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HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO

Las tropas francesas entran en España

Y el 18 de octubre [de 1807] cruzó el Bidasoa la primera división francesa a las órdenes del general Delaborde, época memorable, principio del tropel de males y desgracias, de perfidias y heroicos hechos que sucesivamente nos va a desdoblar la historia.

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(...) Las tropas francesas se encaminaron por Burgos y Valladolid hacia Salamanca, a cuya ciudad llegaron veinticinco días después de haber entrado en España. Por todas partes fueron festejadas y bien recibidas, y muy lejos estaban de imaginarse los solícitos moradores del tránsito la ingrata correspondencia con que iba a pagárseles tan esmerada y agasajadora hospitalidad.
 
27 de octubre, tratado de Fontainebleau
 
Tocaron mientras tanto a su cumplido término las negociaciones que andaban en Francia, y el 27 de octubre, en Fontainebleau se firmó entre don Eugenio Izquierdo [ministro plenipotenciario de España en París] y el general Duroc, gran mariscal de palacio del emperador francés (...) Por estos conciertos se trataba a Portugal del modo como antes otras potencias habían dispuesto de la Polonia, con la diferencia de que entonces fueron iguales y poderosos los gobiernos que entre sí se acordaron, y en Fontainebleau tan desemejantes y desproporcionados, que al llegar al cumplimiento de lo pactado, repitiéndose la conocida fábula del león y sus partijas, dejóse a España sin nada, y del todo quiso hacerse dueño su insaciable aliado.
 
Se estipulaba por el tratado que la provincia de Entre-Duero-y-Miño se daría en toda propiedad y soberanía, con título de Lusitania septentrional, al Rey de Etruria y sus descendientes, quien a su vez cedería en los mismos términos dicho reino de Etruria al emperador de los franceses; que los Algarbes y el Alentejo igualmente se entregarían, en toda propiedad y soberanía, al príncipe de la Paz, con la denominación de príncipe de los Algarbes, y que las provincias de Beira, Tras-los-Montes y Extremadura portuguesa quedarían como en secuestro hasta la paz general, en cuyo tiempo podrían ser cambiadas por Gibraltar, la Trinidad o alguna otra colonia de las conquistadas por los ingleses; que el emperador de los franceses saldría garante a Su Majestad Católica de la posesión de sus estados de Europa al mediodía de los Pirineos, y le reconocería como emperador de ambas Américas a la conclusión de la paz general, o a más tardar dentro de tres años.
 
El Conde de Toreno.La convención que acompañaba al tratado circunstanciaba el modo de llevar a efecto lo estipulado en el mismo: 25.000 hombres de infantería francesa y 5.000 de caballería habían de entrar a España, y reuniéndose a ellos 8.000 infantes españoles y 3.000 caballos, marchar en derechura a Lisboa, a las órdenes ambos cuerpos del general francés, exceptuándose solamente el caso en que el Rey de España o el príncipe de la Paz fuesen al sitio en que las tropas aliadas se encontrasen, pues entonces a éstos se cedería el mando. Las provincias de Beira, Tras-los-Montes y Extremadura portuguesa debían ser administradas, y exigírseles las contribuciones a favor y utilidad de Francia. Y al mismo tiempo que una división de 10.000 hombres de tropas españolas tomase posesión de la provincia de Entre-Duero-y-Miño, con la ciudad de Oporto, otra de 6.000 de la misma nación ocuparía el Alentejo y los Algarbes, y así aquella primera provincia como las últimas habían de quedar a cargo para su gobierno y administración de los generales españoles. Las tropas francesas, alimentadas por España durante el tránsito, debían cobrar sus pagas de Francia. Finalmente se convenía en que un cuerpo de 40.000 hombres se reuniese en Bayona el 20 de noviembre, el cual marcharía contra Portugal en caso de necesidad, y precedido el consentimiento de ambas potencias contratantes.
 
En la conclusión de este tratado Napoleón, al paso que buscaba el medio de apoderarse de Portugal, nuevamente separaba de España otra parte considerable de tropas, como antes había alejado a las que fueron al norte, e introducía sin ruido y solapadamente las fuerzas necesarias a la ejecución de sus ulteriores y todavía ocultos planes, y lisonjeando la inmoderada ambición del privado español, le adormecía y le enredaba en sus brazos, temeroso de que, desengañado a tiempo y volviendo de su deslumbrado encanto, quisiera acudir al remedio de la ruina que le amenazaba.
 
Ansioso el príncipe de la Paz de evitar los vaivenes de la fortuna, aprobaba convenios que hasta cierto punto le guarecían de las persecuciones del gobierno español en cualquiera mudanza. Quizá veía también en la compendiosa soberanía de los Algarbes el primer escalón para subir a trono mas elevado.
 
