Menú
"DIARIO DE UNA TESTIGO"

La Revolución bolchevista

30 Octubre 1917. Los bolcheviks, que con Lenin al frente vienen minando el terreno al Gobierno de Kerensky, preparan un golpe de Estado. Desde hace tiempo, en Asambleas, en Consejos, propagan su régimen "sovietista", su decisión de la paz inmediata; y el encuentro de ellos con Kerensky, sus compañeros y las tropas que le son fieles, es inevitable.

0
Fíltranse en las tinieblas del misterio noticias de los planes de conjura. Cuenta Lenin con la marinería de Kronstadt, cuyas naves se dice que están preparadas para bombardear San Petersburgo.
 
Quienes conocen cuán contrarios son a los maximalistas la Duma municipal, el Parlamento y hasta el Comité Central de los Soviets creen que si se realiza la intentona será sofocada sin más consecuencias.
 
Cunde otra opinión, la de que los bolcheviks hacen partidarios porque quieren terminar la guerra, lo que tanto ansía el país. Dícese que Lenin formará para la defensa de su Gobierno, si triunfa, el ejército rojo, reclutado en las fábricas, en las aldeas, entre el proletariado cansado de la guerra, y que –¡oh, ironía!– se arma y se apresta a luchar con sus hermanos para dar a Rusia la Paz.
 
Se avecina una segunda revolución entre miembros de un mismo partido: la gran socialdemocracia rusa que, en conspiración heroica de muchos años, inició al pueblo en el ideal de emancipación...
 
Cuando en magna asamblea ese partido se dividió en dos grupos por divergencias en la aplicación actual de su programa, tuvo uno de ellos mayoría de votos (los bolcheviks) y, separándose del otro (los miensiewiks), recabó libertad de acción en su Patria, convulsionada por la Revolución de Marzo.
 
¿Qué nuevos conflictos nos amenazan? ¿Qué va a ocurrir en estos días de desconcierto, de incertidumbre, de miedo y callado dolor por lo ya sufrido y por el presentimiento del porvenir?
 
Noviembre de 1917
 
Ayer, a las cuatro de la tarde, a poco de ver pasar las patrullas de cadetes y las piezas de artillería hacia el Palacio de Invierno –centro del radio gubernamental–, me acerqué al vecino puente Litieyne a mirar las naves recién ancladas en el Neva. Ligera bruma velaba los barcos en la lejanía; eran tres de tipo mínimo, y allá, en la desembocadura del río, ya en el mar, hallábase –lo decía el público que se aglomeraba en el puente– el crucero Aurora y tres más, preparados a la próxima acción del levantamiento maximalista. La excitación en ese punto de la ciudad era extrema; afluía de los populosos suburbios la muchedumbre proletaria que desde la mañana esperaba órdenes de sus caudillos, y asomaban bajo las chaquetas de los hombres las armas que se les repartiera la noche antes.
– Van a venir a levantar el puente y cortarnos la comunicación con el centro de la ciudad –oíase en algunos grupos; y en otros la respuesta firme:
 
–No lo harán; ya están avisados los nuestros...
A la sazón adelantaba por la avenida izquierda del río una patrulla de 40 soldados, y a corta distancia una sección de 10 o 15 cadetillos a caballo.
 
Inicióse el movimiento peculiar de las turbas, retrocediendo un poco para acometer, y al aproximarse estas tropas al puente, del lado extremo de él llegaron las fuerzas mayores, que cerraron el paso a las otras. Parlamentaron brevemente ambas; la actitud de la rebelde me pareció más enérgica que la de las leales al Gobierno provisional, y en medio del vocerío estalló un disparo.
 
Como en la revuelta de Julio –cuando, en medio de las balas, un golpe de los que huían me causó grave contusión en los ojos–, sentí el peligro inminente a poca distancia de mi casa y sin poder entrar en ella... En esos minutos supremos el corazón se vuelve a Dios, aterrado de la muerte, con ruego de vida...
 
No hubo más tiros; se acalló el bramido de las masas, y en grupos de ocho a diez se dispersaron los soldados y los cadetes venidos a tomar el puente. Quedaba dueño de él la guardia roja, integrada por militares y paisanos.
 
La anchurosa vía Litieyne tenía aspecto normal, y a la línea de luces de los tranvías, pasado el puente Nicolás y el más céntrico de la Moika, era indicio de que se imponían los rebeldes.
 
A las once de la noche me telefonea un amigo –que por su posición oficial conoce el curso de los sucesos– y me hace esta comunicación:
Preparen ustedes, si pueden, comestibles y hagan reserva de agua; esta noche dan su batalla los maximalistas, y mañana puede haber sorpresas... Lenin está al frente del movimiento; también el ministro de la Guerra, Wurchowsky, y la apoya la Guarnición de San Petersburgo. Esta noche es definitiva.
– ¡Lenin con el general Wurchowsky!, el que hace unos días se declaró pacifista en el Consejo de la República, no es consorcio increíble –me dijeron algunas personas a quienes anuncié lo antedicho–, pero que esta noche resulte definitiva o que triunfen Lenin y sus bandidos ya es otra cosa. Eso no puede, no puede ocurrir. El Gobierno hará lo suyo, y los cosacos –que en muchas ocasiones, y especialmente en su magna asamblea general, ofrecieron apoyar al Gobierno– destrozarán a los leninistas… ¡No hay cuidado!
¡Oh, cándida credulidad de muchas gentes, sin juicio analítico ni otro guía del laberinto moscovita que su deseo de que ocurra lo que les conviene! También los optimistas se equivocaron ayer.
 
Al promediar la mañana de hoy ya se conocía al asombroso acontecimiento: Lenin ha triunfado. En 50 puntos de la ciudad se ha luchado brevemente, y en poder de los sublevados hállase el Telégrafo, los Ministerios y el Estado Mayor. Los ministros están arrestados; Kerensky dícese que ha huido. Los protagonistas de la segunda revolución han constituido un Comité revolucionario militar que gobierna.
 
El pánico en San Petersburgo es infinito. Tanto mal se ha dicho de Lenin y sus adictos, que no hay horror ni infamia de los cuales se les juzgue incapaces. Se teme el pogrom general, la matanza sin perdón. Segura estoy que no ha de ser así. Las bandas de juliganes (malhechores) esparcidas por la ciudad seguirán funcionando, ni mejor ni peor que ayer, cuando el Gobierno provisional de la República carecía de autoridad y de servicios de vigilancia. Por de pronto, en las esquinas hay proclamas del Comité asegurando a todos los ciudadanos tranquilidad, orden y paz inmediata.
 
Antes de que llegue ese momento han de ocurrir más luchas y ha de verterse más sangre...
 
 
NOTA: Este texto está tomado de LA REVOLUCIÓN BOLCHEVISTA. DIARIO DE UNA TESTIGO, de SOFÍA CASANOVA, que acaba de publicar la editorial Akrón.
0
comentarios