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NECROFAGIA MEDIÁTICA

La judicialización de la telebasura

El festival de necrofagia de los programas de la ingle comenzó con la muerte de Paquirri, alcanzó altas cotas de esplendor con la desaparición de Encarna Sánchez y culmina ahora con un reportaje sobre las andanzas del marido de Lola Flores, cuya emisión ha sido suspendida por un juez de Jerez de la Frontera. Desconozco el criterio que habrá seguido el juzgado para prohibir la emisión del citado docudrama, pero si es porque su titular era un admirador de La Faraona tiene mi total solidaridad.

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En España hay tres cosas sagradas, el Real Madrid, el toro de Osborne y Lola Flores; y lo dice uno del Barça, que jamás ha probado ese famoso brandy ni asistido a un concierto de flamenco. Los tres símbolos son una cuestión de Estado que el poder judicial tiene el deber de preservar.

Al día siguiente de morir Lola Flores me tocó asistir a un curso soporífero sobre legislación administrativa. Nada más empezar la sesión, un asistente se levantó emocionado para pedir un minuto de silencio en memoria de La Faraona, pero el conferenciante, seguramente un seguidor de Rocío Jurado (q.e.p.d. también) se negó en redondo. Así se perdió la ocasión de realizar un sugestivo mestizaje entre el abrupto mundo del derecho público y el arte flamenco, del que hubiera surgido tal vez una rica escuela de derecho público jondo aflamencado. Nos supo mal a todos, más que nada porque conocíamos al seguidor de Lola y éramos conscientes de su profunda sensación de orfandad tras la desaparición de esa gloria de España y olé, pero no tuvimos más remedio que volver al procedimiento administrativo y dejar los homenajes póstumos para mejor ocasión.

No frecuento mucho los programas de telecatre porque, si son durante la sobremesa me pillan viendo los documentales de Libertad Digital TV, como el 99,6% de los españoles con criterio y acceso a internet, y si los ponen por la noche estoy trabajando o cumpliendo mis otros deberes conyugales, por cierto mucho más importantes. Pero me he propuesto seguir de vez en cuando el programa “del tomate”, que aunque tiene otro nombre es conocido así para satisfacción de los productores de esa hortaliza, porque tengo entendido que está cumpliendo un importantísimo papel en la defensa de la libertad de expresión de todos los españoles. No sé los demás, pero en mi caso puedo decir que mi derecho a recibir información veraz está cubierto, así que no necesito que hagan por mí heroicidades de este calibre. Mejor que el equipo del tomate guarde las fuerzas para cuando tengan que salir huyendo de los paragüazos de Isabel Pantoja.

Encarna SánchezMientras Encarna, Lola y Paquirri vivieron, ningún chafarderillo defensor de la libertad de expresión se atrevió a tocarles las narices, mayormente por el riesgo a que le pusieran las suyas como un pan. La boca de Lola Flores para estas y otras cuestiones era un hacha afilada, al igual que la de Encarna cuando se ponía un micrófono delante. En cuanto al primer marido de la Pantoja, lo más probable es que no hubiera tardado demasiado en pegarle una estocada al volapié al primer paparazzi desvergonzado que le importunara, sin necesidad de ponerlo en suerte. Forzoso es también traer a colación en este apartado al legendario trompazo que Cela le recetó a un famoso periodista hasta hacerle caer de espaldas a una fuente, con riesgo evidente de que el chorrito le hubiera destrozado la retaguardia. Pero una vez desaparecidos, hay barra libre para todo este submundo ya sin riesgo a sufrir ningún percance y, además, con la ventaja añadida de que ninguno de los finados puede siquiera desmentir las barbaridades que se dicen de ellos continuamente.

Que la vida marital de Lola y El Pescaílla fue cualquier cosa menos convencional es algo que sabía todo el mundo y a nadie le importaba. Las relaciones de ambos con sus respectivas camarillas a espaldas del otro tampoco eran precisamente un secreto de estado. Pero mientras vivieron nadie las aireó en la televisión, no por respeto a la intimidad, por cierto otro principio constitucional, sino sencillamente por el miedo cerval que sus figuras provocaban a los profesionales de la cochambre. Por eso, este festival de la carroña no debiera camuflarse bajo el expediente de la sacrosanta libertad de expresión, pues hace diez años la había exactamente en el mismo grado y nadie la ejercitó hasta ese punto.

Con la citada sentencia del juzgado de Jerez de la Frontera, los profesionales de la telecaca se sienten como auténticos cruzados luchando por la libertad de los españoles de a pié. Que el programa del tomate sea el paradigma de la defensa de los principios democráticos, nos da el punto exacto de cocción en que se encuentra la España de ZP en lo que a valores cívicos se refiere. Muchas excusas van a tener que poner los jurados de los premios a la deontología periodística para no concederle el año próximo todos los galardones a Jorge Vázquez. ¿Qué tal el Premio Marqués de Santillana de comunicación y humanidades para ir abriendo boca?
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