Mucho se volvió a hablar en aquel tiempo del criminal proyecto que años atrás se aseguraba haber concebido Maria Luisa, arrastrada de su ciega pasión, contando con el apoyo del favorito. Y no cabe duda que acerca de variar de dinastía se tanteó a varias personas, llegando a punto de buscar amigos y parciales sin disfraz ni rebozo. Entre los solicitados fue uno el coronel de Pavía, don Tomás de Jáuregui, a quien descaradamente tocó tan delicado asunto don diego Godoy; no faltaron otros que igualmente le promovieron. Mas los sucesos, agolpándose de tropel, convirtieron en humo los ideados e impróvidos intentos de la ciega ambición.
 
Tal era el deseado remate a que habían llegado las negociaciones de Izquierdo, y tal había sido el principio de la entrada de las tropas francesas en la península, cuando un acontecimiento con señales de suma gravedad fijó en aquellos días la atención de toda España.
 
Detalle de LA FAMILIA DE CARLOS IV, de Goya.Causa de El Escorial
 
Vivía el príncipe de Asturias alejado de los negocios, y solo, sin influjo ni poder alguno, pasaba tristemente los mejores años de su mocedad sujeto a la monótona y severa etiqueta de palacio. Aumentábase su recogimiento por los temores que infundía su persona a los que entonces dirigían la monarquía; se observaba su conducta, y hasta los más inocentes pasos eran atentamente acechados. Prorrumpía el príncipe en amargas quejas, y sus expresiones solían a veces ser algún tanto descompuestas. A ejemplo suyo los criados de su cuarto hablaban con más desenvoltura de lo que era conveniente, y repetidos, aun quizá alterados al pasar de boca en boca, aquellos dichos y conversaciones avivaron más y más el odio de sus irreconciliables enemigos.
 
No bastaba, sin embargo, tan ligero proceder para empezar una información judicial; solamente dio ocasión a nuevo cuidado y vigilancia. Redoblados uno y otra, al fin se notó que el príncipe secretamente recibía cartas; que muy ocupado en escribir, velaba por las noches, y que en su semblante daba indicio de meditar algún importante asunto. Era suficiente cualquiera de aquellas sospechas para despertar el interesado celo de los asalariados que le rodeaban, y una dama de la servidumbre de la Reina le dio aviso de la misteriosa y extraña vida que traía su hijo. No tardó el Rey en estar advertido, y estimulado por su esposa dispuso que se recogiesen todos los papeles del desprevenido Fernando. Así se ejecutó, y al día siguiente 29 de octubre, a las seis y media de la noche, convocados en el cuarto de S. M. los ministros del despacho y don Arias Mon, gobernador interino del Consejo, compareció el príncipe, se le sometió a un interrogatorio, y se le exigieron explicaciones sobre el contenido de los papeles aprehendidos. En seguida su augusto padre, acompañado de los mismos ministros y gobernador con grande aparato y al frente de su guardia, le llevó a su habitación, en donde, después de haberle pedido la espada, le mandó que quedase preso, puestas centinelas para su custodia; su servidumbre fue igualmente arrestada.
 
Al ver la solemnidad y aun semejanza del acto, hubiera podido imaginarse el atónito espectador que en las lúgubres y suntuosas bóvedas de El Escorial iba a renovarse la deplorable y trágica escena que en el alcázar de Madrid había dado al orbe el sombrío Felipe II; pero otros eran los tiempos, otros los actores y muy otra la situación de España.
 
Se componían los papeles hasta entonces aprehendidos al príncipe de un cuadernillo escrito de su puño, de algo más de doce hojas, de otro de cinco y media, de una carta de letra disfrazada y sin firma, fecha en Talavera a 18 de marzo, y reconocida después por [Juan de] Escóiquiz [el preceptor de Fernando VII], de cifra y clave para la correspondencia entre ambos, y de medio pliego de números, cifras y nombres que en otro tiempo habían servido para la comunicación secreta de la difunta princesa de Asturias con la Reina de Nápoles, su madre. Era el cuadernillo de las doce hojas una exposición al Rey, en la que, después de trazar con colores vivos la vida y principales hechos del príncipe de la Paz, se le acusaba de grandes delitos, sospechándole del horrendo intento de querer subir al trono y acabar con el Rey y toda la real familia.
 
También hablaba Fernando de sus persecuciones personales, mencionando entre otras cosas el haberle alejado del lado del Rey, sin permitirle ir con él a caza, ni asistir al despacho. Se proponían como medios de evitar el cumplimiento de los criminales proyectos del favorito: dar al príncipe heredero facultad para arreglarlo todo, a fin de prender al acusado y confinarle en un castillo. Igualmente se pedía el embargo de parte de sus bienes, la prisión de sus criados, de doña Josefa Tudó y otros, según se dispusiese en decretos que el mismo príncipe presentaría a la aprobación de su padre. Indicábase como medida previa, y para que el Rey Carlos examinase la justicia de las quejas, una batida en el Pardo o Casa de Campo, en que acudiese el príncipe, y en donde se oirían los informes de las personas que nombrase S. M., con tal que no estuviesen presentes la Reina ni Godoy; asimismo se suplicaba que, llegado el momento de la prisión del valido, no se separase el padre del lado de su hijo, para que los primeros ímpetus del sentimiento de la Reina no alterasen la determinación de S. M.; concluyendo con rogarle encarecidamente que, en caso de no acceder a su petición, le guardase secreto, pudiendo su vida, si se descubriese el paso que había dado, correr inminente riesgo.
 
