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CRÓNICA NEGRA

Los crímenes del Lobo Feroz

A sus 31 años, Santiago José Pardo era un hombre solitario, con rostro ceñudo y cara de pocos amigos, reconcentrado sobre sí mismo, con un pesado fardo de fracasos a cuestas. Era como un animal solitario y peligroso. Abusaba de la bebida, apenas tenía amistades y su relación con las mujeres resultaba muy difícil.

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Había pasado unos meses en la Legión, en la que se alistó para huir de los problemas de su vida, pero no pudo resistirlo: el Tercio se reveló demasiado duro para su forma de ser. Por eso fingió una enfermedad mental, lo que le valió la licencia anticipada. A la luz de lo que protagonizó después, no debió de costarle demasiado fingir, porque su forma de actuar estaba al borde de la locura. De su paso de catorce meses por el Ejército le quedó el apodo de el Legionario.
 
Tenía arrendado el Mesón del Lobo Feroz, en el centro de Madrid, cerca de la Plaza de Oriente; concretamente, en la calle Lucientes. Se había hecho con él en 1986, gracias a la insistencia de su madre, que tenía una buena relación con el propietario, el subcomisario de policía Cándido Morales. En un principio lo llevó junto con su hermano Fernando, pero en el verano del 87 ya hacía un tiempo que era el único encargado.
 
Lo de entrar en el Lobo Feroz era un intento más de enderezar su vida. Nada. Se había transformado en un bebedor habitual, y pasaba prácticamente todo el día entre botellas. Con la angustia de la escasez de clientes y las largas horas tras la barra, Santiago se daba a beber cubatas con ansiedad.
 
El alcohol exacerbaba sus problemas. El peor de todos, con ser grave no haber encontrado un oficio que le sirviera para independizarse de su madre, con la que compartía vivienda, era su complejo con las mujeres. Probablemente nunca tuvo una relación sentimental satisfactoria. Ni siquiera con su madre.
 
Santiago vino al mundo el 25 de julio de 1956, en un parto dificultoso (precisó asistencia por falta de oxigenación en el cerebro). El padre no le acogió con cariño porque esperaba una niña. Su situación en la familia, en la que sufría el agravio comparativo de ser preterido por el progenitor, que prefería a su hermano mayor, se agravó con el tiempo.
 
Tras desempeñarse como botones, se colocó de mozo en una tienda de reproducción de planos. Sus jefes le tomaron afecto, y gracias a su buena disposición para aprender las tareas de delineación se ganó un destino en Asturias, donde la casa matriz abrió una sucursal.
 
Fred an Ethel: THE ALCOHOLIC (detalle).En Oviedo se echó novia, y todo parecía irle viento en popa. Pero le llegó la edad de hacer la mili, y aquello le partió por la mitad. A su regreso, lo que parecía un negocio con porvenir se había transformado en una empresa al borde de la quiebra. Al poco tiempo cerró, y Santiago se quedó sin saber qué hacer. Hasta probó suerte con el oficio de marino. Pero finalmente dejó el mar, se olvidó de su novia asturiana y regresó a Madrid con su madre. Nada volvería a salirle bien.
 
Sin trabajo, con su complejo frente a las mujeres a cuestas y una relación tirante con su madre, Santiago se da a la bebida. Consecuencia de su aislamiento, de la mala situación familiar y de su nula fuerza de voluntad para salir del pozo en el que se estaba hundiendo, se alista desesperado en la Legión.
 
No fue la solución. Tras saber de las duras tareas y la disciplina en el Tercio, se las ingenia para volver a Madrid, donde, otra vez con la madre, emprende su antigua vida. Ocasionalmente, trabaja de camarero y bodeguero. Quizá este último empleo le pone en el camino del arriendo del Mesón del Lobo Feroz, final de su carrera y tumba de sus víctimas.
 
Dado que es incapaz de mantener una relación normal, se ha aficionado a las prostitutas y los burdeles. Con un problema añadido: además de su deficiente predisposición al contacto sexual por sus desarreglos emocionales, la bebida le ha convertido casi en impotente. Así que Santiago contrata a las meretrices y, llegado el momento de satisfacer su deseo, como no le es posible, se niega a pagar, por lo que protagoniza constantes incidentes en los prostíbulos. De hecho, en varios acabaron por negarle la entrada.
 
