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CÓMO ESTÁ EL PATIO

Locos por el Cupo

La GTE (Gloriosa Transición Española) llegó preñada de buenos deseos; pero en el parto múltiple, junto a las rollizas libertades políticas y la algo más menudita libertad civil, hubo también un aborto: el sistema autonómico.

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Los países del tamaño de España jamás habrían cometido la locura de multiplicar por diecisiete su burocracia administrativa y sus órganos políticos; pero, tras los cuarenta años de Oprobiosa, había un nutrido sector de la población –el más comprometido con la política cuando el riesgo era casi inexistente– al que había que proporcionar un adecuado tren de vida. Además, correr delante de los grises cansa bastante, sobre todo si uno lo hace en sueños, como es el caso de nueve de cada diez luchadores por las libertades marxistas, y había llegado la hora de dormitar plácidamente en el mullido sillón oficial, con un sueldo que jamás habrían estos elementos imaginado si les hubiera dado por trabajar honradamente.

Las autonomías habrían tenido un efecto menos nocivo si se hubieran diseñado bajo el principio de corresponsabilidad fiscal, al modo en que funcionan los estados federales, porque gastar sólo en función de lo que se ingresa es una excelente medida para fomentar la sensatez, sobre todo si se trata de políticos con ganas de agradar a sus representados.

Sin embargo, a Andalucía y a Extremadura había que darles un PER para garantizar la hegemonía izquierdista, y a los vascos había que distinguirles del resto de los españoles por medio de un anacronismo fiscal; a los catalanes, que tienen mucho seny, también ha habido que satisfacerles a costa de sus todavía compatriotas. La voracidad de los unos y los otros ha cebado el sentimiento de agravio aquí y allá, y convertido el sistema en un carajal imposible de ordenar de forma sensata.

La consecuencia natural es que Valencia quiere el cupo vasco, la bilateralidad catalana y suponemos que el PER extremeño-andaluz, para que los agricultores de la Albufera puedan comprarse un par de trajes al año en comercios con nombres tan horteras como Forever Young. En esto están todos los políticos valencianos de acuerdo, de un extremo al otro del espectro político. Como también lo van a estar muy pronto en el resto de comunidades, cuyas clases dirigentes no van a permitir que sus colegas anden en flamantes coches de alta gama mientras ellos lo hacen en vejestorios con dos o tres años de antigüedad, y todo por no haber sabido exigir a tiempo el mismo trato financiero "para la ciudadanía".

Lo divertido de todo este sindiós es la forma en que los políticos autonómicos travisten su avidez para ganarse la complicidad de sus administrados. No hay nada como atender a un discurso institucional del Día de la Región para oír un número obsceno de veces la palabra autogobierno, en boca de los padres de la patria chica de turno. Al parecer, los españoles sufrimos el ultraje de no gozar de un adecuado autogobierno, que es la primera preocupación que angustia nuestro espíritu en cuanto nos despertamos y ponemos un pie en el suelo.

Ni el paro, ni la crisis económica, ni la desvergüenza de una clase política tan mediocre como trincona, ni el futuro de Mourinho. Lo que realmente nos preocupa es el autogobierno; el nivel ideal lo han estudiado muy seriamente los políticos periféricos, y es el mismo que el del famoso cupo vasco. Entre la bilateralidad catalana y el PER andaluz. O sea, en el justo medio, que es donde está la virtud.

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