Fernando VII.El papel de cinco hojas y la carta eran, como la anterior, obra de Escóiquiz; se insistía en los mismos negocios, y tratando de oponerse al enlace antes propuesto con la hermana de la princesa de la Paz, se insinuaba el modo de llevar a cabo el deseado casamiento con una parienta del emperador de los franceses. Se usaban nombres fingidos, y suponiéndose ser consejos de un fraile, no era extraño que mezclando lo sagrado con lo profano se recomendase ante todo, como así se hacia, implorar la divina asistencia de la Virgen. En aquellas instrucciones también se trataba de que el príncipe se dirigiese a su madre interesándola como Reina y como mujer, cuyo amor propio se hallaba ofendido con los ingratos desvíos de su predilecto favorito.
 
En el concebir de tan desvariada intriga ya despunta aquella sencilla credulidad y ambicioso desasosiego, de que nos dará desgraciadamente, en el curso de esta Historia, sobradas pruebas el canónigo Escóiquiz. En efecto, admira cómo pensó que un príncipe mozo e inexperto había de tener más cabida en el pecho de su augusto padre que una esposa y un valido, dueños absolutos por hábito y afición del perezoso ánimo de tan débil monarca. Mas de los papeles cogidos al príncipe, si bien se advertía, al examinarlos, grande anhelo por alcanzar el mando y por intervenir en los negocios del gobierno, no resultaba proyecto alguno formal de destronar al Rey, ni menos el atroz crimen de un hijo que intenta quitar la vida a su padre. A pesar de eso, fueron causa de que se publicase el famoso decreto de 30 de octubre, que como importante lo insertaremos a la letra. Decía pues:
Dios que vela sobre las criaturas no permite la ejecución de hechos atroces cuando las víctimas son inocentes. Así me ha librado su omnipotencia de la más inaudita catástrofe. Mi pueblo, mis vasallos todos conocen muy bien mi cristiandad y mis costumbres arregladas; todos me aman y de todos recibo pruebas de veneración, cual exige el respeto de un padre amante de sus hijos. Vivía yo persuadido de esta verdad, cuando una mano desconocida me enseña y descubre el más enorme y el más inaudito plan que se trazaba en mi mismo palacio contra mi persona. La vida mía, que tantas veces ha estado en riesgo, era ya una carga para mi sucesor, que, preocupado, obcecado y enajenado de todos los principios de cristiandad que le enseñó mi paternal cuidado y amor, había admitido un plan para destronarme. Entonces yo quise indagar por mí la verdad del hecho, y sorprendiéndole en su mismo cuarto, hallé en su poder la cifra de inteligencia e instrucciones que recibía de los malvados. Convoqué a examen a mi gobernador interino del Consejo, para que asociado con otros ministros practicasen las diligencias de indagación. Todo se hizo, y de ella resultan varios reos, cuya prisión he decretado así como el arresto de mi hijo en su habitación. Esta pena quedaba a las muchas que me afligen; pero así como es la más dolorosa, es también la más importante de purgar, e ínterin mando publicar el resultado, no quiero dejar de manifestar a mis vasallos mi disgusto, que será menor con las muestras de su lealtad. Tendréislo entendido para que se circule en la forma conveniente.
 
En San Lorenzo, a 30 de octubre de 1807. Al gobernador interino del Consejo.
Este decreto se aseguró después que era de puño del príncipe de la Paz: así lo atestiguaron cuatro secretarios del Rey, mas no obra original en el proceso.
 
Por el mismo tiempo escribió Carlos IV al emperador Napoleón dándole parte del acontecimiento de El Escorial. En la carta, después de indicarle cuán particularmente se ocupaba en los medios de cooperar a la destrucción del común enemigo (así llamaba a los ingleses), y después de participarle cuán persuadido había estado hasta entonces de que todas las intrigas de la Reina de Nápoles (expresiones notables) se habían sepultado con su hija, entraba a anunciarle la terrible novedad del día. No sólo le comunicaba el designio que suponía a su hijo de querer destronarle, sino que añadía el nuevo y horrendo de haber maquinado contra la vida de su madre, por cuyos enormes crímenes manifestaba el Rey Carlos que debía el príncipe heredero ser castigado y revocada la ley que le llamaba a suceder en el trono, poniendo en su lugar a uno de sus hermanos; y por último concluía aquel monarca pidiendo la asistencia y consejos de S. M. I.
 
 
NOTA: Este texto es una versión editada del capítulo 2 del Libro Primero de HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO. GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA (1807-1814), del CONDE DE TORENO, que acaba de publicar la editorial Akrón.
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