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CÓMO ESTÁ EL PATIO

Por la ampliación del aborto hasta las 1.560 semanas

Los expertos en ética progresista parecen haber llegado a un consenso en torno a la inminente ley de ampliación del aborto, según el cual el derecho de la madre a suprimir la vida del niño hijo debería ser total, al menos durante las primeras veinticuatro semanas de gestación.

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En esa fase del embarazo el bebé tiene todos sus órganos perfectamente formados, es capaz de succionar (lo hace frecuentemente utilizando los pulgares), de reaccionar ante los estímulos externos y, por supuesto, de sentir dolor, sobre todo si el especialista en salud reproductiva le clava una aguja monstruosa o le destroza los miembros uno a uno para extraerlo del vientre de su madre con mayor facilidad. Cuando esto sucede, y mientras el celador tira a la basura los restos, la comunidad democrática se felicita a sí misma porque un derecho humano irrenunciable ha sido ejercitado.
 
Recuerden: ética es la ciencia que profesan estos pensadores de progreso.
 
En un capítulo de South Park, la madre de Cartman quería abortarlo cuando éste ya contaba siete años. En la clínica le advertían de que eso era imposible, porque el aborto sólo estaba permitido hasta los tres, por lo que se vio privada injustamente del derecho a decidir sobre su maternidad. Tal vez sin saberlo, los guionistas de esa serie gamberra dieron en el clavo, pues si el argumento ético esgrimido por los partidarios del aborto libre es que nadie puede obligar a una mujer a mantener con vida a otro ser humano que depende de ella, tan dependiente es un bebé de veinticuatro semanas como uno de veinte meses, que también moriría si no recibiera los cuidados de aquélla.
 
Superado el debate sobre la condición humana del feto (desde la concepción hasta la muerte natural, se trata de un individuo único de la especie Homo sapiens, con sus cromosomas definitorios, diferentes de los de sus padres), el razonamiento de los partidarios del aborto va justamente por ahí: el derecho de la madre a decidir si mantiene con vida o no a un ser humano distinto de ella.
 
Precisamente por eso, los progresistas que intentan modificar la sociedad de forma irreversible (ZP dixit) deberían llevar el razonamiento hasta sus últimas consecuencias y permitir a los padres suprimir la vida de sus hijos mientras dependan de ellos para su subsistencia. Es muy común hoy en día que a los treinta años los jóvenes permanezcan en casa de sus padres a la sopa boba. ¿Tenemos derecho a obligar a las madres de esos zanguangos a mantenerlos? Se trata, por lo demás, de tiarrones que no saben lavarse los gayumbos o freírse un huevo, de tal forma que sin los cuidados de sus madres tendrían serios problemas para sobrevivir, así que el derecho a abortarlos estaría perfectamente justificado.
 
Como, además, el Gobierno socialista quiere implantar la eutanasia más o menos voluntaria, podríamos asistir a interesantes conflictos éticos sustanciados en los tribunales. Así, un hijo podría solicitar permiso para eutanasizar a sus viejos, mientras estos últimos intentarían ver reconocido su derecho a abortar al chaval. En ambos casos tendrían a la ley de su lado, por lo que, aplicando la dialéctica hegeliana, con la resolución de estos embrollos la sociedad no haría sino avanzar más y más por la luminosa senda del derecho a matar al prójimo, en la que tanto se ha distinguido el socialismo a lo largo de su penosa historia.
 
Y a todo esto, ¿tiene algo que decir el partido al que votan mayoritariamente quienes están en contra del aborto? Pues sí. Con esa contundencia que exhibe cuando se cuestiona alguno de los valores de la tradición occidental que su adversario pretende demoler, el PP dice que lo de la ampliación del aborto es un debate extemporáneo, porque lo que verdaderamente importa a los ciudadanos es el precio de la barra de pan y la tasa del Euribor. Sus dirigentes ni siquiera tienen la gallardía de ser consecuentes con su actual filosofía y manifestar su total aprobación a todo lo que hieda a progresismo, incluido el asesinato de niños no nacidos.
 
En torno a cien mil veces al año se produce en nuestro país ese alarde de progreso y derechos cívicos llamado aborto. Cien mil seres humanos privados de su derecho a la vida en beneficio de ese otro invento progresista denominado "derecho de la mujer a decidir sobre su proceso reproductivo". Y mientras tanto, las parejas con problemas para concebir, viajando a lugares remotos para adoptar niños. Es lo que tiene el progreso.
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