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CHUECADILLY CIRCUS

Islamistas, buenistas y murcianos

De ciertos artistas habría que decir lo que antes se decía de las folclóricas. Porque sí, calladitos están más guapos. Y es que algunos deberían limitarse a lo suyo y prescindir de saludar al personal. Ahora bien, hay otros con unas mentes privilegiadas capaces de sugerir e iluminar más allá del ademán y el revoleo.

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El martes la editorial Gota a Gota dio inicio a la temporada con el magnífico Islamistas y buenistas, escrito por la política danesa Karen Jespersen y su marido, el columnista Ralf Pittelkow. Ambos vivieron los terribles acontecimientos que siguieron a la publicación de aquellas viñetas satíricas de Mahoma en un periódico de su país. Europa se enfrenta a un nuevo enemigo totalitario, y sobran los apaciguadores dispuestos a renunciar a sus valores con tal de calmar a la bestia insaciable. 
 
Islamistas y buenistas empieza con un resumen de la obra de Max Frisch (y no de Ibsen, como dijo Pilar Marcos, la directora de la editorial) Biedermann y los incendiarios, y concluye con una poderosa exhortación a los europeos a resistir el victimismo islamista, mantenerse firmes en la defensa de sus valores y costumbres –que incluyen la sátira religiosa–, ayudar a los musulmanes integrados y enfrentarse a sus opositores. "La respuesta a los islamistas no pueden ni deben darla los buenistas".
 
Si quieren saber en qué consiste el síndrome del negrito y reírse a mandíbula batiente con algunas de las sandeces que muchos progres y algún conservador han dicho para justificar a los islamo-fascistas, éste es su libro. Espero que su lectura inspire a mis colegas de la revista Zero, y que tal vez algún día nos ofrezcan un reportaje sobre las actividades homófobas de diversos grupos islamistas europeos. Por desgracia, que algo así ocurra es altamente improbable, pues buena parte de los anunciantes de su sección de viajes (también los de la revista Shangay) son países musulmanes.
 
También confío en que Islamistas y buenistas sirva para que la librería LGTB Berkana de Madrid, que durante mucho tiempo ha adornado su escaparate con una versión gay de La Última Cena, se anime, con ocasión del fin del Ramadán, a colgar una recreación lésbica de las huríes del Paraíso, o incluso alguna fantasía homoerótica de Mahoma y sus secuaces. Seguro que no les cuesta trabajo encontrar voluntarios para ello.
 
Para la presentación del libro de Jespersen y Pittelkow, Gota a Gota tuvo el acierto de prescindir de los políticos (Aznar se encontraba en el gimnasio quemando las calorías del café de la mañana) y del clan de señoras enjoyadas y profusamente maquilladas que los cortejan. En su lugar, optaron por el historiador Tom Burns Marañón y tres grandes ilustradores de la prensa española: Martinmorales (ABC), Puebla y Borja Montoro (La Razón), paladines todos de la libertad de expresión.
 
Algunos trabajos de Martinmorales aparecen en las guías que las organizaciones judías norteamericanas publican sobre el nuevo antisemitismo europeo. Muchos lamentamos las barbaridades que dice a través de sus dibujos, pero está en su derecho de opinar como le parezca, y los judíos de criticar su trabajo y otorgar a su viñetas un puesto de honor en el ranking de la ignominia. Por su parte, el murciano Puebla hizo buenos los lapsus silábicos del presidente Bush y se refirió a la censura de las bromas sobre gays y "otros colectivos minusválidos" como ejemplos de la dictadura de lo políticamente correcto. Obviamente, el chico quiso decir "minusvalorados", como indicaba su gesto serio y conmovedor. No hace falta que les explique por qué a este chico tan simpático, la viva imagen de la Hormiga Atómica, le pagan por dibujar, no por hablar en público, igual que a la Lola de España le pedían que cantase y que se abstuviera de abrir la boca entre tango y bulería.
 
