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UN VIAJE POR LAS HURDES

En Asegur

La segunda jornada en Las Hurdes amanece soleada. El viajero, amenizado por las agujetas, deja el macuto en la fonda y toma el rumbo de Asegur. La carretera está trazada a mitad de la falda de la montaña del este. Hombres y mujeres, a veces criaturas, caminan sin prisas por las veredas, acompañados frecuentemente de cabras, o de algún mulo o borrico. Van al trabajo.

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En lo hondo del valle, donde el río corre a saltos, se distinguen numerosas parcelas diminutas y cuidadas, que se internan por recovecos inverosímiles del monte, apoyándose en muretes. En ellas se afanan gentes que la distancia vuelve asimismo diminutas. Por encima de los huertos, extensiones de olivos y, coronando la ladera, los bosques gloriosos. El aire fresco transporta el son de las esquilas, gritos infrecuentes, cuatro juramentos, una canción. De vez en cuando un asno envía sus rebuznos a las alturas.
 
Pasa una mujer con un carrito de niño, un niño pequeño en él y, encima del manillar, un voluminoso saco.
 
– ¿Le importa si le saco una foto, señora?
– No, no. Fotos no.
 
En Asegur, los críos de la escuela juegan al fútbol sobre el asfalto. El maestro regatea entre ellos.
 
– Nos vemos en el bar, cuando termine la clase.
 
Luego el maestro cambia de idea y decide que converse directamente con los muchachos. Son unos veinte, entre 7 y 13 años, sentados a sus mesas, expectantes. Rápidos preámbulos y presentaciones.
 
– Ya sabéis que a Las Hurdes les han echado una fama bastante mala. ¿A qué creéis que se debe?
 
Una niña de las mayores levanta una mano.
 
– A que había mucha incultura, porque la mayor parte de las personas de edad no aprendieron a leer y escribir.
– ¿Y estáis contentos de ser de Las Hurdes?
– ¡Síiiiii!
– También he oído decir que los hurdanos son hoscos y desconfiados.
– Nada, nada de eso –explica el maestro–. Lo que pasa es que por aquí han venido muchos mirando a la gente como si fuera de otro planeta, buscando exclusivamente los detalles malos y la miseria, y claro, la gente termina hartándose. Era muy fácil venir aquí y escribir una tesis con ideas preconcebidas…
 
El forastero se interesa por cuentos o leyendas antiguas que les hayan contado los padres o los abuelos.
 
– Lo que nos hablan más es de la vida dura de entonces, cuando sólo tenían las casas viejas, sin ninguna comodidad y pasando hambre.
 
El maestro observa: "Aquí ha habido, y todavía queda algo, mucha superstición. Curandería y cosas así".
 
– En el pueblo viven dos mujeres que les llaman "las brujas" –dice un niño.
– ¿Qué te parecen los curanderos?
– Bien. Si no se ha encontrado remedio a un mal…
– ¿Mejor que los médicos?
– No, eso no.
– Yo conozco una historia que me contó mi padre. A él, cuando era muy pequeño, lo robó una bruja y lo escondió en un corcho. Nadie sabía dónde estaba. Pero mi abuelo fue adonde la bruja y le amenazó: "Sé que tú tienes al niño, así que no me mientas y devuélvemelo, porque cuenta que, si no, te mato". Y la bruja se asustó y dijo: "¿Tanto andabais buscando al niño? Pues ahí está, en ese corcho".
– ¿Corcho?
– Sí, esas piezas redondas que se usaban para colmenas.
– A mí me contaron una historia de lobos…
– Aquí había muchos lobos, pero no queda casi ninguno. Lo que sí hay es muchos jabalíes.
– Pues a un niño lo cogió un lobo y lo llevó arrastrando con los dientes hasta un castaño hueco, y lo devoró. Al día siguiente la gente fue y sólo había huesos, y los pies dentro del calzado.
– Hubo una señora que venía una noche, por Pinofranqueado. Entonces no había carretera, sólo había senderos. Los lobos estaban hambrientos y aullaban, y se le cruzaban por el camino, delante de ella, para amedrentarla, porque entonces es cuando se lanzan. Y la mujer iba muerta de miedo, hasta que llegó a un olivo que llaman el Cuatro, porque el tronco crecía retorciéndose como si fuera un número cuatro. Entonces se subió a toda prisa al tramo horizontal y allí se estuvo hasta que amaneció, con los lobos saltando y arañando el tronco.
 
– Esto se parece mucho a Galicia: verde, con muchos árboles y agua.
– Este año sí viene agua, pero casi siempre llueve poco en verano. Los ríos bajan escasos y por eso suele haber peleas.
– ¿Grandes peleas?
– No, riñas, a veces, entre vecinos. Pero se arreglan. Por ejemplo, utilizando un pozo a la dúa, y cuando uno ha usado su parte, avisa al otro.
–¿Y no hacen trampas?
– No.
 
 Hay alusiones al cuidado de la naturaleza.
 
–¿Conocéis los programas de Rodríguez de la Fuente?
– Sí, claro. Ahora los están poniendo de nuevo.
– ¿Os gustan?
– ¡Síiiii!
 
