es a los franceses a quienes corresponde emprender esa tarea, tiene un mérito notable. Mérito y atractivo, porque la verdad siempre ejerce una poderosa fuerza de atracción.
 
Y por eso cada día son más los franceses que creen, como Nicolas Sarkozy, que para romper el maleficio de la resignación no hay otra receta que el trabajo duro y constante. Una idea sencilla y limpia que, sin embargo, parecería abocada al fracaso en medio del discurso, caduco pero dominante, de una izquierda que ha dejado de tener ideas y valores claros.
 
La llamada de Nicolas Sarkozy a la libertad y a la responsabilidad, a la apertura y al dinamismo es creíble y convence, y no sólo porque esas ideas sean atrayentes. Para un político que aspira a lograr la confianza de la gente se necesita algo más. Y es entonces cuando percibimos que esas ideas de Sarkozy pertenecen al ámbito de sus convicciones más íntimas, que han sido la fuerza motriz de las grandes decisiones de su acción política.
 
Nicolas Sarkozy hace una llamada serena al mérito, al esfuerzo, a la excelencia. Unos valores que forman parte de los que han fundado el progreso de Francia, de Europa y de Occidente. Y que hoy, en muchas de nuestras sociedades, parecen adormecidos y en retirada, después de décadas de dominio ideológico de una izquierda relativista que añora el paraíso socialista que ocultaba el Muro de Berlín.
 
Nicolas Sarkozy no se resigna a ese dominio de la ideología socialista. Sarkozy se inscribe en una larga tradición francesa de pensadores y políticos que basan el progreso de la sociedad en la idea de la libertad. En contra de la imagen anquilosada de una Francia envejecida, Nicolas Sarkozy ofrece la fuerza de las convicciones para una Francia esperanzada, en la que los franceses toman el futuro en sus manos y en la que reverdecen los principios de libertad, responsabilidad, esfuerzo y excelencia.
 
Una Francia que puede ser un modelo para toda Europa, la Europa de naciones antiguas y fuertes que ha sentado las bases de la civilización y del progreso. Naciones como Francia o España, que necesitan más libertad que socialismo, más apertura que cerrazón, más convicciones firmes y menos mitos progresistas.
 
Quisiera destacar la fuerza de las convicciones y de la acción de Nicolas Sarkozy en dos de los asuntos más importantes y graves a los que se enfrentan nuestras sociedades.
 
En primer lugar, el combate contra el terrorismo. Creo que los españoles tenemos una deuda de gratitud con Nicolas Sarkozy. Desde cualquiera de sus responsabilidades políticas, y especialmente como ministro del Interior. Nicolas Sarkozy ha contribuido de manera decisiva a llevar adelante la lucha contra los terroristas con toda la fuerza, la legitimidad y la convicción de los demócratas y del Estado de Derecho. Siempre ha tenido un gesto de apoyo y consuelo para las víctimas. Un político responsable como Sarkozy sabe que en esta lucha ellas son nuestra principal referencia moral.
 
No es evidente que todos los políticos actúen así. Uno de los males de algunos dirigentes europeos es precisamente hacer el juego a los terroristas, dándoles parte de razón, cuando no caen en la trampa mortal de negociar con ellos.
 
Nicolas Sarkozy sabe muy bien que el abandono de las propias convicciones y principios es el comienzo del fin de nuestras libertades. Que las instituciones necesitan personas que crean en los valores que las sustentan. Que el encargado de velar por el cumplimiento de la ley no puede ser tolerante con quienes pretenden acabar con las libertades y utilizan sin escrúpulos el terror para imponer sus fines. Que contra el embate de la barbarie y del terror hay que enfrentar la fuerza de la libertad, de la democracia y del Estado de Derecho. Que no sólo somos más, sino que la razón y la ética están de nuestra parte. Hoy en día estas cualidades morales y políticas son de la máxima importancia cuando se aspira a ser el dirigente de Francia, un país con responsabilidades globales que sigue siendo una referencia para los defensores de la libertad en todo el mundo.
 
Nicolas Sarkozy también ha sabido enfrentar uno de los grandes asuntos de nuestro tiempo, que sin duda marcará el debate político europeo en las próximas décadas. La inmigración, un fenómeno nuevo con las características que estamos viendo en Europa en los últimos años, nos plantea una serie de retos a los que hay que ofrecer respuesta sobre la base de nuestros principios y valores.
 
Vemos fracasar el modelo que la corrección política ha impuesto a lo largo de los años. Para ofrecer alternativas viables hay que ser valiente y decir las cosas con claridad, como hace Nicolas Sarkozy. Y así la gente lo entiende. Nuestras sociedades se benefician de la apertura, y también de la aportación que hacen las personas que vienen a labrarse un futuro con nosotros. Pero nuestras sociedades se basan también en principios políticos y valores que hay que respetar y asumir.
 
Si estos principios y valores no están vigentes para todos, estaremos condenando a muchas personas al gueto y a la falta de integración. Se puede respetar la herencia cultural y las tradiciones y, como ve bien Nicolas Sarkozy, ser ciudadano de la República. Nuestra identidad no es de base étnica, sino de valores y principios. La fuerza de nuestra identidad es, precisamente, lo que atrae a tantas personas a vivir con nosotros.
 
La ley tiene que ser igual para todos y debe aplicarse con imparcialidad y decisión. Es el mejor camino para luchar contra la delincuencia y para dar oportunidades precisamente a los que menos tienen.
 
También es el camino para luchar contra la inmigración ilegal. Nicolas Sarkozy sabe que el fracaso de África y de otras regiones hoy será el desastre de Europa mañana. Y que para construir globalmente un futuro de esperanza es preciso un comportamiento eficaz con la causa de la libertad, con la apertura y contra las tiranías cerradas que asfixian y privan de esperanza a millones de personas.
 
Nicolas Sarkozy no rehuye los asuntos difíciles a los que la corrección política ha dado ya una respuesta estereotipada. En este libro que hoy presentamos, La República, las religiones, la esperanza, Nicolas Sarkozy aborda en conversación franca, clara y sincera, algunas cuestiones fundamentales a las que se enfrenta hoy Francia y que desde luego entrañan enseñanzas útiles para el resto de sociedades europeas.
 
Nicolas Sarkozy afronta cuestiones nada fáciles. El sitio del fenómeno religioso en el debate público, una de las grandes cuestiones silenciadas durante mucho tiempo en Europa. El desafío del islam en Francia y en el resto de las sociedades occidentales es un tabú que pocos políticos se atreven a encarar de forma rigurosa y coherente. También aborda Sarkozy las relaciones con la Iglesia católica y con el Vaticano en la tradición laica francesa, pero sin renegar de la importancia que tiene que cada uno pueda vivir su fe o sus dudas, lo que él llama su esperanza, dentro de una sociedad abierta y democrática.
 
Son cuestiones que sólo un político valiente, con convicciones y con entereza podía plantear con esta claridad. Un político que propone ideas para el futuro. Un hombre que se dedica a la cosa pública, y que transmite la fuerza de sus convicciones para llevar esperanza a una Francia y a una Europa que las necesitan con urgencia.
 
 
NICOLAS SARKOZY: LA REPÚBLICA, LAS RELIGIONES, LA ESPERANZA. Gota a Gota (Madrid), 2006; 190 páginas. Prólogo de JOSÉ MARÍA AZNAR.
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