Menú
LA ESTRICTA GOBERNANTA

Las danzas de la muerte

"Isabel II se corona ante la realeza del mundo como reina de diamantes". Los titulares del Hola hacen reverencias ante la "foto de familia" en la que posa la realeza. Jolín, qué viejos están y qué poco glamour les va quedando ya. Han envejecido todos al mismo tiempo, pero como la gente, si está bien cuidada, se muere poquísimo, seguro que tienen cuerda para rato. ¿Y qué pasa con sus herederos?

0

No sé si la frente calva del príncipe Charles llegará algún día a ceñir la corona, y sus manos amorcilladas a empuñar el cetro. A lo mejor tampoco lo consigue su hijo, que ya está empezando a perder pelo. La reina, en cambio, está mayorona pero entera. Y yo me pregunto: ¿tiene sentido dedicar toda tu vida a ser heredero?

Sabéis que la tita Reme siempre os dice lo que piensa porque no es políticamente correcta, así que escuchad algo que nadie más se atreverá a revelar. Los abuelos son muy útiles; lo que pasa es que tienen un gran futuro por delante y se trasforman en bisabuelos. Luego, poco a poco, empiezan a decir chorradas, a meter bulla y a confundir a la asistenta con el notario y al final acaban viviendo por persona interpuesta. Es el momento en que los viejos ya dejan de ser viejos y se convierten en otra cosa distinta que todavía no tiene denominación pero que habrá que inventarla.

Los ancianos matusalénicos están modificando la sociedad hasta el punto de que sociólogos y economistas deberían ponerse a analizar seriamente las consecuencias. Por ejemplo, en lo que se refiere a las herencias. Ahora los herederos no pueden estar seguros de heredar porque es probable que se mueran antes de que sus padres hereden a sus abuelos. En todo caso, para todo hay una edad y llega un tiempo en que se está un poco pasadito para disfrutar de la herencia. Como las expectativas son inciertas y a muy largo plazo, es mucho más sensato que cada cual se labre su propia fortuna. Eso, en cierto modo, libera a los hijos de la obligación de dedicar veinte años de sus vidas a hacer los honores a la ancianidad y a consagrar sus horas a tener a los mayores bien respirados y sequitos. La herencia, en muchos casos, va directa a una residencia de ancianos, y a veces el supuesto heredero tiene, incluso, que aflojar su propia bolsa.

Cuando la vida era cortita, los herederos depositaban en la herencia unas expectativas desmesuradas a muy corto plazo y a veces perdían la paciencia. A un veneno que fabricaba La Voisin, famosa envenenadora francesa, lo llamaban "polvos de sucesión". Para Quevedo,

la enfermedad más peligrosa, después del doctor, es el testamento. Más han muerto porque hicieron testamento que porque enfermaron.

Los reyes se mueren como todo hijo de vecino; pero tienen una muerte mucho más pesada y espesa que los demás y pienso que es por las pompas fúnebres, que son tremendas. Ya lo que dijo Bacon: "Las pompas fúnebres asustan más que la misma muerte". Los reyes, como el resto de los mortales, tienen que saber morirse con dignidad. Para eso hay que estar muy entrenado. Yo recomiendo morirse de risa y a tiempo. Nada de entregarse a ordinarieces ni a dramas. Tomás Moro tenía esta divisa: "No hacer nada contra la propia conciencia y reírse hasta en el patíbulo". Según parece siguió su máxima toda la vida, incluyendo lo del patíbulo. El Aretino también lo supo hacer, porque murió de risa cuando escuchaba las aventuras galantes de su hermana. Se desternilló de tal modo que se cayó de la silla y se mató.

También se puede morir a gusto cumpliendo con el deber, como Luis XII de Francia, que, según Fleuranges, murió de agotamiento por haber querido hacer de "gentil compañero con su esposa". Hay que tener en cuenta que se había casado a los cincuenta y dos años con María, hermana de Enrique VIII, de dieciséis. Murió diciéndole a su mujer: "Os ofrezco mi muerte como regalo". Se ve que era un caballero finísimo.

Cuando estamos en la labor de diñarla no somos muy diferentes del resto de nuestra vida. El vanidoso, el avaro, el viciosillo, el megalómano... todos mueren como vivieron. Pero, cuando ya no se puede aspirar a los vicios mayores, hay que conformarse con los menores. Dicen que los últimos caprichos de Luis XVIII antes de morir consistían en aspirar un poco de tabaco colocado en el escote de la condesa de Cayla, su amante. Ved, en cambio, a Margarita de Austria, cuyo triste destino de virgen pertinaz la llevó a componer este epitafio después de dos matrimonios sin consumar:

Aquí yace Margot, la gentil señorita que tuvo dos maridos y murió doncella.

¡Hija mía de mi vida!

El amor a nuestro cuerpo y la preocupación por su aspecto a menudo nos acompañan hasta en el último minuto. El mariscal Murat, rey de Nápoles, cuando iba a ser fusilado le dijo al pelotón: "Tirad al corazón, no al rostro". Igual después le volaron las pelotas. Cómo sería de vanidosa y frívola Paulina Bonaparte, que se hizo traer un espejo a su lecho de muerte y después de contemplarse dijo que ya podía morirse tranquilamente porque seguía siendo bella. La que no se consuela es porque no quiere.

Cuando se estaba muriendo, Carmen Moragas, madre de los hijos bastardos de Alfonso XIII, pidió a su criada que le metiera en la boca unas hojas de menta por si el rey, que estaba en el exilio, venía a despedirla. ¡Pobre! No sabía que su amante padecía entonces una halitosis insoportable que ni un matorral de menta podía disimular.

Siempre me ha impresionado la frescura con que han muerto los personajes de la historia que tenían muchos muertos en su conciencia. Dicen que Federico II preguntó a su médico cuántos hombres había matado ejerciendo su profesión. "Señor, aproximadamente trescientos mil menos que vos", le contestó éste.

Hay moribundos muy megalómanos, como Marco Aurelio, que hizo grabar en la urna destinada a sus cenizas: "Contendrás a un hombre que el Universo no pudo contener". Tío más tonto. La madre de Francisco I, desde su lecho de muerte, dejó para la historia esta chorrada que se le ocurrió al contemplar un gran cometa: "Ah, he aquí un signo que no aparecería por una persona de baja calidad". La emperatriz Eugenia de Montijo tampoco era lo que se dice humilde. Exiliada en la campiña inglesa, vio pasar las primeras incursiones de zepelines al comienzo de la Primera Guerra Mundial y exclamó: "Oh, qué final para mí".

Me gustan los epitafios porque parece que todo el mundo es bueno. Los que se dedican a las mascotas son, desde luego, mucho más tiernos y sinceros que los dedicados a los humanos. Los humanos son más pomposos, hipócritas y fríos. Los hay tan malos que dan risa, como éste dedicado a un catedrático de provincias:

La Europa ha perdido un sabio
La España un hombre de bien
Nosotros al Secretario
Requiescat in pace. Amén.

0
comentarios