En Las Hurdes todos los niños están escolarizados. Sin embargo, como señala José María, "no es nada fácil dar cinco clases de matemáticas a cinco grados de alumnos concentrados en un aula. No existe colegio o instituto de BUP por la zona. Desde hace años hablan de construir uno en Nuñomoral. Por ello, hasta la fecha, sólo es posible seguir estudios fuera, y eso casi ninguna familia se los puede permitir". En su escuela dos chicas y un chico pensaban seguir estudiando.
 
– ¿Qué queréis llegar a ser?
– No sabemos. De momento, continuar.
 
El maestro se llama José María Vázquez. Su mujer está con él. Los niños marchan a comer.
 
– Entre los hurdanos apenas se dan diferencias sociales. Ni terratenientes ni grandes propietarios. Cada cual posee su casa y su huerto. Además, son muy trabajadores y apegados a su tierra. Emigran bastante, pero el que puede vuelve. El suelo es difícil, con muy poco manto. Tienen que trabajar mucho para sacar poco, y como no disponen de capital, casi no invierten en mejoras.
 
El folklore de la comarca no parece abundante. Citan la fiesta de San Bartolomé, en Pinofranqueado, donde los mozos y las mozas se sorteaban un noviazgo de una semana bajo la fórmula "Con quién digo, con quién diré". El asunto se llevaba muy seriamente. Cada mozo iba por la tarde a buscar a la chica que le había caído en suerte, la cual se ponía unas flores en el vestido, y salían a pasear. Así se formalizaban noviazgos reales, pero con mayor frecuencia se producían disgustos entre parejas anteriores.
 
En Asegur traen un toro y hacen una especie de capea por las calles.
 
Miguel de Unamuno.– Las comidas típicas se basan en la matanza. Es poco sano. Curiosamente, solían despreciar las habichuelas, o las manzanas. Se las daban a los cerdos. A una mujer le oí decir: "Las judías empezaron a gustarme cuando las vi a 150 pesetas el kilo en Ciudad Rodrigo".
– La atención médica es pasable. Antaño se padecía mucho bocio, pero hoy está prácticamente erradicado. También se dan casos aislados de fiebres de malta, debido a que los vecinos hacen sus propios quesos con leche de cabra y a veces no la hierven convenientemente.
– Parece que el mejor estudio sobre Las Hurdes lo escribió un francés, Maurice Legendre, que vino por aquí en compañía de Unamuno –observa la esposa del maestro.
 
José María prefiere llamarse así, "maestro". Eso de "profesor de EGB" siempre le sonó al viajero a cursi y tontín.
 
– Es una lástima, ¿verdad? Ya podían hacerse buenos estudios aquí mismo, o por lo menos traducir ése. ¿No hay por estas tierras algún o algunos intelectuales con afición y tiempo para estas cosas?
– Lo que tenemos mayormente son las reuniones de maestros, que se centran, como es lógico, en los problemas de la docencia. Pero sería una buena cosa eso…
 
El visitante se despide del amable matrimonio. "Os enviaré lo que escriba". (No iba a ocurrir). Y se vuelve andando despacio a su punto de partida.
 
Después de mediodía, el caminante sale para Batuequilla. Frente al bar en que se detuvo la tarde anterior con el ciclista y el caballista, discuten unos hombres. "Cuando Franco vivía…", oye a uno de ellos, al pasar, sin conseguir entender el resto. "Es que Franco ganó la Guerra Civil Española" –replica un joven, sin olvidar una palabra del título, y en tono de "¡así… cualquiera!".
 
Batuequilla conserva plenamente el viejo sabor hurdano. Se encuentra frente a Rubiaco, cruzando el río. El caminante se siente de pronto en un mundo distinto, que no le resulta desconocido. De lugares semejantes ha disfrutado en su Galicia natal: un senderillo, una fuente, gruesos árboles, corrales, tres o cuatro campesinos trabajando, unos críos bulliciosos. Siete u ocho casas sin chimenea, con muros de mampostería y unos ventanucos cuadrados en la parte alta de ellos, a ras del alero; ventanucos ligeramente blanqueados en torno, para vedar la entrada a los espíritus. En tiempos primitivos, le contarán. Tejados de pizarra.
 
Desde un grupo de añosos cerezos al extremo de la aldea, el visitante se deja ganar por esa belleza calma y bien humanizada, por ese aire de sosiego, de rusticidad fantástica y de pobreza medieval o, quién sabe, aún más remotas.
 
Y se le ocurre que sitios así debieran preservarse cuidadosamente, sin por ello convertir a sus habitantes en figuras vivientes de museo. Las venerables viviendas de aldeas como Batuequilla o La Horcajada tienen un valor. Nadie lamentará la construcción de esas casas nuevas, de dos pisos, cómodas y ventajosas para sus habitantes, pero también vulgares y sin personalidad.
 
Mientras el visitante cavila estas cosas probablemente inútiles, el sol marcha al ocaso, y aquel decide volver al camino. Atrás queda el caserío, al pie de una negra montaña de cono perfecto.
 
 
UN VIAJE POR LAS HURDES: En Las Mestas  Camino de Nuñomoral.
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