El mejor con diferencia fue Borja Montoro, elegantísimo y arropado por su esposa Concha –a punto de la quinta maternidad–, su hermano Gurri, que iba para modelo pero se quedó en harley-davidsonero de traje y corbata, y su cuñada, y por supuesto por varios compañeros del sector de la animación recién salidos de algún libro de fotografías del maestro García Alix o de los bares de la Malasaña de los ochenta. Entre el público femenino destacaron además las damas Mapi de las Heras, Gotzone Mora y la profesora Lourdes López Nieto. Por primera vez, también destacó por su indumentaria Pilar Marcos, con una blusa floreada muy favorecedora. La nota exótica la pusieron Natalia Bellusova, la bella traductora de la próxima bomba editorial de Pilar: un libro de Václav Klaus sobre el calentamiento global cuya exclusiva me robaron mis compañeros de la redacción, y el joven Kévin Buzaglo, apuesto estudiante francés de Ciencias Políticas venido a España para aprender de primera mano en qué consiste el buenismo.
 
Hasta aquí la crónica social del evento (soy incapaz de describir la barba del profesor Cabrillo, la media melena del político del PP de Madrid Pércival Manglano y la barba de dos días del blogger Prevost sin una buena dosis de caridad cristiana). Prefiero centrarme en el sobresaliente discurso de Montoro sobre la libertad de expresión y lo duro que resulta defenderla, por los disgustos y los dolores que uno siente ante ciertas manifestaciones, por ejemplo, las que son sátiras religiosas. Sin embargo, como dijo Stuart Mill, citado por los autores del libro, ante la ofensa no cabe sino la respuesta y la crítica, no la prohibición, una peligrosa arma de doble filo. Algunos tontos confunden la defensa de la libertad con el relativismo y piensan que dejar hacer es una manifestación de progresía o de obamismo. Nada más lejos de la verdad. Otra cosa es la tolerancia con el intolerante, un asunto espinoso al que conviene aproximarse con mesura e inteligencia.
 
El lúcido Montoro me recordó a aquellos que desde distintos puntos del espectro ideológico han caído en la trampa de la sumisión al islamo-fascismo, ya sea mediante el buenismo o la vuelta al Concilio de Trento. En el primer caso, el error es el miedo. En el segundo, la falacia reside en imaginarse que para evitar que nos vuelvan a atacar deberíamos parecernos un poco a ellos, a ver si así conseguimos caerles menos antipáticos (Hello, Yemen calling!). Ambas conductas representan las dos caras del mismo fenómeno: el suicido moral de Occidente frente al totalitarismo, que Jespersen y Pittelkow definen de forma extensa como un régimen que "tiende a controlar lo más estrechamente posible a los ciudadanos incluso en su vida privada y forma de pensar".
 
Un ejemplo de ello es esta enmienda aprobada en 2006 por los electores del estado de Virginia:
Esta comunidad y sus subdivisones políticas no crearán ni reconocerán legalmente las relaciones entre individuos no casados que intenten aproximarse a la finalidad, las calidades, el significado o los efectos del matrimonio. Esta comunidad y sus subdivisiones políticas tampoco crearán ni reconocerán otras uniones, convivencias u otras figuras sobre las que se asignen derechos, beneficios, obligaciones, cualidades o efectos del matrimonio.
Virginia, un estado en el que los miembros del Tribunal Supremo son elegidos, todos, por la mayoría del Legislativo (hay lugares peores que España, incluso en los queridos EEUU), se propone dictar a todo el mundo, independientemente de su orientación sexual, a quién debe legar, colocar como beneficiario de sus seguros, visitar en el hospital y demás; o, por lo menos, hacerle pagar cara su renuncia a que Papá Estado santifique sus relaciones. Casi huelga decir que el asunto va mucho más allá de la oposición razonable al matrimonio gay. Al menos podrían tener la decencia de decirlo. ¿Liberal-conservadurismo? No me tomen el pelo.
 
Buenistas y virginianos, el mismo perro con distinto collar. No sólo en Escandinavia y en los EEUU, también en España la mayoría silenciosa sufre la pinza de quienes, como se denuncia en Islamistas y buenistas, no andan inmersos en una batalla por la libertad de expresión, sino en una "lucha de poder". Para mí que tanto unos como algunos de los otros "quieren ser insultados, y nada es demasiado insignificante si se puede utilizar para satisfacer [las] ambiciones políticas". Por ejemplo, transformar una imagen en la que se ve a Rouco Varela enviando a los maricas al infierno en otra donde el cardenal perece entre llamas y pedir a continuación cárcel por ello no es sino una manifestación de la delirante y contraproducente cultura del agravio. Así no vamos a  ningún sitio.
 
 
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