Aquel 22 de agosto de 1987 Santiago había empezado la mañana con algunas copas de coñac; a la hora del aperitivo ingirió más alcohol, y prosiguió durante toda la comida, como era habitual en él, con abundante vino. Al terminar, más coñac. En el mesón, desde las siete de la tarde, estuvo dándole al cubalibre.
 
Cerró temprano, porque sufría una ansiedad particular: sentía la necesidad de buscar a una mujer; sentía el miedo antiguo de quedarse como siempre, frustrado, y la esperanza de obtener al fin una satisfacción completa. Se dirigió andando a la calle de la Cruz, una de las vías madrileñas tradicionalmente ocupadas por prostitutas. El lobo estaba al acecho.
 
Se acercó a Mari Luz Varela, que trataba de mantenerse tiesa en un portal tras arrimarse un chute de heroína. El lobo le pidió un trabajito fino, y la ingenua lumi le acompañó a su guarida, al mesón de las muertes.
 
Santiago pugnaba con la enorme borrachera que llevaba encima para abrir la puerta del local. Ya en el interior, Mari Luz, que tenía prisa por volver a la faena, puesto que veía que se le iba la noche con un solo cliente, no tardó en quitarse la ropa. Santiago, que se había preparado una copa, bebió con ansia antes de acercarse. De creer su versión de los hechos, al principio todo se desarrolló como otras veces: fue incapaz de conseguir una respuesta sexual adecuada. Por eso empezó a pegar e insultar a Mari Luz, que apenas se defendía; incluso parecía aceptar de una forma masoquista y resignada los golpes.
 
Imagen tomada de www.ga-forum.com.El furor del lobo fue en aumento: excitado por la violencia, y mientras sentía una punta de morboso placer, echó mano del cuchillo jamonero, que hundió una y otra vez en el cuerpo de Mari Luz, sin que los quejidos de ésta alertaran a los vecinos, hartos de los ruidos del mesón. Cuando la mujer ya ni se estremecía por las cuchilladas, Santiago, ebrio y loco de excitación, perdió la consciencia.
 
Al despertar se encontró bañado en sangre. Sin querer darse cuenta de lo que había pasado, se quitó como pudo las manchas, se bebió el último cubata y se marchó a dormir a su casa. Al día siguiente regresó y mantuvo el local cerrado al público, mientras limpiaba y se deshacía del cuerpo. Había sangre en abundancia y un hedor a muerte casi insoportable. Santiago bajó el cuerpo al sótano y lo enterró, envuelto en plástico bajo una capa de yeso. Para disimular, colocó encima una tela de arpillera y unas cajas de cerveza vacías.
 
Su cabeza estaba abotargada y sus sentimientos embotados, pero aun así se sintió incapaz de ponerse a trabajar como si no hubiera sucedido nada. Se sentía aturdido, asqueado, pero en el fondo alentaba una oscura excitación. En ese estado, adelantó su marcha a la boda de su hermano, que se casaba en Elche, y no volvió hasta el 5 de septiembre.
 
Santiago volvió a sacar el lobo a pasear el Día del Pilar. Volvió a la calle de la Cruz, y volvió a contratar una prostituta; esta vez, una morena cuarentona que gastaba el nombre de guerra de Teresa. El procedimiento fue el mismo: hundió el cuchillo jamonero en el cuerpo de la mujer en cuanto ésta comenzó a desvestirse.
 
Nunca se supo la identidad de Teresa. Nadie reclamó su cuerpo, ese cuerpo que Santiago emparedó con unas losetas debajo del hueco de la escalera.
 
El 23 de diciembre, vuelta a la calle de la Cruz. Santiago contrató entonces los servicios de Araceli Fernández. Pero ésta opuso resistencia en el mesón y consiguió desviar el cuchillo jamonero. Araceli armó tal trifulca que apareció la policía. Sin embargo, los agentes acabaron creyendo la versión de Santiago: la chica había entrado a robar.
 
A los pocos días, Santiago devolvió el mesón a su dueño, que lo mantuvo cerrado hasta que lo vendió, a finales de 1988. Fue durante las obras de reforma cuando un albañil que trabajaba debajo de la escalera del sótano descubrió el cadáver momificado de Teresa. Después apareció el de Mari Luz.
 
La policía rastreó a los inquilinos del local hasta dar con Santiago, el Legionario. No tardaron mucho en hacerle confesar. Sus sangrientos recuerdos no le dejaban en paz. En el juicio que se siguió contra él, fue condenado a 72 años de cárcel por tres asesinatos, uno de ellos en grado de tentativa.
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