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CIENCIA

Los mejores divulgadores

Puede que sea una pregunta algo dura para iniciar el fin de semana, pero, viendo los últimos acontecimientos científico-políticos acaecidos en EEUU a cuenta del envite del creacionismo como "disciplina" académica, se me ocurrió averiguar a qué podemos y debemos llamar ciencia.

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Lo digo porque el estado de Kansas había venido manejando una definición realmente útil y sencilla antes de sucumbir al poderío del lobby antievolucionista. "Ciencia es la actividad humana consistente en buscar una explicación natural a lo que el hombre observa en el mundo que le rodea".
 
Coincide esta reflexión con la salida al mercado estadounidense de una joya editorial, la recopilación que el editor Atul Gawande (nominado al National Book Award) hace de los mejores artículos de divulgación científica escritos en inglés durante el año 2006.
 
La pasión del mundo anglosajón por la divulgación es envidiable, y la capacidad de Gawande para definir ya no lo que es ciencia, sino lo que es "divulgar la ciencia", se antoja canónica.
 
Porque si es difícil conocer exactamente qué entendemos por ciencia, más lo es explicar qué es un divulgador científico y, ya no digo, qué se entiende por un buen divulgador científico.
 
Comunicar sobre el empeño humano por conocer su entorno es una tarea multifacética. Puede saldarse mediante la mera reseña de los avances en el conocimiento científico, aséptica, informativa, periodística. Es algo que estamos acostumbrados a ver en los diarios. Realmente, esta labor no requiere necesariamente de la divulgación. Suelen llevarla a cabo periodistas de mayor o menor especialización en la materia que tratan la pieza científica como cualquier otra pieza noticiosa. Es periodismo informativo, pero ¿es divulgación científica? Probablemente no.
 
La divulgación de la ciencia, al menos la buena divulgación, debe ir un paso más adelante. Es aquella que nos da emocionada cuenta del largo y complejo proceso que se ha de seguir para que la investigación sagaz del mundo que nos rodea acabe dando el fruto del conocimiento. El divulgador ha de conocer y respetar ese proceso, ha de entender qué supone el conocimiento adquirido para la comprensión del medio y, sobre todo, qué le pasa a ese conocimiento cuando retorna a la sociedad.
 
El buen divulgador ha de ser capaz de emocionarnos con el relato de cuestiones hacia las que jamás habríamos pensado sentir un interés especial. Es probable que nunca hubiéramos reparado en lo interesante que puede ser un programa de ordenador que sabe jugar al ajedrez o lo fascinante que puede resultar la búsqueda científica del gen responsable del color de la piel de un mamut si no hubiéramos leído ese artículo de una revista de divulgación que nos convirtió en auténticos enamorados de esa disciplina, al menos por unos minutos.
 
La divulgación de calidad no debe dar la espalda tampoco a los temas de actualidad que suscitan el interés de grandes públicos. Ha de bajar al barro de la discusión, de la polémica. ¿Qué hacemos con los embriones congelados? ¿Qué destino le espera a la energía nuclear? ¿Es ética la práctica de la selección preimplantacional?…
 
Pero probablemente la cualidad principal de una buena pieza de divulgación resida en parte de su material intangible. Más allá de la pertinencia periodística, el interés general o el atractivo ocasional, los mejores divulgadores son capaces de atacar el fondo de nuestras emociones. Lo que hizo únicos a nombres como Carl Sagan o Paul Davis, lo que hace especial el discurso de maestros como Manuel Toharia o Ramón Núñez y lo que quedará del trabajo de las nuevas y buenas generaciones de comunicadores de ciencia que pueblan redacciones de revistas como QUO o Muy Interesante en España es que son capaces de hacernos vibrar con un material tan aparentemente frío como la ciencia.
 
Y para ello, si me permiten el consejo, no está mal mirarse en el espejo de los grandes divulgadores anglosajones. Porque sólo a ellos se les puede ocurrir, por ejemplo, introducirse en la boca una gota del compuesto utilizado para duplicar moléculas de ADN y preguntarse a qué saben los propios genes… como hizo Richard Preston para New Yorker. O pasar una jornada de escalada con un biocientífico para contarnos cómo ve el mundo un sabio desde la cima de una montaña (otra obra maestra de Preston).
 
Posiblemente la reseña de los mejores artículos de ciencia publicados en Estados Unidos que ahora edita Gawande sea también la reseña de los mejores artículos del mundo en esta disciplina. Y yo, de mayor, quiero aprender a escribir así.
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